viernes, 7 de noviembre de 2014

"El Visitante Maligno II" Capítulo V.


Los invito a leer el Capítulo V de mi novela. "EL VISITANTE MALIGNO II". Disponible en Amazon (kindle) y Payhip.



http://elvisitantemaligno.blogspot.com/p/blog-page_7.html






EL VISITANTE MALIGNO II
 (Para Móvil)

      Era aún muy temprano en la mañana cuando Charles Mercy llegó a su oficina en el piso ochenta del Investment & Profit Bank como era habitual en él. Sobre la puerta de su despacho en elegantes y sobrias letras doradas se podía leer debajo del logotipo I&PB: Vicepresidente de Operaciones. De mediana estatura, enjuto, tez blanca, y nariz pequeña; sus labios delgados al unirlos semejaban una línea horizontal, como si hubiese sido trazada por un lápiz, similares a los de un gato.  Los ojos color café se encontraban resaltados por unas gruesas cejas de color cenizo. Su cabello corto, gris y blanco lo hacían ver mayor de los cincuenta años de edad con que contaba. No usaba gafas debido a que cinco años atrás le  corrigieron la visión quirúrgicamente por medio de láser y lentes intraoculares. Graduado en Economía con honores en la universidad de Yale fue reclutado de inmediato por la institución financiera donde trabajaba desde hacía algo más de veinticinco años y había surgido por sus conocimientos y brillante desempeño.

      Al llegar a su escritorio ya se encontraba una taza de café humeante que su secretaria le preparaba todas las mañanas como de costumbre para empezar el día.  Se sentía afortunado en contar con ese empleo y que todo hasta el momento le había ido muy bien. Un excelente trabajo, un muy buen sueldo que le permitía darse algunos gustos y complacer a su familia. Sin embargo, a veces le asaltaba la angustia de lo que sucedió hacía tres años en Lago Feliz y lo forzó a salir de allí…

      Recordaba con claridad el día en que junto a su esposa Dolores, decidieron alejarse con sus hijos y huir de ese lugar tan querido —antes del horror que vivió— y luego tan terrible… Parecía que hubiese sido ayer cuando los esposos Mercy estaban afuera del ayuntamiento conjuntamente con algunos habitantes del pueblo escuchando las declaraciones oficiales de la tragedia que los asoló:

      …Nuestro pueblo, nuestro querido hogar ha sido objeto de situaciones muy lamentables y terribles en estos últimos días, algo que nunca había sucedido y que nos mantenía en vilo desde que ocurrieron los hechos en los cuales perdieron la vida nuestros muy queridos Susan, Michael, y Thomas…

      Un escalofrío lo recorrió de cuerpo entero al revivir lo que aconteció esa fatídica noche, cuando tuvieron la maldita idea de jugar con la tabla Guija. Algo que empezó de forma inocente, una reunión entre amigos se convirtió en una pavorosa pesadilla que cobró en un inicio las vidas de Susan y del bebé Thomas. Luego estaba la muerte del oficial de policía Michael Hudson, quien —según las autoridades—se  suicidó.  Evocaba consternado cómo en el momento en que lograron “ponerse en contacto con el más allá” algo o alguien se identificó como Michael y dijo que fue obligado. «…Que las fuerzas del maligno habían tomado su alma» y que «un animal con cabeza de león y cuernos de carnero lo devoraba…»  Pensaba especialmente en Susan. Recordaba con exactitud la escalofriante transformación que sufrió la mujer con esos ojos terribles y negros con que miraba a todos los presentes; esa risa demencial y la voz sobrenatural que salía de su boca, esa cosa monstruosa y blasfema en que se convirtió, arrastrándose sobre el suelo como si fuera una serpiente, escupiéndoles y reptando por el piso, paredes y el techo del comedor. Los gritos de desesperación de los niños llamando a sus padres desde la habitación de juegos en la parte superior de la casa de los Perrys retumbaban en su cerebro como fuegos artificiales. Luego vino la frenética y angustiosa carrera por las escaleras para salvarlos y contemplar impotentes como el pasadizo se hallaba por completo  en llamas impidiéndoles rescatarlos. Había sido una turbadora y demoledora experiencia que jamás olvidaría. Después, llegar a la habitación para descubrir que los niños no estaban… recordaba aquel momento cuando el padre Josh gritó, dirigiéndose hacia ese ser infernal y luego dirigir  su exigencia al mismísimo Dios, reclamándole por su indolencia al ver lo que estaba sucediendo sin intervenir. Vino después la búsqueda desesperada de todos los pequeños, y luego de unos terribles momentos que se hicieron eternos se realizó el milagro. Los muchachos aparecieron por fin en la habitación. En un principio sintió la felicidad y tranquilidad de reencontrarse con sus hijos Dennis y Michael, dicha que fue rápidamente arrebatada al encontrarse con la terrible realidad; hallar el cuerpo inanimado con el rostro y lengua amoratados de Thomas Douglas. Ver a Mary como abrazaba sin consuelo el cadáver de su hijo le hizo añicos el corazón. Sin percatarse las lágrimas se deslizaban sobre sus mejillas al pensar en todo ello…

      «…Las autoridades, en el caso de los decesos de la familia Donovan, han determinado que la causa se debió a un accidente provocado por una fuga de gas que causó una explosión destruyendo por completo el inmueble de nuestro querido sheriff quitándole la vida, así como a su esposa y al primogénito de ambos…»

      «Peter, Jennifer y su hijo George. —Pensó— ¿Cómo era posible que hubieran muerto en un accidente de ese tipo? No podía ser que Peter, como sheriff del pueblo, haya sido tan descuidado al no percatarse de una fuga de gas en su hogar ni tampoco su esposa. Peter Donovan veterano de la Guerra del Golfo, había enfrentado la muerte en diversas ocasiones amenazado por soldados enemigos en un lugar tan remoto como Irak; y venir a morir de esta forma tan extraña junto con su familia…» Meditaba con nostalgia sus reuniones durante los fines de semana y cómo edificaron una relación de amistad muy especial. Inclusive sus hijos Dennis y Michael jugaban con George y lo consideraban como un primo. «Pero en fin —pensó— todo puede ser posible. Nadie es infalible y quizás fue un lamentable y triste accidente como lo anunciaron las autoridades…»

      «… el Padre Josh Miller; nuestro querido Josh, como lo llamábamos cariñosamente y el sacerdote Richard Duncan, perecieron por una causa fortuita, al derrumbarse el techo de la cabaña en el muelle del lago, que a su vez provocó un incendio al romperse una lámpara de Kerosene…»

      Josh, el buen Josh; tan jovial, amable y directo. Era un cura por completo diferente a los demás. No intimidaba a las personas con la condenación en el infierno. Era crítico con su iglesia y su disconformidad la compartía en los sermones que ofrecía en las misas. Siempre dispuesto y amable. Era antes que sacerdote, un verdadero amigo; aunque no compartía su manera de pensar y de igual forma algunos de sus sermones. En realidad lo apreciaba y admiraba por su rectitud, sinceridad y profundas convicciones. No comprendía como podía haber fallecido en un accidente en la cabaña del lago. « ¿Qué hacía allí con el otro cura?—pensó— ¿Qué sucedió que los hizo acudir a ese lugar de noche y encontrar la muerte de esa forma tan terrible? »

      «…Respecto a los decesos de la familia Perrys…Will Perrys, en un momento de arrebato o enajenación, terminó con la vida de su esposa Ann y su hija Luisa, dejando con vida al pequeño Francis. De igual forma tenemos la evidencia que indica su autoría en el caso de la muerte del oficial Franklin Cole al momento de efectuarse el arresto y del padre Piero Rivetti.»

      «...la causa está vinculada al consumo de drogas, hemos recabado las pruebas al respecto; sabemos que también lo estaba afectando en el trabajo y fue lo que hizo que cometiera esos terribles crímenes…»

      «…En el caso de los esposos Douglas, la causante del deceso de Jeff fue su esposa Mary, quien producto de la depresión por la muerte de su hijo, la llevó a cometer ese homicidio – suicidio, lamentablemente…»

      « ¿Will consumía drogas?—se preguntó— ¿y eso lo llevó a cometer esos terribles crímenes? No; es imposible, no puede ser verdad. Will siempre fue una excelente persona, buen amigo y vecino. Jamás había visto una conducta de su parte fuera de lo normal que denotara algún tipo de adicción, o al menos eso era lo que saltaba a la vista. Luego estaba lo de las muertes de los esposos Douglas y el asesinato del sacerdote Piero Rivetti —a quien no conoció, ni sabía que se encontraba en Lago Feliz— ¿Qué sucedió en realidad? ¿Cómo era posible que sus amigos y vecinos hubieran fallecido de esa manera tan espantosa?» Charles creía que la verdad de todas las muertes en el pueblo estaban vinculadas a lo que ocurrió aquella noche. A ese juego macabro que tuvieron la infeliz idea de efectuar. Era posible que hubieran abierto alguna clase de portal del mal que desató toda aquella locura y perversidad en el pueblo.  Lago Feliz, un precioso lugar que habían aprendido a querer se convirtió en el lapso de unos días en un infierno; en un territorio de horror, desgracia y muerte. Desde el momento en que Charles y su familia se alejaron de ahí, buscaron consuelo y refugio en la religión. Ahora acudían con más frecuencia que antes a la iglesia y su casa se encontraba decorada con algunas cruces además de pinturas y pequeñas esculturas de vírgenes y santos. Tanto su esposa como sus hijos, así como él mismo llevaban en su pecho cadenas con crucifijos que los usaban “para protegerse de todo mal”. En su oficina se hallaba colgada una pintura del Pantocrátor, junto a otra del Ecce Homo y sobre el escritorio; al lado de su portátil, se podía apreciar una pequeña cruz elegantemente tallada de mármol sobre una base de metal.

      Todos los días Charles y Dolores daban las gracias al Señor, por haberles permitido alejarse de ese lugar y de resguardarlos de las fuerzas de la oscuridad. Estaban a salvo, lejos de las garras de la maldad y las tinieblas. Sabían que Dios “estaba de su lado” y que no los abandonaría. Transcurrieron tres años desde los acontecimientos de Lago Feliz y tanto Dennis y Michael— quienes ahora contaban con ocho de diez años respectivamente—, no recordaban nada al respecto. Sin embargo Charles tenía esporádicas pesadillas y sueños de aquella noche de horror…

      Iba a tomar asiento frente a su escritorio cuando el teléfono interno comenzó a sonar indicando que la llamada provenía desde la presidencia de la empresa. Levantó el auricular y respondió:

      —Buenos días—.

      —Hola Charles—sonó la inconfundible voz del otro lado de la línea— ¿podrías venir un momento a mi despacho?

      —Enseguida voy—respondió Charles…

      Salió de su oficina y se dirigió por el refinado pasillo revestido en mármol y madera, iluminado por hermosas luces blancas en el techo, como si fuesen luciérnagas, y engalanado por diversas esculturas que enaltecían lo belleza del lugar. Al fondo se hallaba una puerta de vidrio templado opaco hasta donde se apersonó. Estaba a punto de ingresar a la antesala del despacho cuando en ese momento, una mujer de mediana edad de cabello negro, rostro moreno, vestido verde y zapatos marrones de tacón alto; salía rápidamente dejando la puerta abierta con el rostro enrojecido y cubierto de lágrimas. El hombre tuvo que apartarse hacia la derecha para evitar que ésta lo atropellara. Charles volteó a mirarla y la llamó: — ¡Paula! ¡Paula! ¿Qué ocurre? ¿Qué te sucede?— La mujer, quien se desempañaba como vicepresidente de informática se volteó a mirarlo sin detenerse y respondió enfurecida: — ¡No es justo! ¡Esto es una porquería!...— y prosiguió con su marcha. Charles estaba sorprendido al ver a su compañera de tantos años salir de ese modo de la oficina de la presidencia. « ¿Qué le habrá pasado? ¿Por qué está así? ¿Será algo personal o…?

       —Señor Mercy…—dijo la secretaria interrumpió sus pensamientos —el señor Ford lo está esperando…

      Charles dejó a un lado sus cavilaciones e ingresó a la oficina. Cuando entró, ahí se encontraba Albert Ford CEO de Investment and Profit Bank: calvo, de tez trigueña y ojos negros, rondaba los setenta años y vestía un distinguido traje gris. Se hallaba sentado leyendo un documento frente a un gran escritorio de nogal en forma de “U” con tope de vidrio, sobre el cual había una serie de papeles y diferentes cuadernos. Al extremo izquierdo se podía ver una computadora personal tipo laptop y a la derecha la pequeña escultura dorada con el logotipo: I&PB que resaltaba en la alfombra así como en gran parte del decorado del edificio. A la derecha, entre dos bellas plantas se hallaba un portentoso cuadro al óleo donde estaba plasmada la construcción de la sede de la institución y al lado opuesto, unos formidables ventanales permitían poseer obtener una extraordinaria vista de la ciudad.

      —Buenos días Albert—dijo Charles— ¿Me permites?

      Albert detuvo la lectura del documento manteniéndose callado por unos segundos que parecieron interminables. Miraba hacia adelante ensimismado, como si estuviera perdido en las profundidades de su mente. Pensando que no había sido escuchado, Charles se dirigió nuevamente a su jefe. —Albert, buenos días—.

      —Ah…—respondió Albert, recuperando lo noción de lo que ocurría a su alrededor—disculpa Charles, estaba distraído. Pasa por favor y toma asiento.

      Charles atravesó el amplio lugar llegando hasta el sillón de cuero al lado opuesto de su interlocutor. Al estar frente a éste, pudo comprobar que tenía el rostro cansado. La jovialidad y energía que —pese a su edad— siempre le acompañaban, habían desaparecido. En su lugar se notaba tristeza y abatimiento.

      — ¿Hace cuánto tiempo que nos conocemos?—preguntó a Charles.

      Charles lo miró intrigado y respondió: — desde el año 1988. Son veintiséis años— fue la respuesta.

      —Sí, es verdad… dijo Albert, luego de lo cual miró hacia el ventanal con dirección a la ciudad, perdido en el horizonte, buscando las palabras correctas para dirigirse a su interlocutor. Luego continuó:

      —Hemos pasado por muchas cosas durante todos estos años. ¿No es cierto Charles?

      —Es cierto Albert, ha sido mucho tiempo.

      —Y a lo largo de estos años—continuó hablando Albert aun observando el exterior de la edificación—has llegado a querer a esta empresa.

      No era una pregunta, era más bien una afirmación la que estaba haciendo su jefe. Charles no sabía qué responder. «Por supuesto que he llegado a quererla—pensó—siempre me he sentido a gusto y no me imagino trabajando en otro lugar y menos a estas alturas de mi vida…» Ahora estaba empezando a preocuparse. ¿Qué era lo que realmente Albert Ford quería decirle?

      Albert volvió a mirar directo a los ojos de Charles y le dijo:

      —A partir de hoy al mediodía Investment & Profit Bank deja de existir. Estamos en quiebra. Todos los puestos de trabajo quedan eliminados.

      Charles no pudo articular palabra alguna. La impresión de lo que acababa de escuchar fue un mazazo terrible que le llegó de lleno en el estómago y le impedía respirar con normalidad.

      —Como sabes—continuó el CEO— al igual que tú, soy un empleado de la institución y reporto a una junta directiva. Hoy hace apenas una hora, recibí una carta de uno de ellos indicando la situación de iliquidez debido a fraudes e inversiones dudosas de una gran parte de nuestros activos. La mayoría de los directores ya han sido detenidos por el FBI, pero hay algunos que se han fugado del país, y en algunos instantes vendrán a arrestarme. En cualquier momento saldrán las noticias por la televisión sobre todo esto… En verdad lo lamento Charles. Lo siento mucho.

      Charles se hallaba atónito y sin habla. Sentía su cuerpo pesado como si estuviera lleno de rocas. Empezó a percibir una sensación de mareo y ahogo; parecía que su cuerpo estuviera yendo hacia abajo, desplomándose a toda velocidad. Como si algo súbitamente hubiera hecho desaparecer el piso donde se encontraba y se precipitaba hacia el vacío, en caída libre. Aún no asimilaba lo que acababa de oír…

En un instante sonó el teléfono interno y Albert tomó el auricular. Lo único que atinó a decir fue:

—Está bien, que suban. — luego se dirigió a Charles y le dijo:

      —Te ruego me disculpes, en estos momentos la policía está subiendo por el ascensor y vienen por mí. Quisiera tener unos instantes a solas, si no te molesta…

      Charles procedió a levantarse como un autómata del asiento y se retiró del despacho sin pronunciar una palabra. Parecía que su mente estuviera en blanco y su rostro se mostraba sombrío con la mirada ausente. La noticia fue en extremo dura y lo tomó por sorpresa. Caminó de forma automática a través del pasadizo, aquel lugar le era tan familiar que estaba seguro que podía transitarlo a ciegas. Así que cerró los ojos y dio algunos pasos de regreso a su oficina.  Su secretaria al verlo llegar con el rostro pálido y los ojos cerrados, se le acercó preocupada y le preguntó: —Señor Mercy, ¿Le ocurre algo? ¿Se encuentra bien?— el hombre no respondió; abrió los ojos pero sus pensamientos estaban en otro sitio, como si estuviera parado en medio de un desierto rodeado únicamente de arena... Veía a su secretaria, escuchaba su parloteo pero no le entendía. Entró a su despacho y cerró la puerta; luego acercándose a su escritorio, se dejó caer sobre el sillón…

———ooo———

      Albert Ford sentado con los brazos apoyados sobre el escritorio, aún sostenía la carta que le enviaron indicando la quiebra del banco. Reflexionaba acerca de todos los años que había trabajado en esa institución y el esfuerzo y constancia que le dedicó para convertirla en una organización de prestigio. En todos los hombres y mujeres que allí laboraban. En todas las familias que dependían de ésta y ahora por su culpa, todo se derrumbó.  En ese instante se percató que fue un tonto útil. La cabeza visible para que unos miserables destruyeran a la empresa y se enriquecieran a costas de ésta sin importar el daño que estaban causando.  Había escuchado ciertos rumores sobre algunos “manejos dudosos” de diversas inversiones por parte de algunos integrantes de la junta directiva, pero él pensaba que apenas eran eso: “rumores”. Jamás se imaginó que fueran verdad, que los directivos se prestarán para arruinar a la institución volviéndola escombros. Su mundo como lo conocía se desplomó. « ¿Cómo pude ser tan inocente y negligente? —Pensó— he defraudado a todos los empleados y a los clientes. Las autoridades no van a creer que yo no estaba al tanto. Como representante legal del banco mi firma está en todos los documentos de mayor importancia: préstamos, adquisiciones, inversiones de todo tipo que  ahora sé que ocultan negocios  fraudulentos, lavado de dinero… obviamente voy a ser el principal responsable…»

      Le vino a la cabeza lo que sucedió con su examigo de muchos años Bernard Madoff. “Bernie” como lo llamaban, quien utilizando un sistema piramidal estafó a miles de personas y fue el causante de uno de los mayores timos de la historia;   ejecutó y mantuvo durante más de veinte años un criminal esquema de inversiones calculado en alrededor de setenta mil millones de dólares perjudicando a entidades financieras, fundaciones, organizaciones caritativas y a la comunidad judía. Nunca imaginó que “Bernie” hubiera sido un despiadado delincuente. Recordó el juicio que tuvo tanta publicidad y cómo el otrora hombre poderoso, orgulloso y elegante con sus exclusivos trajes Kiton de sesenta mil dólares lucía como un anciano decrépito y miserable en su vestimenta de prisionero color naranja; con los grilletes en las manos y tobillos unidos por una cadena que descendía desde su cintura. Aún cuando dictaron la sentencia de ciento cincuenta años de cárcel, Albert pensaba que todo fue un error o que a Madoff le pusieron una trampa. No podía ser posible que todas esas acusaciones fueran ciertas. Lo único que lo pudo convencer de la responsabilidad de “su amigo” fueron unas declaraciones que ofreció al año de concluir el juicio y aparecieron en el The New York Magazine:

      “… no me arrepiento ni siento los daños causados a mis estafados... que se jodan mis víctimas... eran —sus clientes— avaros y estúpidos... fue una pesadilla para mí... me habría gustado que me hubieran atrapado hace seis u ocho años... la prisión es para mí, una liberación…

      En ese momento se dijo: « lo tiene merecido ese bastardo hijo de perra…» desde ese instante dejó de pensar en él como amigo. Ahora la vida le daba la espalda y tocaba el turno de verse en ese espejo. Se imaginaba vestido en un traje naranja siendo trasladado a una prisión como un animal: como un delincuente. Con la edad que tenía y una vida acostumbrada a los lujos y comodidades sabía que le sería imposible sobrevivir con esos salvajes. No podría soportar las carencias, las golpizas, las sodomías y lo peor de todo: la falta de libertad y de esperanza. Entraría a la prisión pero no saldría con vida, de eso estaba seguro. Ni el juez, ni el jurado aceptarían que no era responsable de los malos manejos que implicaba el perjuicio a miles de personas y muchas empresas que habían confiado su dinero y debía permanecer bajo su cuidado reportándoles utilidades. « No, no existía forma que alguien creyera que fue víctima de un engaño»— recapacitó resignado—. Albert Ford de sesenta y ocho años de edad con cuarentaicinco en el mundo de las finanzas fue sorprendido como un novato. Eso era inaceptable y no podía concebirlo. Era reconocer que había sido un incapaz; un tonto útil, un imbécil que permitió que lo embaucaran fácilmente. ¿Qué es lo que diría la gente? ¿Qué confiaron su dinero a un inepto, a una persona que con tanto tiempo en el negocio no tuvo el olfato ni la pericia suficiente para detectar lo que estaba sucediendo?

      Pues ahora tenía que afrontar la verdad, de cualquier manera él era el responsable y ya no tenía nada más que perder. Se había separado de su esposa diez años atrás por buscar el amor y pasión en mujeres más jóvenes. Así que luego de treinta y dos años de matrimonio se divorció, y su esposa se fue a vivir con su hija a Italia quien ofendida por la infidelidad de su padre le dejó de hablar. No sabía de ambas desde entonces.

       Levantándose del sillón comenzó a caminar en dirección al gran ventanal que tenía frente a él. Se detuvo unos segundos contemplando la imagen de la ciudad que se hallaba bajo sus pies. El cielo azul claro estaba coronado por algunas nubes y el sol se reflejaba en las ventanas de los edificios haciéndolas resplandecer. Desde arriba observaba las calles que bullían de vida con los vehículos circulando y los peatones diminutos lucían como puntos, cual insectos desplazándose de un lugar a otro en todas direcciones. En todo el tiempo que tenía trabajando allí, nunca se detuvo a observar el espectáculo de vida que hervía ahí; muy abajo, a ochenta pisos de distancia. Cada uno de esos puntos, era una persona. Era alguien que respiraba, sentía y trataba de lograr su sitial en el mundo. « ¿A cuántos de ellos he perjudicado?—meditó— ¿Cómo explicarles y hacerles entender que soy inocente y que no sabía lo que estaba ocurriendo?...»

      Hasta hacía un poco más de una hora, era un hombre poderoso, admirado y envidiado por muchos. Presidente de uno de los bancos más importantes de los Estados Unidos de América. Todo el mundo lo trataba con respeto y lo adulaban en los lugares a donde acudía. Contaba con hermosas y jóvenes mujeres que lo complacían por su poder y dinero. Pero ahora, luego del escándalo que vendría, no tenía duda que se iba a convertir en un leproso, en un paria y no estaba dispuesto a soportarlo…

      Se imaginaba en un tribunal federal, siendo objeto de mil y una acusaciones de fraude, malversación, asociación para delinquir, legitimación de capitales, manejo doloso y quien sabe que otros delitos le achacarían. Pensaba en el juez preguntándole si deseaba decir algo antes de dictar sentencia mientras se levantaba de su asiento, fatigado y con voz temblorosa respondía: —«Su señoría: ¡soy inocente!, ¡me embaucaron! No sabía lo que estaba firmando…»— Causando las risas y burlas de todos los asistentes a su juicio.

      « ¿A quién engaño?—pensó—es claro que soy el principal responsable. Aprobé los documentos que me presentó la junta directiva sin hacer mi trabajo como debía. Únicamente pensando en mi beneficio y en congraciarme con ellos. No hay excusa. No hay disculpa posible. Por supuesto que soy culpable. No hay nada más que decir…»

      Cerró los ojos recreando en su cabeza el instante de su condena: « El juez con su toga negra daría un golpe con su mazo haciéndolo retumbar en la sala y taladrando los oídos del reo después de mirarlo con desprecio diciendo: ¡Albert Ford lo sentencio a ciento cincuenta años de prisión por delitos financieros y cincuenta años más por ser un estúpido! Ahora usted y su amigo “Bernie” tendrán mucho tiempo para divertirse juntos y recordar sus aventuras...» Mientras las carcajadas histéricas aumentaban entre la audiencia…

      No. El no terminaría como “Bernie”. No acabaría sus días pudriéndose en una prisión, sin opción a libertad condicional: convertido en una escoria, abandonado, sin amigos y repudiado por todos. Su vida había sido plena y llena de placeres. Lo único de lo que se arrepentía era de no haber podido obtener la comprensión de su hija. Pero ella era mayor de edad y tenía su propia familia; por supuesto que no lo iba a extrañar. En ese instante sonó el intercomunicador…

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      Charles se levantó del escritorio y tomó el retrato donde se hallaban su esposa e hijos; las imágenes de Cristo y el crucifijo, los introdujo en su maletín y salió de su oficina. Al verlo salir, su secretaria se le acercó sorprendida y le dijo:

      —Señor Mercy, están subiendo varios policías para ir a presidencia. Disculpe pero, ¿ocurre algo?

      Charles trató de proyectar una sonrisa pero su rostro revelaba una gran tristeza. Abrazó a su secretaria y le dio un beso en la frente. —Nos quedamos sin empleo —dijo—… lo lamento tanto. Luego de lo cual volteó y se retiró de la oficina dejando a la mujer hecha un mar de lágrimas. Se dirigió a los ascensores y en ese instante se abrió la puerta de uno de los elevadores de donde salieron cinco personas: cuatro de ellas con chaqueta azul y letras amarillas donde se leía FBI acompañados por uno de los encargados de seguridad interna, y se encaminaron en el acto a la oficina de Albert Ford.  Sin prestarles atención Charles ingresó en el elevador y presionó el botón de la planta baja.

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        El intercomunicador sonaba con insistencia pero Albert no lo oía. Trató de subir al marco de la ventana pero le era imposible. Las piernas, pesadas como plomo, le temblaban y se le hacía difícil estirarlas para dar la zancada final. Fue hacia el escritorio y agarró uno de los sillones para los visitantes acercándolo hasta el ventanal y por fin, con algo de esfuerzo, pudo encaramarse en éste. Luego quitó el seguro y deslizó la ventana corrediza e inmediatamente el estridente sonido del viento se empezó a oír al filtrarse entre el vidrio y el armazón de metal en el despacho, mezclado con el ruido de la ciudad que se hallaba bajo éste estremeciéndolo con fuerza; y como si se tratara de un pequeño tornado, ocasionó que volasen los papeles y demás documentos por todos lados. Colocó el pie derecho sobre el asiento y luego el izquierdo. Apoyándose con ambas manos en el marco de la ventana dio una última mirada hacia el horizonte. Sus pies estaban sobre el borde de la moldura de acero y sus manos se asían con fuerza al armazón metálico como si obstinadamente no quisieran obedecerle y soltarse para poder dar fin a esa pesadilla que se había desarrollado de una forma tan vertiginosa destruyéndole la existencia.  «Así es la vida —pensó— no todo es perfecto… este es el final.» El viento ululaba de forma estridente empujándolo y lo hacía entrecerrar los ojos. Distinguía con nitidez los alocados brincos de su corazón en el pecho tratando de liberarse del inexorable destino que lo aguardaba y una oleada de pánico atravesó su cuerpo sacudiéndolo levemente. Respiraba con rapidez por la nariz y la boca hiperventilándose.  Aspiro  una última bocanada de aire pero no era suficiente, sentía que se ahogaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando miró hacia abajo y contempló aterrorizado que el pavimento estaba muy abajo; casi no lo podía distinguir. Levantó la cara y miró hacia el cielo. Las nubes le devolvieron la mirada con sus formas caprichosas desplazándose de modo imperceptible. En un instante parecían sonreírle de un modo perverso invitándolo a dar el tranco postrero hacia la liberación, hacia el fin del sufrimiento…

      «Valor—se dijo—tú puedes Albert. Perderás rápidamente el sentido; sufrirás un paro cardíaco. Será tan rápido que ni siquiera lo sentirás. Solo tienes que dar el paso.  Serán unos instantes.» — cerró los ojos e inclinó su cuerpo hacia atrás hasta que sus brazos quedaron estirados en su totalidad y con vigor se impulsó arrojándose hacia adelante…

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      La secretaria de Albert Ford al ver que su jefe no respondía el intercomunicador se acercó a la puerta del recinto, constatando que se encontraba cerrada con seguro. En ese momento no contaba con la copia de la llave de repuesto y tenía que llamar al departamento de mantenimiento para poder abrirla. Los agentes federales no quisieron esperar así que forzaron la puerta con la finalidad de ingresar. Una vez adentro su sorpresa fue muy grande cuando constataron que gran cantidad de papeles volaban dentro de la oficina por doquier impulsados por la corriente de aire proveniente de uno de los miradores que se encontraba abierto. Al pie de éste se hallaba uno de los sillones que había servido de apoyo al CEO para escapar de la realidad y saltar hacia el más allá…

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      Dicen que cuando una persona se encuentra en una situación de peligro, en la que está en juego su existencia y justo antes de fallecer, atraviesan por su cabeza en forma de una película los eventos más importantes que ha experimentado durante la vida: amores, alegrías, desengaños…entre otros recuerdos. Esto quizás mitigue en algo el pavoroso momento de enfrentar a la muerte. Principalmente cuando uno se encuentra consciente y puede percibir que el final de sus días llegará en instantes, de una manera ineludible. Pero por desgracia ese no fue el caso de Albert Ford. No fue rápido, ni perdió el sentido y tampoco sufrió un paro cardíaco. Al momento de impulsarse y lanzarse al vacío, sus extremidades inferiores producto del pánico al verse forzadas a realizar algo que no deseaban y que iba contra el instinto de conservación de cada ser humano, permanecieron rígidas y tercamente, en lugar de impulsarlo alejándolo del rascacielos, continuaron inmóviles; tiesas como postes de acero, ocasionando que se precipitara hacia adelante pero sin separarse del edificio; lo cual causó que cayera de cabeza con los brazos extendidos con dirección al piso aunado a una ráfaga de viento que lo mantuvo adherido a la estructura, causando la fricción de su rostro desde el piso ochenta al sesenta. Frotando su piel contra la pared de cemento como si fuera un rallador de queso, desintegrándole la parte izquierda de la cara: desapareciendo la oreja, piel, músculos, nervios, encías y llegando hasta el hueso. Produciéndole una lacerante e insoportable sensación de ardimiento. Quería gritar pero su boca era una masa similar a un puré sangriento de donde solo escapaba un gruñido sordo y le era imposible abrir. Agitaba los brazos en forma perpendicular desesperadamente como si tratase de volar, intentando en vano sostenerse de algo para detener la caída mientras su corazón exaltado quería escapar a través de su prisión de carne y huesos. Al llegar al piso sesenta, su hombro y brazo derecho colisionaron de lleno con uno de los salientes de la fachada de concreto, produciéndole fracturas múltiples; lo que hizo que se alejara unos centímetros del edificio permitiendo continuar su cita con el asfalto sin interrupciones. El agudísimo ardor del rostro, se mezcló con las enloquecedoras punzadas de dolor que sentía en lo que permanecía del hombro y su pulverizado brazo, amén de la alucinante sensación de vacío y vértigo que salía desde la base de su estómago; pasaba por su garganta y llegaba hasta su cerebro al ver que las personas, vehículos y edificaciones crecían velozmente. Aterrizó dentro de un automóvil descapotable BMW con el techo cerrado que se encontraba vacío. Atravesó la cubierta de fibra de vidrio y destrozó el vehículo al tiempo que su cuerpo se desmembró como si fuera un marioneta de trapo esparciendo músculos, órganos, huesos, sangre y diversos fluidos en el interior del convertible. Para Albert Ford CEO Presidente de Investment & Profit Bank  ese trayecto de casi once segundos estuvo colmado de dolor, agonía y espanto; y fueron largos, demasiado largos. Eternos…

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      Charles Mercy conducía su vehículo por la autopista I-4 dirigiéndose hacia su casa empezando a tomar consciencia de su situación: « ¿Qué sucedió? ¿Por qué paso todo esto? Me he quedado sin empleo—pensó—después de tantos años, estoy en la calle, sin nada…» —En ese momento se le presentaba el dilema de qué hacer para poder mantener a su esposa e hijos. Con la edad que tenía se le iba a hacer muy difícil conseguir un trabajo. Cuando se fue de Lago Feliz con su familia, solicitó al banco un crédito para adquirir otra vivienda, lo cual debido a su alto cargo y años de servicio le fue otorgado de manera inmediata. Pero ahora sin trabajo y peor aún; con la crisis económica por la que atravesaba el país, algunas empresas tuvieron que cerrar llevando al desempleo a miles de trabajadores cambiando como consecuencia de ello su estilo de vida en detrimento de su bienestar. A muchas personas que adquirieron viviendas a través de créditos hipotecarios, les fue imposible afrontar sus compromisos económicos y lamentablemente las entidades financieras ejecutaron las deudas causando la pérdida de sus hogares. Ahora lo que tenía que hacer era obtener un nuevo trabajo —si es que lo conseguía— o tratar de crear algún tipo de negocio que le permitiera salvaguardar a los suyos. Pero le era imposible afrontar las cuotas que adeudaba de la casa. Pensaba que a pesar a lo sucedido, fue una sabia decisión no vender su casa de Lago Feliz, no obstante que Dolores se lo sugirió varias veces por cuanto quería deshacerse de ese lugar que le traía tan tristes y horrendos recuerdos. Pero en ese instante, la solución inmediata a sus problemas era volver ahí. El pueblo era un bello lugar, no debían nada de ese inmueble y podrían ver la manera de enrumbar su futuro una vez más. «Lo que me preocupa es qué dirá Dolores—pensó—cómo lo tomará…» Sin embargo, aunque guardaba el recuerdo de esa época terrible, tenía puesta su fe en Dios. « Los caminos del Señor son misteriosos —pensó—y si Él quiere que volvamos allá, por algo será. Estoy seguro que no nos abandonará y todo irá excelentemente.  Todas esas desgracias ya quedaron atrás»…— «Eso está en el pasado y no se repetirá. Dolores, los niños y yo, seremos felices allí. Todo aquel sufrimiento quedó atrás…»— Lo dijo con vehemencia, en voz alta y casi gritándolo haciendo un gran esfuerzo por convencerse de que era verdad; que con sus palabras y actitud podría cambiar el destino incierto que le aguardaba. Agarró con la mano derecha el crucifijo que tenía bajo su camisa y se lo llevó a los labios besándolo: —En ti confío bendito Jesús —dijo—tú eres mi fortaleza—. Así continuó conduciendo por la carretera, a darle la “buena nueva” a su esposa…

———ooo———

      Eran casi las diez de la mañana cuando Dolores Mercy se encontraba en casa realizando los quehaceres domésticos. Estaba ordenando la ropa de su closet y sacando aquella que no usaba ya que el fin de semana iría a repartirla con su familia como solían hacerlo. Era rutinario que todos los años en aquella, fecha los Mercy acostumbraban  a donar la ropa que ya no usaban a centros de caridad. Siempre fueron personas misericordiosas; creían que siendo filantrópicos y auxiliando a los menos favorecidos ganaban un lugar en el cielo. Le gustaba colocar las prendas de acuerdo al tipo y color. Era algo que había aprendido desde que era pequeña y la ayudaba para conseguir rápidamente lo quería utilizar en el día. Esto al principio incomodaba a su esposo Charles quien le decía que era algo maniática pero a la larga, se adaptó a la “manía” de su esposa y le tenía sin cuidado. Es más; con el paso del tiempo, le contentaba encontrar sus prendas de vestir dispuestas de esa manera. Continuó buscando en el vestuario retirando algunas ropas que ya no le agradaban, agarró un vestido verde y lo situó en la caja que estaba preparando para regalar, luego abrió una de las gavetas y continuó en su búsqueda.  Estaba a punto de cerrarla cuando pudo observar enrollado como si no deseara ser hallado, un collar de piedras rojas que fue su favorito y creía haber extraviado. Hacía mucho tiempo que no lo veía y hasta se había olvidado de éste. Sorprendida y contenta por el descubrimiento sonrió con picardía rememorando esa época en su vida…

      Era el mes de diciembre. Las calles y hogares iluminadas con luces de colores intermitentes indicaban que la principal festividad del año había llegado y lucían adornadas con pinos, hombres de nieve, ángeles, renos, hojas de parra y san Nicolás por doquier —celebrando el natalicio del nazareno—. Los centros comerciales estaban abarrotados de gente efectuando las adquisiciones de navidad. Era la época en que las personas se desbocaban en un frenesí de compras buscando complacer a sus seres queridos mediante los regalos. Un momento donde la familia reunida festejaba ese día tan especial que hacía que todos los otros quedarán en olvido. Los problemas, angustias, discusiones y malos ratos, quedaban atrás. Era el momento del perdón y la reconciliación;  del reencuentro de los hijos que durante todo el año no se comunicaron con sus padres y viceversa lo hacen en ese día, aunque sea por unos minutos. Era para quienes respetaban los ritos religiosos, la celebración de la llegada de Jesús a la Tierra y para otros, una excusa —o una obligación moral— para reencontrarse en familia.

      Los flamantes esposos Mercy apenas tenían un año de casados y se encontraban en una famosa tienda de ropa casual. Mientras él paseaba por la sección de caballeros, ella estaba observando los jeans, buscando alguno que le gustara. Luego se dirigió a la parte de las camisetas y después de elegir algunas fue hacia los probadores. Las personas continuaban entrando y saliendo del local, atraídas por las ofertas de la época mientras los empleados casi no se daban abasto para atenderlos. Un sujeto disfrazado de san Nicolás hacía sonar una pequeña campana en la parte de afuera invitando a las personas a entrar al local. Desde la parte superior de las paredes, las imágenes en blanco y negro de los modelos de moda en sugerentes poses y utilizado las vestimentas que ofrecía el comercio, invitaban a los visitantes a emularlos. El mar de voces se oía tan fuerte que hacía difícil entender palabra alguna. Dentro del probador, Dolores se despojó de la blusa verde y la falda, quedando en ropa interior. Después se colocó una camiseta estampada color melón con dorado contemplándose frente al espejo de cuerpo entero. La imagen le devolvió a una mujer atractiva sin duda alguna. Los ojos pardos coronados por unas abundantes pestañas y unas cejas finamente delineadas se resaltaban en la pequeña frente de piel blanca con el largo cabello negro peinado hacia atrás, recogido con un moño como si fuese la cola de un caballo.  De mediana estatura, los senos pequeños y armoniosos estaban poblados de diminutas pecas; eran un imán para la mirada de los hombres y de algunas mujeres. Las nalgas redondas y duras descansaban sobre unas hermosas y bien formadas piernas que le encantaba lucir para su esposo. En ese momento se le ocurrió una idea, quiso darle una sorpresa a Charles. Se despojó del sujetador y se colocó nuevamente la camiseta, luego entreabrió un poco la puerta tratando de encontrar a su esposo. Al verlo entre la gente, le hizo señas con la mano para que se acercara. Cuando Charles vio a su esposa que lo llamaba, pensó que querría conocer su opinión sobre la ropa que se estaba probando.

      Charles se aproximó al cubículo y preguntó: — ¿Te quedó bien mi amor? ¿Quieres que te diga…?

      No pudo terminar de hablar, Dolores lo atrajo de la mano introduciéndolo en el vestidor, solamente vistiendo la camiseta y las bragas. Una vez adentro, la mujer cerró con seguro y enseguida abrazó a su esposo dándole un beso que lo tomó por sorpresa. Charles correspondió a su mujer abriendo los labios y entrelazando sus lenguas. Sentía una sensación de calor placentera al percibir los senos aplastándose contra su pecho y la suavidad de las nalgas de su esposa que eran acariciadas por sus manos como aves recorriéndola en su desnudez, excitándolo de forma automática…

      Fuera del probador los clientes entraban y salían del local. Unos se encontraban haciendo fila frente a las cajas registradoras, mientras otros continuaban en su cacería de prendas de vestir. Las voces de los extraños les llegaban por todas partes y Dolores se deleitaba al oírlas, imaginando que no había ninguna división que los ocultara mientras hacía el amor con su esposo. Fantaseando con la idea de que la gente no supiera qué es lo que sucedía en el vestidor y esto la excitaba mucho más…

      Apoyada frente al espejo sentía a sus espaldas las arremetidas de la emoción desbordada de su marido entrando y saliendo de su cuerpo con rapidez, como si fuera un émbolo inflamando su deseo con cada embestida.  La pasión de ambos se hallaba exacerbada con la idea de poder ser pillados de un momento a otro; miraba el reflejo del rostro de su esposo enrojecido por la lujuria y el deseo mientras era penetrada.  Dolores sentía el deleite de las caricias en su piel y los besos en la espalda. Veía como sus senos colgaban balanceándose debido a las acometidas de voluptuosidad de su marido llevándola por la vía del goce con dirección al orgasmo. Entre ellos sobresalía el collar rojo que saltaba de atrás hacia adelante como si estuviera complacido del encuentro sexual que protagonizaba su dueña y chocaba contra el espejo haciendo un pequeño ruido…

      « ¡Oh… que momentos!—pensó— en verdad éramos un par de locos…»

      Observó nuevamente el collar y luego inclinando un poco la cabeza se lo colocó en el cuello. Después abrió su blusa contemplándolo entre sus pechos, pero lo que vio no le agradó mucho. Sus senos, luego de tantos años no guardaban la firmeza de antes. Los notaba flácidos e inclusive lucía algunas estrías producto de sus embarazos, la falta de actividad física y cambios de peso. Con ambas manos recorrió sus caderas y  luego su cintura, pasando por el vientre. Resignada y con desanimo comprobó que ya no era la misma de aquel instante. Aquella bella mujer, con un cuerpo escultural y una pasión que creía que nunca se agotaría, se había esfumado. Se convirtió en un ama de casa de mediana edad algo obesa y sin el deseo de antaño, pero no obstante se sentía contenta. Tenía un hogar bien constituido, una bella familia, un esposo que la amaba y dos hermosos hijos. Y sobre todo: “bajo el manto protector y amoroso del Señor”…

      Dejó de lado esos pensamientos y se dirigió a la cocina. Una vez allí aproximándose al refrigerador, extrajo unas verduras que luego las llevó al fregadero empezando a lavarlas. No sabía la razón por la cual se sentía ansiosa. Su vida trascurría con tranquilidad y felicidad;  en esa etapa de su existencia no tenía ningún tipo de problema. Por eso no se explicaba la razón de su estado de ánimo. Estaba preocupada; tenía el sentimiento de que algo extraño se atravesaría en su camino, se trataba de  una especie de sexto sentido —del que algunas personas se ufanan— que le indicaba cuando las cosas no marchaban bien: « son simplemente ideas mías…» —pensó— Luego enrumbó a la sala y encendió el televisor para sintonizar el programa de gastronomía que disfrutaba oír a media mañana mientras preparaba el almuerzo. Cuando retornaba a la cocina al pasar frente al crucifijo de bronce colgado sobre la pared, inclinó la cabeza en señal de reverencia y procedió a persignarse, luego de lo cual dijo una pequeña oración:

      “…Querido Jesús, apiádate de nosotros y protégenos con tu infinito amor de todo mal. Te lo ruego Señor. Amén…”

      Esa plegaria la rezaba en diversas ocasiones durante el día y la adoptó desde hacía tres años, cuando se mudaron a esa casa.  Cuando pudieron escapar de las garras del terror de aquel lugar que no se atrevía a nombrar ni deseaba recordar. Donde estuvo ante la presencia de una entidad aterradora y perversa que los amenazó, y arrebató la vida de sus amigos. Aún conservaba las vívidas imágenes de lo ocurrido en la casa de Will y Ann, e inclusive terribles sueños la atormentaban, sin embargo no se los mencionó a su esposo para no preocuparlo. Deseaba dejar todo en el olvido y quería convencerse que todo eso había quedado oculto muy abajo en el cofre de sus recuerdos. Estaba segura de haber encontrado el consuelo y la paz que su espíritu necesitaba en la fe en Dios. Se sujetaba a la religión como una niña al regazo de su madre en un intento desesperado por erradicar de su memoria esos luctuosos momentos, y la utilizaba como un escudo para proteger a su familia del mal. No obstante, pese a que se hallaba lejos del terror y del infortunio, todavía albergaba una sensación de desconsuelo. Algo en su interior le decía que en algún momento “eso” podría retornar y trataría de destruirlos, de una forma u otra…

      La luz del sol se escurría entre los pliegues de la persiana entreabierta bañando a medias el recinto. Dolores se detuvo frente a la ventana abriéndola y empezó a contemplar el cielo aspirando con intensidad, tratando de introducir en su cuerpo la sensación de bienestar y quietud que le transmitía el aroma de las flores y demás vegetación que poseía en su jardín. Era un precioso día y trató de remover de su cabeza cualquier pensamiento depresivo. Del bolsillo de su blusa extrajo un collar con un relicario que colgó en su cuello.  Luego se llevó la mano al pecho y agarró el crucifijo que se sostenía en una cadena de oro. Cerró los ojos con fuerza y se dijo: « Dios no va a permitir que eso ocurra de ninguna manera…» esforzándose por convencerse de que ningún mal los acecharía y alcanzaría. La música que provenía del televisor se podía sentir en toda la casa. El programa de entrevistas había concluido y en su lugar empezaba el de cocina que aguardaba, así que prestó atención al televisor mientras preparaba el almuerzo. Cuando se dirigía por el pasillo hacia la cocina pudo oír:

      “Buenos días amigas. Tenemos un plato especial para sorprender a la familia. Hoy prepararemos un delicioso asado a la…”

      De imprevisto la voz melodiosa de la anfitriona del programa fue interrumpida por una más grave, perteneciente a  un hombre:

      “…Interrumpimos el programa para proporcionarles una información de último minuto: Hace algunos instantes el economista Albert Ford, presidente del Investment and Profit Bank cayó desde su oficina en el edificio de esa institución financiera, muriendo de forma instantánea…

      La reseña tomó a Dolores por sorpresa. Sintió un ligero escalofrío al escuchar la noticia y retornó de inmediato a la sala deteniéndose frente al aparato de televisión.

      —« ¡Dios bendito!—exclamó…

      “Según las primeras informaciones—continuó el narrador— al parecer el señor Ford se habría quitado la vida arrojándose al pavimento desde su oficina ubicada en el piso ochenta de dicho rascacielos. Hay fuertes rumores no confirmados sobre la inminente situación de quiebra del Investment and Profit Bank; debido a diversas acciones dolosas en las que  estarían implicados altos directivos del banco así como el hoy difunto CEO. Según una fuente anónima, la situación de la corporación sería muy precaria y existen algunos rumores sobre su falta de liquidez. La misma fuente indicó que todos los empleados del I&P Bank debido a la bancarrota inminente habrían perdido sus puestos de trabajo. Las autoridades están indagando…”

      Se detuvo paralizada en el lugar al escuchar la información—«Charles—pensó—mi Charles… ¿cómo estará mi esposo? Jesús misericordioso. No puede ser posible. Tantos años; tanto tiempo que trabajó allí y ahora se quedó en la calle. Está sin trabajo»…

      Sin advertirlo las lágrimas empezaron a deslizarse sobre sus mejillas. Se imaginaba a su marido consternado por el momento de angustia en que se hallaba. « ¿Qué sucederá ahora?—se preguntó—Charles es uno de los vicepresidentes del Banco. ¿No lo acusarán de complicidad? ¿Él no sabía lo que estaba pasando? No, no puede ser. Él tiene muchos años allí y su conducta ha sido siempre íntegra. Él sería incapaz de hacer algo malo.»

      «Tienen que estar equivocados. Charles siempre habló muy bien de su jefe—se dijo— me comentó que era un mujeriego pero en el área de la banca y las finanzas era una persona intachable. Es posible que haya un error. No puedo creer que ese banco se vaya a la quiebra, pero me estoy adelantando a los hechos; tengo que esperar a que él llegue a casa y seguro que tendrá una explicación a esto…»

      Con el delantal secó su rostro y luego de esto se dirigió a preparar el almuerzo. 

      Una vez en la cocina abrió el grifo para lavar los vegetales y después se aproximó a una de las gavetas; luego de abrirla cogió un rallador. Sostuvo el aparato con la mano izquierda mientras que con la derecha cogió una zanahoria. Luego apoyó la hortaliza en la superficie metálica llena de orificios filosos, procediendo a desplazar la mano de arriba hacia abajo, desmenuzando el pequeño vegetal y convirtiéndolo en virutas anaranjadas. Efectuaba su trabajo de manera automática, mientras su mente estaba en otro lado. Exclusivamente escuchaba la voz femenina que desde la sala provenía del televisor:

      “…entonces queridas amigas; tenemos los ingredientes para esta deliciosa receta…”

 Abrió nuevamente la puerta del refrigerador y agarró un trozo de carne de res que colocó sobre la tabla de cortar en el tope del mesón de cocina. Les tocó el turno a los tomates; tomó uno y procedió a desmenuzarlo.

      “…dos cucharadas de ajo molido, media taza de salsa de tomate…”

      Terminó de cortar los vegetales. Luego, agarrando el pedazo de carne y el afilado cuchillo se dio a la tarea de quitarle una delgada capa de grasa blanca…

      “…Es necesario que la carne este tierna y jugosa, para obtener un rico sabor. Esto se consigue…”

      Súbitamente dejó caer la carne y el acero sobre la tabla de cortar y se apoyó con ambas manos sobre el mesón de cocina.  En ese instante se daba cuenta de la magnitud de la noticia que acababa de recibir. «Charles quedó sin empleo—pensó— ¿ahora cómo vamos a mantenernos? ¿Cómo vamos a pagar las cuentas? ¿Qué va a pasar con esta casa? ¿Qué vamos a hacer con la hipoteca?…» —«Nuestro hogar. ¿Vamos a perderlo?... —se preguntó— No. Tiene que haber una solución. Podemos ir a la casa de mis padres mientras las cosas se solucionan, en tanto resolvemos qué hacer. Puedo buscar empleo, o quizás consigamos poner un negocio o…»

      El eco de una diminuta voz que salía desde el ático de su mente velozmente se incrementaba rebotando como una bola de billar en las bandas de su cerebro, mencionaba aquellas palabras que se propuso borrar de su cabeza; pero que con tozudez resonaban como una burla del destino, hasta que por fin brotaron de sus labios de forma lapidaria, cual escalofriante sentencia de muerte: “Lago Feliz”.

      Un tenue estremecimiento se apoderó de su cuerpo luego de escucharse decirlo. Hacía apenas unos segundos estuvo pensando en ese lugar y trato de olvidarlo. Pero las circunstancias se encargaron de llenarla de recuerdos, que fluían como olas de su cabeza haciéndola estremecer de pavor. Un salvaje mar de imágenes y sensaciones que chocaban en el rompiente de su cráneo con fuerza arrebatadora: Terror, muerte, fuego, llanto, tragedia, Guija, posesión, desesperación, impotencia, angustia, sangre, gritos, rezos, demonios… Eran demasiadas cosas; demasiados momentos trágicos, demasiado sufrimiento y sobre todo mucho espanto.

      — ¡Santo cielo, no!—dijo en voz alta—no nos desampares. No nos abandones; no quiero recordar ese lugar. No quiero seguir pensando en eso, debo tranquilizarme. Tengo que lograrlo. Charles y los niños deben estar por llegar y no deseo que me vean así. — Cogió un vaso de una de las repisas y se dirigió hacia el refrigerador. Presionando el dispensador lo llenó de agua la que bebió de un  trago, con la vana intención de controlarse.

      Asió de nuevo el pedazo de carne colocando la mano izquierda sobre éste y con el cuchillo en la mano derecha empezó a cortar separando el filoso metal apenas unos milímetros de su palma, rebanando finamente el trozo de res…

      “Luego es necesario remover la olla para que se cocine —prosiguió la voz —… la mierda que tienes en la cabeza…Infeliz perra mojigata…”

      Dolores dejó de cortar. Se detuvo perpleja, mientras una terrible sensación de intranquilidad se apoderó de ella. — « ¿Qué…, qué… fue lo que escuché?—se preguntó—Debo haber oído mal.»
      Asustada prosiguió rebanando la carne, mientras miraba de reojo a su alrededor, cerciorándose que todo estuviese en su lugar y que no hubiese algo o alguien tras ella acechándola. Ahora estaba más atenta a la voz del televisor:

      “Esa ha sido la receta de hoy ojalá que la disfruten…Espero joderte muy pronto maldita puta. Tus letanías y rezos de mierda no te van a salvar. Maldita perra, maldita… maldita…”

      Lívida como la luna llena por esas amenazantes palabras, sintió en una fracción de segundo como miles de algentes hormigas  caminaban a lo largo de su humanidad con sus diminutas patas heladas congelándole la piel, mientras una descarga eléctrica la atravesaba. Empezó a hiperventilarse avasallada por el terror. Levantó las manos y se percató que estaban temblando sin control.

      Un ligero cosquilleo se situó en su cabeza e hizo que por instinto se llevase la mano al cabello. Era la sensación de que algún bicho caminaba entre su pelo. Luego el mismo efecto tomó lugar en el rostro y en la oreja izquierda, ocasionándole una leve molestia forzándola a sacudirse…

      “Nadie los salvará. Nada ni nadie. Ni a ti asquerosa ramera, ni a tus mierditas, ni al cabrón de tu marido. Los voy a destrozar, voy a desaparecerlos…”

      En aquel instante, el sonido no procedía del televisor. Dolores bajó la mirada y para su horror, la voz de mujer provenía del que se suponía era un trozo de res fresco y jugoso. El pedazo de carne se había trasformado en una porción verde con ribetes marrones, infecta y rancia cubierta de cresa de donde empezaban a brotar una impresionante cantidad de larvas diminutas blancas y amarillas. Del interior de ese segmento putrefacto apareció una gran mosca verde y negra que empezó a volar alrededor de la mujer; quien dominada por el miedo, lo único que atinaba a hacer era sacudirse la cabeza, tratando de quitarse los bichos que poblaban su cabello. Luego un enjambre de dípteros surgió como un torrente oscuro que la rodeó por completo, quedando dentro de un remolino de podredumbre que emitía un fantasmagórico zumbido. Los gusanos brotaban de los diversos agujeros que mostraba la carne podrida en su superficie, como pequeñas bocas que se abrían y cerraban contorsionándose y vomitando insectos. Las cucarachas marrones de diversos tamaños corrían por doquier; inicialmente sobre el tope de cocina, después los muebles y luego empezaron a caer sobre el piso como una catarata marrón de asquerosidad. Muchas de ellas treparon por las paredes y el techo tapizándolos como si fuese un río oscuro en ebullición hediondo y contaminado. Las sabandijas se desplazaban por todos lados hasta llegar al techo sobre la pobre mujer y se dejaban caer sobre su cabeza, cuello y hombros propinándole una ducha infernal. Dolores miró sus manos constando que se encontraba colmada de todo tipo de alimañas. Fuera de sí empezó, a sacudirse los brazos sin percatarse que aún tenía en su mano el cuchillo de cocina. Cientos de cucarachas caían de sus extremidades, mientras otras ascendían hacia su cabeza, al igual que los gusanos y las moscas que no dejaban de revolotear a su alrededor con ese sonido del averno, que le penetraba hasta el fondo del alma. Envuelta por un círculo lúgubre de insectos que le impedía abrir los ojos, trató de gritar pero una bocanada de moscas ingreso por su boca asfixiándola. Continuó lanzando golpes a ciegas y empezó a toser, tratando de respirar, sin lograrlo… 

———ooo———

      A pesar del empeño en tratar de animarse diciéndose que esta era una situación pasajera, Charles sentía que llevaba sobre su espalda un fardo lleno de derrota, desesperanza y tribulación que lo tenía deprimido y cansado. Era una carga demasiado pesada y sentía que le iba a ser muy difícil sostenerla por sí solo. En el trayecto estuvo pensando en la forma de decirle a su esposa que se había quedado sin empleo. Que luego de tantos años y producto de unos delincuentes que fungían como directores, se encontraba engrosando la desmesurada lista de desempleados en el país. Pero eso no era todo; además tenía que decirle que debían volver a Lago Feliz, pese a lo que sucedió, era necesario hacerlo. No existía otra alternativa, al menos por ahora; hasta que se recuperase. Además a los niños le encantaba el lugar y —aunque le costaba admitirlo— a él también. Cuando se alejaron del pueblo los esposos Mercy dijeron a los niños que tenían que irse a vivir a otro lugar debido al trabajo de su padre. Los primeros días se alojaron en la casa de los padres de Dolores, pero para Charles y sus hijos aquella momentánea solución fue bastante difícil. Sus suegros se entrometían en todo y no les permitían tener la privacidad y libertad que por lógica poseían en su hogar. Por tal motivo él hizo lo posible por adquirir un nuevo hogar —aunque tuviese que empeñar hasta su alma—. Fueron tres meses sumamente incómodos, que a regañadientes y con estoicismo tuvo que aguantar para no hacer sentir mal a su esposa. « Si no hubiera sido por aquellos horrorosos acontecimientos—pensó— seguiríamos viviendo allí. No hay otra solución. No veo otra salida. Debemos regresar…» Continuarían con su vida en aquel lugar hasta estabilizarse económicamente.

      En medio de sus cavilaciones y de manera inconsciente    arribó a su casa. Detuvo el vehículo y se dirigió hacia la entrada; alcanzó la puerta e introdujo la llave abriendo la cerradura. El televisor estaba encendido pero no veía a su esposa. Haciendo su mejor esfuerzo, se sobrepuso esbozando una sonrisa melancólica. «No quiero que me vea así—pensó—tiene que sentir que soy optimista y que las cosas van a marchar muy bien.» Luego fue a la cocina…

      En la cocina Dolores luchaba por su vida. Estaba asfixiándose invadida por los insectos que colmaban su garganta y llegaban hasta su estómago. Podía captar con nitidez cómo las sabandijas caminaban por sus entrañas devorándola y quemándola. Trataba de toser de manera infructuosa hasta que introdujo los dedos índice y medio de su mano derecha en su boca forzándolos a llegar hasta su tráquea. Luego de un par de segundos empezaron las arcadas que se convirtieron en un horrendo torrente sin fin haciendo que emergieran como si fuese un volcán verde y negro el enjambre de moscas, cucarachas y gusanos que salieron volando por la ventana mientras otros se desparramaban sobre el cuerpo de la mujer cayendo al piso desvaneciéndose. Aún le era imposible respirar e instintivamente llevó su mano izquierda al cuello…

      Charles, un poco más repuesto abrió la puerta de la cocina sin imaginarse la enloquecedora escena que hallaría. Su esposa estaba con los ojos cerrados, agitando con la mano derecha su cabello, como si estuviese tratando de quitarse algo y con la izquierda sostenía el cuchillo de cortar carne a la altura de su cuello en forma horizontal con el filo apuntando hacia su piel. El hombre dio un brinco y se estiró lo más rápido que pudo para evitar el fatal desenlace, llegando justo en el instante en que la hoja tocaba la carne de Dolores impidiendo que se cortase. La mujer, al sentir que le sujetaban con fuerza la muñeca de la mano izquierda, abrió los ojos empezando a dar gritos de terror. Y al ver a su esposo rompió a llorar.

      — ¡Por todos los santos! ¿Qué pasó Dolores? ¿Qué es lo que tienes?—preguntó Charles.
      Respirando por la boca y temblando, Dolores se abrazó se su esposo con fuerza deshaciéndose en llanto.

      —La carne…, los insectos…, las moscas. La voz de esa mujer… Me querían matar… —respondió horrorizada— Se introdujeron en mi cuerpo y me picaban, me estaban haciendo daño…

      — ¿A qué te refieres? ¿Qué ocurre? ¿Qué insectos? ¿Quién te quiere matar?

      —”Eso”… “eso” ha vuelto—dijo entre sollozos—ha dicho que nos va a matar. Que no podremos escapar. ¡Ha vuelto!, ¡ha vuelto…!

      Charles miraba incrédulo a su esposa y espeluznado por lo que acababa de escuchar. Miraba a Dolores y la veía transformada, presa de un ataque de nervios. No se imaginaba todo el horror que sufrió unos segundos atrás, mientras ésta en sus brazos, temblaba como un cachorro asustado.

      —No hay nada —dijo Charles preocupado—no hay nadie Dolores. No ha vuelto nadie. Estamos solos en la casa y nada nos va a pasar.  No existe ninguna amenaza, por favor contrólate... Los niños están por llegar y los vas a preocupar si te ven así. No va a suceder nada malo. No hay nada por qué temer. Estamos juntos en la gracia de Dios y sabes bien que Él nos protege. No permitirá que nada malo nos ocurra…

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