viernes, 14 de noviembre de 2014

"El Visitante Maligno II" de Fernando Edmundo Sobenes Buitrón. Capítulo VI




http://elvisitantemaligno.blogspot.com/p/el-visitante-maligno-ii-capitulo-vi.html









EL VISITANTE MALIGNO II


 (Para Móvil)

      Una honda inspiración de aire llenó por completo sus pulmones y apuró la carrera estirando las piernas al límite, a fin de completar los últimos doscientos metros que faltaban para llegar a su meta. Los vehículos, viviendas y jardines huían a su paso quedando atrás mientras avanzaba en medio de la noche iluminado por los faroles apostados en las aceras, en tanto una grácil brisa se deslizaba sobre su piel acariciando su cuerpo. Las venas en sus sienes latían con fuerza y su corazón rebotaba en el pecho dando las últimas zancadas con que finalizaría los seis kilómetros que corría a diario hacía ya muchos años; desde que era adolescente. Al fin con un postrero esfuerzo llegó a su objetivo y aminorando la marcha, empezó a caminar frente al jardín de su casa, procurando aquietar la respiración. Trotar era un ejercicio que disfrutaba y lo ayudaba a despejarse; sobre todo—al menos por algunos minutos— cuando sentía que el mundo se le venía encima agobiado por los recuerdos. Cuando la nostalgia inundaba su espíritu y le acometía esa abismal sensación de vacío, desconsuelo y soledad que lo abrumaban desde hacía algún tiempo.

      Con casi sesenta años de edad Leonard Steel aún conservaba un físico y una resistencia extraordinaria que muchos “jóvenes” de cuarenta y cincuenta años hubieran querido poseer. Su ascendencia africana e italiana —por parte de sus abuelos—estaba plasmada en el color negro de su piel y los rasgos finos de su delgado rostro. La nariz recta y labios gruesos se equilibraban armoniosamente con sus ojos color azabache debajo de unas espesas cejas. Le gustaba cortarse el cabello casi al rape, al estilo militar, lo cual ocultaba las canas que adornaban su cabeza. Poseedor de un porte atlético con un metro ochenta y cinco de estatura, lo hacían lucir como un hombre apuesto y elegante. El color oscuro de su piel lo ayudaba a disimular las pronunciadas líneas de expresión de su fisonomía producto de la medianía de su edad. Era una especie de gigante de ébano. Dueño de un altísimo coeficiente intelectual, desde pequeño devoraba libros y aprendía como una esponja. A los cuatro años jugaba ajedrez de manera excepcional; a los trece ya podía hablar con fluidez —aparte de su idioma natal el inglés— italiano y francés: Luego aprendió el alemán hasta que en una de sus lecturas descubrió su pasión: La medicina.  Se graduó de médico internista a los diecinueve años con honores en la universidad de Harvard convirtiéndose en psiquiatra a los veintidós. Luego se decantó por la especialidad infantil que— con el devenir del tiempo—descubrió como su verdadera vocación. Siempre le gustaron los niños y su carrera le daba la oportunidad de interrelacionarse con ellos y ayudarlos. A los veinticinco ya era profesor asociado y había ganado fama internacional por sus trabajos y estudios en ese campo de la medicina…

      Sudando a chorros, en lugar de subir los escalones del pórtico, entró por la parte del estacionamiento a la espaciosa y distinguida casa blanca de dos pisos estilo victoriana con el techo de tejas rojas a dos aguas. Estaba ubicada en una placentera zona rodeada de jardines en una de los más exclusivos lugares de Cambridge a orillas del rio Charles. Franqueó la entrada de servicio hasta que alcanzó el área del jardín interior. En una de las sillas de metal al lado de la piscina rectangular reposaba una toalla blanca; y sobre la mesa, una jarra con un vaso transparente de vidrio. Se acercó al mueble y tomando la tela comenzó a enjugar su empapado rostro. Las diminutas y punzantes agujas candentes clavadas en su tez —causadas por la extensa carrera— se iban disipando y el corazón, todavía alterado por el esfuerzo físico, paulatinamente empezó a tomar su ritmo habitual. Tomó asiento en la silla y se sirvió un poco de agua comenzando a beber.  Desde atrás, la puerta corrediza de cristal se abrió y una mujer mestiza de mediana edad, con el canoso cabello recogido, obesa y de aspecto bonachón se asomó preguntando:

      — ¿Desea que le sirva la cena antes de irme doctor Leonard?

      Leonard volteó el rostro dirigiéndose a su interlocutora y respondió: —No, Manuela. Aún no tengo ganas de comer. Muchas gracias. Puede irse…nos vemos el lunes. Feliz fin de semana.

      —Bueno doctor, pero trate de comer; tiene que cuidarse… y feliz fin de semana para usted también.

      —No se preocupe, lo haré luego. Que descanse.
    Gracias doctor. Hasta el lunes.
      La mujer se desempeñaba como ama de llaves de los Steel desde hacía un poco más de veinte años y era consideraba parte de la familia. Fue testigo de excepción de las alegrías y sufrimientos de su patrón. Le preocupaba que su jefe no comiera en las noches, lo veía delgado y algo decaído. Pese a que continuaba con su rutina de ejercicios, no se alimentaba como era debido, comía poco y había perdido peso. Incluso en algunas ocasiones no quería siquiera probar bocado. «Pero en fin—pensó—no puedo hacer nada más por ayudarlo. Pobre doctor. Ojalá algún día supere su pena…» Luego de esto se retiró del lugar.

      Una vez que sonó el motor del vehículo de la empleada de servicio señalando su partida, Leonard se levantó de la mesa y procedió a despojarse de los zapatos de correr; luego la camiseta celeste, el pantalón negro de deportes, los calzoncillos y calcetines quedando desnudo. Se dirigió al borde de la piscina de baldosas azules y rombos celestes permaneciendo unos instantes observando las luces verdes y amarillas, que desde el fondo emergían como pequeños luceros y se reflejaban en el oscuro tapiz musculoso de la superficie de su piel proporcionándole una tonalidad extraña. Parecía que su cuerpo hubiese sido decorado por luciérnagas…  Zambulléndose de un golpe desapareció entre las luces, abandonándose en el agua y cerrando los ojos…

      Estar allí abajo, sumergido, envuelto en ese manto tibio y húmedo sin oír nada, le permitía alejarse por unos instantes de todos y de todo. Era una sensación de hallarse en una burbuja protectora que impedía al mundo exterior afectarlo de forma alguna. Mientras aguantaba la respiración, asía con la mano derecha el último peldaño de la escalera de aluminio, sujetándose para evitar tener que volver a la superficie. En ese lugar pensaba que le hubiera gustado ser un pez para poder vivir en el agua; sin preocupaciones, sin recuerdos, ni sufrimientos...  No pudiendo contener por más tiempo la respiración ascendió permaneciendo apoyado con los brazos sobre el borde de la alberca mientras su imaginación viajaba hacia otro lugar…

      —«Mátame, te lo ruego. Mátame de una vez por todas. No puedo más, hazlo de una vez»—rememoraba suspirando—. «Mátame, vamos, mátame… »

      Treinta años de matrimonio ¡quién lo diría! ¡Cómo pasó el tiempo!, habían transcurrido muy rápido, demasiado para lo que hubiera deseado. La vida junto a su esposa pasó frente a sus ojos como una exhalación…

      La conoció una mañana de abril, cuando participaba en el maratón de Boston, como lo venía haciendo desde que cumplió los dieciocho años de edad y le permitieron inscribirse en el evento. Recordaba perfectamente el momento en que la vio y hasta la ropa que usaba. —Gracias a su memoria fotográfica— Alta de 1.78  y delgada; con el cabello rubio recogido con un lazo de color marrón y piel blanca como el alabastro. Su cuello largo la hacía parecer un cisne resaltando entre la multitud por su belleza.  Ojos azules, cejas y pestañas doradas armonizando con su delicado y hermoso rostro que iba descendiendo en una nariz pequeña y fina, continuando con unos labios rojos no muy gruesos pero muy atractivos y rematando en un fino mentón. Vestía una camiseta roja y sobre ésta, una franelilla de color rosa. Shorts negros que permitían apreciar el pequeño pero redondeado y armonioso trasero dejando lucir sus largas, magníficas y atléticas piernas que finalizaban en unos zapatos deportivos de color rojo y blanco. La forma de sus pequeños senos se podían apreciar bajo el letrero de la tela adosado en su pecho y espalda que usaba para la competencia e indicaba su número como participante: 334. La mujer se destacaba entre la gran cantidad de atletas que participaban en la carrera.

      La vida depara tantas cosas, nunca se sabe que habrá al doblar una esquina, a quiénes encontraremos y qué impronta grabarán en nuestra existencia. Sin buscarlo conseguimos a nuestro complemento. A la persona que nos llenará de felicidad unas veces y otras, nos traerá desdichas. Pero que de ninguna forma nos serán indiferentes en nuestro transitar por este mundo…

      Estaba impresionado y excitado. Su cuerpo le decía a gritos en forma de agradables ondas de calor que iban desde su cerebro a su entrepierna que tenía que conocerla. Poco a poco fue aproximándose y abriéndose espacio entre los demás corredores, y avanzó hasta que se detuvo a un par de metros detrás de ella. Estando tan próximo a la mujer pudo observar con mayor detalle su belleza y por un instante permaneció sin reaccionar. Ésta al descuido, miró hacia los lados antes de iniciar la competición y volteó como si percibiera la mirada que se encontraba fija en ella coincidiendo con los ojos negros del hombre, sonriéndole. Leonard correspondió el gesto. En ese momento se escuchó el disparo que anunciaba la señal de partida y el comienzo  una nueva etapa en la vida de un hombre y una mujer.

      El flechazo fue instantáneo. Su nombre era Raquel Novak, tenía 24 años. Estudiaba música en el Berklee College of Music en Boston y pertenecía al ballet de la ciudad. Los primeros seis meses compartían sus noches de amor y pasión entre el apartamento de Leonard en Cambridge y el loft de Raquel en Boston. ¡Qué tiempos aquellos! Sentía que la dicha escapaba a raudales a través de su piel. Pese a ser una persona tan racional, ahora que encontró a Raquel su visión de la vida cambió. Tomar un helado, salir a bailar, cenar, hacer el amor. Nada tenía sentido ahora si no lo hacía con ella.

      Después de un día atareado en la universidad, atravesaba el puente que une ambas ciudades para encontrarse con su amada y salían a pasear por las calles. Les deleitaba caminar abrazados bajo la luna. Leonard miraba esos ojos azules que brillaban intensamente con el reflejo de las luces de la ciudad y le devolvían la mirada de una mujer enamorada…

      Sonreía con tristeza evocando aquella noche sobre el río Charles cuando ambos navegaban en el velero de los padres de Raquel. En ese instante era  totalmente feliz. Disfrutaba contemplando extasiado el contraste de sus pieles cuando ella se hallaba montaba sobre sus muslos, y los pequeños senos blancos coronados por pezones rosados como pequeñas y erguidas rosas se aplastaban contra su pecho oscuro y velludo, mientras entraba con su mazo ardiente explorando aquella cavidad suave, húmeda y cálida; inmergido en la profundidad del cuerpo de Raquel. Sus bocas deseosas de pasión se unían con besos de fuego envolviendo sus lenguas, saboreándose y produciendo el más delicioso de los néctares; amalgamados, unidos por la carne y fundidos en el deseo. Raquel se sujetaba del cuello de Leonard impulsándose hacia abajo con vigor, cabalgándolo; buscando la penetración máxima. Mientras éste la sujetaba de las caderas con ímpetu, haciéndola descender a la vez que trataba de llegar a lo más recóndito de su ser…

      A los diez de meses conocerse se casaron. Inicialmente se mudaron al loft de Raquel, luego compraron una casa para obtener mayor comodidad. Después de un año de matrimonio, nació Nicholas quien completó la felicidad de la familia Steel – Novak. Leonard tuvo que abandonar la docencia a tiempo completo en la Universidad de Harvard y se dedicó de lleno a la práctica de su carrera en el Hospital General de Massachusetts, donde se convirtió en jefe del departamento de psiquiatría. Raquel por su parte, tuvo que abandonar por unos meses la música y la danza debido a su reciente alumbramiento. Ahora, ambos tenían el tiempo suficiente para dedicarlo a su hijo…

      …Se impulsó con los brazos saliendo de la piscina, agarró la toalla y comenzó a secar su humanidad. Pese a que el viento empezó a soplar, no percibía el descenso de la temperatura del ambiente. Envolvió su cintura con la tela cubriendo su cuerpo hasta casi llegar a sus rodillas y volvió a sentarse. Observaba las estrellas en medio de la oscuridad de la noche, mientras la luna con sus manchas grises permanecía impertérrita, ajena a lo que sucedía abajo. Los pensamientos de Leonard estaban muy lejos de allí…

      ¡Mátame de una maldita vez!, ¡Ya no soporto esto! ¡Te lo suplico, mátame, mátame!...

      Raquel fue incapaz de contener el llanto cuando abrazó a su hijo al recibir la noticia de que había sido admitido en la academia militar de West Point…

      — ¿Qué va a ser de Nicholas? ¿A dónde lo enviarán?—preguntó asustada Raquel a su esposo.

      —Mi cielo. No tienes que estar triste. —Contestó Leonard— son cuatro años que debe estar en la academia. Luego de eso…

      —No—continuó Raquel— ¿por qué tuvo que elegir esa profesión? Tú eres psiquiatra. ¿Por qué no eligió otra cosa? Debes de hacerlo entender, es muy peligroso. Lo pueden enviar a algún país como Irak o Afganistán. Cualquier cosa le puede suceder…
     
      Nicholas Steel acababa de cumplir diecinueve años. Era muy apuesto, de piel trigueña —producto de la mezcla racial de sus padres— Medía 1.95 de estatura y ciento cinco kilos de puro músculo. Tenía el porte atlético de su padre y el rostro de su madre. En ese instante abrazaba a ésta tratando de consolarla, mientras ella lo sujetaba con fuerza tratando de protegerlo de enemigos futuros a quienes imaginaba como monstruos barbudos y crueles, de extraño hablar y peor proceder; sanguinarios y terribles, capaces de las peores aberraciones y de cometer atentados tan espantosos como el de las torres gemelas en el año 2001. Que asesinaban  a cualquiera —sobre todo a los soldados americanos—degollándolos, cortándoles la cabeza y subiendo los videos de “dichas hazañas” a la Internet. Era como una gallina cuidando a su polluelo. Pero sus alas ahora eran muy cortas. Su pequeño se había convertido en un hombre y sus brazos ya no eran lo suficientemente grandes para cobijarlo.

      —Mi amor, hijo. ¿Qué es lo que has hecho?—miraba a Nicholas entre molesta y triste…

      —Todo está bien mamá, no te preocupes—dijo Nicholas—no tienes que ser tan pesimista. Descuida que se cuidarme muy bien…

      — ¿Cuidarte bien?—replicó su madre con los ojos rojos y la sensación de guijarros rodando cuesta abajo en su pecho…—si apenas tienes diecinueve  años y…

      —Bueno, ya está bien—dijo Leonard interviniendo—creo que es suficiente de llanto. Hoy es viernes y Nicholas debe presentarse el lunes en la academia militar. Lo mejor que es que se lleve un buen recuerdo de su hogar y no el de la tristeza. —dicho esto se acercó a ellos abrazándolos.

      —Militar…, el ejército—dijo Raquel— ¿por qué tuviste que elegir esa profesión? preguntó a su hijo.

      Nicholas trató de responder, pero Leonard con un gesto le pidió que comprendiera, que dejara a su madre desahogarse. Raquel se alejó sacudiendo la cabeza dirigiéndose hacia el cuarto de baño diciendo: —Voy a lavarme la cara.

      —Siéntate hijo—dijo Leonard.

      —Quiero que sepas que pese a la reacción de tu madre, está muy orgullosa de ti al igual que yo. Siempre debes tener presente que lo más importante, lo único que importa en la vida de una persona es su felicidad. Es lo que el ser humano percibe cuando hace algo que en realidad le satisface y que le hace sentir que está vivo; en ello radica el éxito en la vida. Es lo que te da felicidad. Nunca permitas que otros dicten lo que deseas ser. Ten en cuenta que siempre, hagas lo que hagas, escojas el camino que desees, lo debes efectuar de la mejor manera. Esfuérzate siempre por ser el mejor en lo que sea que emprendas.

      —Muchas gracias papá, por tus palabras y aliento. Pero quiero confesarte un secreto… Tengo un poco de miedo. Mamá tiene razón.

      —Es normal que sientas temor. Vas a salir a enfrentar a la vida ahora como un adulto. Todas las decisiones que tomes llevaran implícitas algún tipo de reacción. Si es buena o mala depende de lo que la originó; es decir, de tu proceder. Pero déjame preguntarte algo: ¿Por qué has elegido ser militar?

      El joven respondió con profunda convicción:

      —Deseo ser útil al país. Quiero que podamos vivir sin temor. Que no se repita otro once de septiembre, que no haya más amenazas de grupos terroristas. Por eso elegí el ejército.

      Raquel permanecía en el marco de la puerta del pasillo, escuchando la conversación de ambos, triste porque su “pequeño” dejó de serlo y había llegado el momento de dejarlo decidir su futuro. Ya no sería más “su bebé” ahora comprendía que su hijo se transformó en un hombre.  Estaba sorprendida por la entereza y decisión de éste…

      Leonard escuchaba con atención las palabras de Nicholas y hubiera preferido obtener de sus labios una respuesta más simple de acuerdo a su edad como: —Es que me gusta el uniforme, o quiero aprender a manejar armamentos, conocer el mundo, chicas. Pero al oírlo, sintió una mezcla entre orgullo y entendimiento. Pero en realidad hubiera preferido decirle: « —No vayas hijo. No entres al ejército. Vas a poner en riesgo tu vida por una causa inútil. Es una guerra que nosotros no buscamos ni deseamos. Todo eso no es más que negocios; simplemente un pingüe comercio para enriquecer a empresas que están detrás de los gobiernos y promueven la destrucción del ser humano mediante la creación de conflictos y por consiguiente, la venta de armas obteniendo ingentes ingresos mientras la gente se mata a voluntad. La vida humana no es importante para ellos. Lo único que les interesa es el dinero—.» La misma historia de siempre. Con la excusa de retirar a un tirano del poder se invadía a un país con el objeto de obtener beneficios, tal y como sucedió en Iraq. Después del derrocamiento de Saddam Hussein —con la justificación de la posesión de armas químicas y bacteriológicas—se demostró que el asesino de Bagdad no contaba con ellas. La verdadera razón fue la amenaza que el genocida iraquí significaba para los intereses norteamericanos en Kuwait producto de su invasión. —Se trataba del control del petróleo— Era una política muy conveniente a los intereses de su país —es decir a sus grandes industrias de la guerra— pero todo era un gran engaño. Un timo a la sociedad mediante la charada del combate al terrorismo que ellos mismos crearon debido a sus acciones. ¿Búsqueda de Bin Laden? Invasión de Afganistán.  ¿La vida de las personas? Bien, gracias. ¿Cómo explicarle a su hijo que de no ser por la injerencia de su nación en asuntos extraños en países árabes o africanos no tendrían amenazas terroristas? ¿Cómo hacerle entender que mientras su país siguiera siendo “policía del mundo”, se encontraría a merced de los deseos de venganza de diferentes grupos fundamentalistas y nacionalistas al verse invadidos por una potencia extranjera?

      Pensaba que la doble moral con la que los más poderosos países procedían, era la causa de los grandes problemas de la humanidad. Dejar actuar cuando convenía o iba en el propio interés. Como en el caso de la guerra civil en Siria y el continuo genocidio cometido por el desalmado Bashar al—Asad contra su pueblo. El mundo se escandalizaba por el uso de armas químicas, pero no llamaba la atención si masacraban a los civiles desarmados;  los violaban, torturaban y dejaban morir de hambre. Los continuos bombardeos y matanzas en Damasco, Homs y otras ciudades —tan publicitadas por los medios—por lo visto, no conmovían a nadie. Su país y la comunidad internacional habían pegado el grito al cielo por el uso de armas prohibidas y debido a la oposición de países como Rusia y China, se evitó una intervención. El gobierno norteamericano indicaba que no querían derrocar al dictador genocida sirio, únicamente: “evitar que utilizara más armas de este tipo”.  Es decir; podía exterminar a quien le viniera en gana, permanecer en el poder cuarenta años más—si la vida se lo permitía—pero cuidado; nada de usar armas químicas, ya que eso se ve mal y es mala propaganda… Recordaba indignado el video en el que unos soldados norteamericanos orinaban sobre los rostros ensangrentados de cadáveres talibanes. La opinión pública criticaba y satanizaba este “bochornoso y vergonzoso acto” contra esos cuerpos destrozados sobre el polvo. La misma hipocresía de siempre. “Pueden masacrar, pero no hagan escándalo. Dispárenles en la cabeza, córtenlos, quémenlos, bombardéenlos. Pero eso sí: una vez muertos no los toquen ni con el pétalo de una rosa. Que lo que se les ocurra hacer no se vea desagradable”… —« ¡grandísimos hipócritas, hijos de perra…!» —Pensaba con amargura.

      Pero en fin; no tenía derecho a impedir que su hijo tomara su propio camino. Ahora —aunque no le gustara y estuviera de acuerdo con su esposa— debía apoyarlo. Veía en los ojos de Nicholas la sana inocencia de la juventud que tiene la ilusión, decisión e inocencia de querer cambiar el mundo apenas con sus buenos deseos. Con su sincera voluntad. ¿No es acaso de esta manera que se llevan a cabo las más grandes obras?...

      Transcurrieron diez meses desde que Nicholas fue admitido en la Academia militar de West Point en New York y se encontraba siguiendo su periodo de adiestramiento —no obstante a los deseos de su madre, quien debió aceptar a regañadientes la voluntad de su hijo a pesar de sus vanos intentos por hacerlo cambiar de opinión—.  Mientras tanto Raquel se desempeñaba como profesora y bailarina principal en la escuela de danza. Esa noche practicaba con el ballet de la ciudad para la presentación del “cascanueces” que escenificarían en la noche de navidad. Algunas veces Leonard tenía la oportunidad de poder salir un poco más temprano del hospital y llegaba a tiempo para asistir a los ensayos de las obras en las que Raquel se encargaba de preparar como instructora e integrante de la escuela de danza. Ver bailar a su esposa era algo que le fascinaba. Veía a su amada como se transformaba en el escenario al ejecutar su baile. Su elasticidad, gracia y elegancia eran algunas de las cualidades por las que estaba perdidamente enamorado. Casi siempre asistía a los ensayos generales de alguna obra y en el caso particular de ésta — con los preparativos especiales de la noche buena — era una ocasión que no podía ni quería desaprovechar. Pero aquel día había sido algo complicado y las consultas se alargaron más de lo acostumbrado. Cuando Leonard llegó al teatro el segundo acto de la obra estaba por la mitad. «Bueno…—pensó—al menos no me lo perdí del todo…» Entró al auditorio mientras los violines canturreaban con armonía la excelsa melodía que brotaba en el teatro como si fuera una botella de vino espumante: dulce, melodiosa y excelsa. Raquel mantenía intacta su gracia similar a la de un ángel y desplegaba los brazos como si fueran las alas de una mariposa, quien a los cuarentaicuatro años, conservaba aquel hermoso cuerpo igual al momento en que la vio por primera vez. Ella conservaba la figura que aún lo estremecía y contemplaba con encanto. En ese momento utilizaba unas mallas y zapatillas de color marrón, con el cabello dorado recogido con una cinta roja mientras los demás estudiantes la observaban en silencio; extasiados por la elasticidad, elegancia y belleza con que realizaba los movimientos. Leonard se sentó en las primeras butacas entre los asistentes que observaban la hermosa ejecución del baile, mientras Raquel continuaba embrujando a los presentes con su danza…

      —Hola Leonard…, Raquel luce hermosa. Parece que el tiempo no hubiese transcurrido en ella.

      —Hola Florence—respondió Leonard a la mujer a su lado, directora de la escuela de ballet a quien conocía desde hacía casi veinte años, mientras observaba embelesado los saltos refinados y armoniosos de su esposa al compás de la majestuosa melodía del imperecedero Tchaikovski.

      —Llegó el momento que tanto esperábamos; —dijo la mujer— Y tanto los bailarines como el público asistente al ensayo guardaba un silencio extraordinario, especial. Como si esperasen un acontecimiento sobrenatural…

      —«Así es…»—se dijo Leonard—tocaba el turno en el cual Raquel hacía el baile del “hada de azúcar” que lo venía realizando desde que fue elegida como bailarina principal, quince años atrás…

      Las luces del teatro fueron desvaneciéndose mientras Raquel permanecía inmóvil. La cabeza en alto, con la sonrisa de un querubín y la belleza de una diosa griega. Los brazos apenas doblados y sus manos descansando a los lados de su vientre. Sus largas piernas estaban colocadas ligeramente una delante de la otra —la derecha al frente con la punta del pie orientada hacia el lado derecho mientras la otra extremidad hacía lo opuesto—. En una perfecta posición “cuarta” emulando a una estatua de piedra viviente mientras un rayo de luz blanca proveniente de la parte de arriba la iluminaba, haciendo que luciese como si fuera un ser imaginario; de otra dimensión y reflejando la claridad como si despidiera un halo brillante igual que una centella en medio de la oscuridad. Los acordes de los violines y demás instrumentos sonaban de modo intermitente, mientras el inconfundible sonido de la celesta flotaba imponente inundando el escenario y llegando a todos los rincones del lugar. En ese momento la nívea estatua se convertía en un exquisito, refinado y esbelto cisne quien, con pasos majestuosos seducía a los presentes. Raquel ejecutaba los movimientos con la precisión de un reloj suizo, con la gracia de los besos y las caricias de los amantes más experimentados. Sus gestos y ademanes expresaban la pureza y belleza del arte…

      Tomando impulso con los brazos Leonard salió de la piscina y se dirigió hacia la ducha ubicada en el jardín. Cogió la llave de la regadera y dejó salir el agua que empezó a caer sobre su cuerpo como hebras húmedas y frías cubriéndolo por completo. Pese a que el viento empezaba a soplar con más fuerza y la temperatura continuaba descendiendo, el hombre permanecía bajo la pequeña cascada. En ese instante no se encontraba en su hogar, se hallaba muy lejos de allí. Atravesando el tiempo y el espacio. Cuando disfrutaba del placer de estar vivo, de amar y ser amado. Estaba con los ojos cerrados meciendo con lentitud su cabeza al compás de la melodía que afloraba desde los confines de su mente.…

      Las cabriolas, los elásticos jetés y los tours en l´air eran ejecutados con garbo y elegancia; fluían de forma natural. Tan sencillos como respirar y a la vez tan exquisitamente delicados tal cual el suspenderse en el aire de un colibrí mientras se sitúa de modo imperceptible sobre una flor; además, esa sonrisa tan hermosa y excitante que a Leonard le cortaba la respiración. El hada de azúcar… los pequeños pasos de puntillas para no despertar a los niños, quien con su varita mágica te llevará al país de los sueños…  La melodía y la mujer hacían una alianza perfecta. Una preciosa comunión entre la armonía y el glamour. Parecía que el genio ruso hubiese compuesto su extraordinaria obra para ser interpretada a través de la danza por Raquel hacía más de doce décadas, y que su trabajo continuaría siendo inmortalizado por medio de una ejecución tan sublime.  Raquel seguía enamorando a la audiencia…con  suavidad y cadencia…

      La bailarina proseguía moviendo las piernas y los brazos. Los pequeños pasos eran diminutos ratoncillos flotando sobre el piso, esforzándose para no hacer ruido al tocar el suelo. — Un fouetté— El hada va despacio volando con su varita mágica de forma ágil y etérea mientras los violines incrementan su canto. La celesta y los demás instrumentos musicales adquieren vida propia y ciñen entre sus infinitos brazos invisibles y poderosos al hada mágica transformándose en una entidad divina, armoniosa y fantástica.

      El hada…, los pasos silenciosos…, la excelsa melodía— otro fouetté—.  Pero algo sucede; el hada tropieza y comienza a hacer ruido, ya no son pasos glamorosos. La unión entre los amantes comienza a deshacerse… Los niños se despiertan y los ratones ahora salen en una carrera desbocada que se convierte en una estampida ruidosa… La magia se desvanece y la tormenta se desata… Raquel pierde el control mientras da un giro, levanta la cabeza y se desploma en el medio del escenario ante el asombro de todas las personas…

      — ¡Oh!, por todos los cielos... ¿Qué sucede?— Preguntó Florence, conmocionada— mientras los otros miembros del ballet se acercaban para auxiliar a la bailarina. Leonard reaccionó en el momento y subió con rapidez al escenario abriéndose paso entre los otros miembros de la escuela de danza. Un latigazo glacial lo golpeó de manera salvaje directamente en la parte posterior de su cabeza y recorrió de manera fugaz su espina dorsal atravesando su vientre y llegando hasta sus pies, al momento de llegar a donde yacía su esposa…

      Raquel se encontraba tumbada sobre el piso con la cabeza pegada al suelo y el mentón dirigido al techo. Los ojos abiertos llevados hacia atrás de manera que únicamente se podían ver sus escleróticas como dos pequeños copos de nieve. Los brazos se hallaban adheridos a su cuerpo mientras sus manos encorvadas adoptaban la forma de ganchos tratando de asirse en algo para hallar algún tipo de apoyo encontrando tan solo el vacío. En tanto sus piernas, apenas separadas rebotaban sobre el piso de una forma grotesca y extraña; temblando de forma horrible. Parecía que hubiese sido alcanzada por un rayo y que la descarga eléctrica estuviese aun atravesando su cuerpo intentando ubicar la salida sin conseguirlo. De su boca entreabierta empezó a emerger espuma blanca que se escurría por el lado derecho como lava fluyendo por el borde de un volcán. La absoluta falta de dominio sobre su cuerpo se manifestaba inequívocamente por el líquido amarillento, y el hedor particular de las heces provenientes de la parte baja de su humanidad…

      Leonard hizo su mejor esfuerzo para asimilar el trago de terror y ansiedad que inundaba su ser expresando serenidad. Sin dejar que los nervios lo delataran se agachó y sujetó la cabeza de su esposa y verificó que su lengua no estuviera siendo presionada por sus dientes para evitar que se hiciera daño; y ordenó con voz firme a los presentes que retrocedieran para permitirle atenderla. Luego acercando su boca al oído de ésta le dijo: —Raquel, estoy contigo mi amor. Estoy aquí, vas a estar bien. Vas a recuperarte…

      —La ambulancia ya está en camino—dijo Florence a su lado— ¿Qué le ocurre Leonard? ¿Qué es lo que tiene?...

      El psiquiatra continuaba sosteniendo la cabeza de su esposa con una mano mientras con la otra sujetaba la mano derecha de ella. Raquel apretaba a su esposo con tanta fuerza que le incrustó las uñas en la palma haciendo que ligeras gotas como perlas rojas empezaran a brotar… —Tranquila mi amor—decía Leonard soportando el dolor—trata de relajarte…, ya va a pasar…

      La tormenta se había desatado pero en lugar de amainar se convirtió en un huracán inmisericorde que los castigo con toda su crudeza…

      El techo era de color blanco y una lámpara rectangular emitía una iluminación clara que bañaba completamente la habitación, en tanto las paredes tenían un tono marfil contrastando con el gris oscuro del piso. La cortina crema cubría la ventana sin permitir la entrada de luz, por lo cual desconocía si era de día o de noche. Leonard se hallaba sentado en una silla observando a su esposa quien yacía dormida en la cama. Tenía la mirada ausente y el rostro mostraba las ojeras de la noche en vela y la consternación de todo lo sucedido. Se encontraban en el hospital de Boston a donde su esposa fue traslada en una ambulancia luego de sufrir el incidente en la pista de baile. Desde aquel instante ya habían transcurrido algo más de doce horas.

      A lo largo de los años el psiquiatra aprendió a revestirse con una coraza de frialdad, y —aunque le costara admitirlo— algo de cinismo para evitar que los trastornos de los pacientes lo afectaran. Había atendido a centenares de niños por problemas mentales de todo tipo: desde trastornos de conducta, manías y paranoias; hasta pasar por “posesiones diabólicas”, adicciones e intentos de suicidio entre otros, y siempre buscaba las palabras adecuadas para tratar de calmar a los padres de los niños. Con su conocimiento y experiencia sabía cómo llegar al “corazón de los demás” con sus palabras de aliento y consuelo «aunque el corazón es   un músculo y nada tiene que ver con las emociones…— pensaba — todo radica en el cerebro…» Pero en aquel momento, le tocaba vivir en carne propia el dolor; la angustia y el miedo que lo tenían cogido como una  prensa metálica y fría que lo presionaba desde los testículos, pasando por el estómago y llegando a través de su garganta hasta la boca, esperando lo inevitable…

      La puerta marrón se abrió y entró un hombre obeso y canoso de mediana edad; piel cobriza, lentes dorados y la inconfundible bata blanca que identificaba a su portador como médico. Al lado izquierdo de su pecho llevaba un gafete blando con letras negras donde se leía: Renato García. Médico— Neurocirujano.  En sus manos llevaba unas imágenes de color negro como las obtenidas por un aparato de rayos x, pero estas eran diferentes. En el fondo, en negativo se podían observar varias imágenes del interior de la cabeza de una persona. Era una serie de instantáneas del cerebro desde diferentes lados: anterior, posterior, superior y de ambos lados. Los bordes aparecían iluminados en las imágenes oscuras producto de la sustancia utilizada como contraste para efectuar el estudio. Leonard dejó su asiento y se acercó al médico quien con rostro grave colocaba las imágenes diagnósticas en el negatoscopio…

      —Me temo que no son agradables noticias—Dijo el galeno— enfocándose en una imagen del cerebro que era similar a una sandía cortada longitudinalmente. Tomó un bolígrafo del bolsillo de su bata y señaló con la punta unas diminutas manchas blancas en la imagen de color brillante e irregular…

      Leonard intentó mantener la calma, pero a duras penas lograba controlarse. Sentía las manos húmedas y pegajosas mientras oía a su colega, pero en realidad no lo escuchaba. Estaba concentrado analizando esta “fotografía” en negativo. Sabía con exactitud de lo que se trataba y —contrario a su manera de pensar clara y objetiva—guardaba la pequeña esperanza de que no fuera lo que temía. Pero no fue así. La supercomputadora que tenía en la cabeza había revisado los archivos minuciosamente, coordinando las ideas obteniendo la única, verdadera y terminal respuesta antes de que su colega lo dejara caer como una la última palada de tierra sobre el ataúd: Oligodendroglioma. **

      Leonard trataba de hablar, pero al principio parecía que sus cuerdas vocales —debido a la terrible noticia—, se negaran a funcionar de modo adecuado para articular una palabra. La garganta estaba colmada de tierra seca y su lengua deshidratada y rugosa como una lija se rebelaba contra su cerebro negándose a moverse. Giró la cabeza y dirigió la mirada hacia su esposa. La bolsa de suero colgaba de la parte superior de la cabecera de la cama, mientras el líquido hidrataba su cuerpo lentamente, gota a gota mediante un catéter insertado en su vena. Un aparato adherido a su dedo por una pinza plástica, medía su presión arterial y ritmo cardiaco que se reflejaba en la pantalla al costado de la cama; con números, letras y gráficos indicaban el estado de salud de la paciente. Así, sobre el lecho del hospital, tenía el rostro sereno y despreocupado. De no ser por el lugar donde se encontraba y la parafernalia a su alrededor podría decirse que dormía serenamente una siesta… Pero por tristeza no era así. A Leonard le costó esfuerzo hacer que la saliva llegara a su garganta para aliviar su resequedad y preguntó: — ¿Cuál es tu pronóstico?

      —Bueno…—contestó el galeno— Aún es algo temprano para dar una respuesta final sobre el estado…

      Leonard miró al hombre fijamente y dijo: —Recuerda Renato que estoy preparado para lo que tengas que decir…

      —Está bien— dijo el cirujano— Si bien es cierto que es necesario hacer una biopsia para tener un resultado más concreto, pero me atrevería a decir que estamos ante un glioma grado dos. Sin embargo, necesitamos hacer un estudio para determinar cuál es la magnitud del tumor y si es operable o no. Debemos esperar los resultados para decidir lo que vamos a hacer.

      —Muchas gracias Renato—dijo Leonard— sin poder disimular su aflicción.

      —Vamos a esperar a que despierte y a proceder cuanto antes con los estudios. Mientras más pronto mejor.

      Comenzó a alejarse de la habitación y antes de salir preguntó:

      —Deseas que esté presente cuando despierte tu esposa para ayudarte con la explicación, o…

      —No, gracias. Prefiero que estemos solos. Yo me encargo.

** Los oligodendrogliomas (ODG) forman parte del grupo de los gliomas. Son tumores cerebrales primarios, es decir, tumores que se originan a partir de las células que conforman la estructura cerebral normal, los oligodendrocitos.

      —Si claro—agregó el médico saliendo del lugar pensando: « que idiota soy. Quien mejor para dar esa noticia que un psiquiatra y sobre todo si es el esposo.»

      Leonard regresó a la silla al lado de Raquel y la tomó de la mano: «glioma en grado dos—pensó—la esperanza de vida es de cinco a diez años, si es que la opción es la cirugía y el tumor se extirpa en su totalidad— y aún existía la posibilidad de quedar algún tipo de secuela que la incapacitara. Luego está el tratamiento de quimioterapia y radioterapia. ¿Por cuánto tiempo tendrá que sufrir los dolores de esa enfermedad? ¿Cuánto le quedará de vida útil?...» Estaba devastado. Tenía el cuerpo frío y la cabeza le dolía horrores de haber pasado la noche en vela pensando en el futuro de su esposa, en cómo afectaría su vida; el ballet que era su pasión, la música—que la tenía un tanto abandonada debido a la danza— ¿Sería capaz de seguir bailando o dictando clases?  ¿Continuaría ejecutando el violonchelo?... En apenas doce horas, su vida; la felicidad que envolvía a su familia, había sido borrada de un plumazo. « Cáncer, tumor cerebral…» las palabras explotaban en su cabeza como cartuchos de dinamita. Sabía perfectamente lo que significaba. Como psiquiatra tuvo la desdicha de atender niños con trastornos mentales que en realidad estaban ligados a tumores cerebrales que afectaban la mente y el cuerpo de sus pequeños pacientes. Era —para su desgracia—testigo de excepción de la degradación física de los niños a medida que el tumor avanzaba y hacía metástasis en el organismo. Eso significaba brindar apoyo profesional tanto a los pacientes como a sus padres hasta que sucediera el fatal desenlace. Al inicio los dramas que se suscitaban en las consultas con los menores lo afectaban profundamente; como en el caso de la esquizofrenia y retraso mental. Pero lo peor eran las circunstancias en que los niños eran víctimas de una enfermedad terminal.  La ruleta del destino giró y se detuvo en casillero. La furia de una marejada inmisericorde e inconsolable arrastrando todo a su paso hizo añicos los sueños, ilusiones y promesas de envejecer junto a su esposa y amarse por muchos años más.  Ahora todos sus anhelos eran truncados por una macabra jugada del destino. Una vida de promesas de amor y felicidad eran cortados de raíz en la forma de un maldito tumor cerebral…

      — ¿Qué pasó Leo…dónde estamos?— preguntó Raquel despertando todavía adormecida por las medicinas que le habían administrado.

      Leonard levantó la cabeza mirando a su esposa y tratando de otorgarle su mejor sonrisa le acarició el cabello rubio enmarañado diciendo: — Sufriste un desmayo mi amor. Estamos en el hospital de Boston. ¿Cómo te encuentras?

      —Me duele mucho la cabeza y estoy mareada—respondió mientras pestañeaba tratando de aclarar la vista y percatándose del aspecto ojeroso y demacrado que tenía su esposo— ¿Desde cuándo estoy aquí?

      —Desde anoche, te trasladamos en una ambulancia…

      — ¿Qué me ocurre?, ¿por qué me desmayé? Algo sucedió…, ahora recuerdo, mi cabeza daba vueltas y caí al piso. Mi cuerpo temblaba y no podía controlarlo… Mis brazos. Mis piernas. Sentía que temblaban sin control; no podía detenerlas. ¿Acaso tuve convulsiones?

      —Si mi vida. Estás aquí para hacerte evaluaciones y determinar con exactitud qué te sucede…

      Raquel conocía perfectamente a su esposo y sabía por los gestos en su cara, el estado de ánimo en el que se encontraba. El rostro de Leonard era como la pantalla de un televisor para ella y reflejaba su sentir. A pesar de su sonrisa, sabía que había algo serio…

      —Sabes qué es lo que me ocurre ¿no así?—preguntó tomándolo de la mano.

      Leonard trató de medir las palabras y se tomó un instante para responder. Por fin soltó un suspiró y dijo:

      —Sí, mi amor… Se llama Oligodendroglioma —dijo mirándola con seriedad y apretando su mano—es un tipo de tumor cerebral. Hay que hacerte algunas pruebas adicionales para verificar con certeza en que estadio se encuentra.
    Cáncer —dijo con suavidad— ¿es operable?—preguntó casi susurrando mientras unas capas cristalinas y húmedas daban un brillo melancólico a sus ojos.
      —Aún no se sabe. Pero todo indica que esta en grado dos.

      — ¿Cuánto tiempo me queda?

      El labio inferior de Leonard empezó ligeramente a temblar, mientras ideaba la manera de darle una respuesta esperanzadora, que pudiera tranquilizar algo a su asustada esposa. ¿Asustada?, no. Él sabía que debía estar espantada, pero no debía ni merecía ser engañada, ni hacerla albergar falsas esperanzas. Sobre todo con las expectativas que tenía de vida y con lo podía hacer en el tiempo que le quedaba.

      —Si es posible extraer el tumor, hasta unos diez años—soltó esas palabras sintiendo que estaba dictando la pena máxima. Como un juez sentenciando a muerte a un inocente. A su esposa, a su idolatrada Raquel…

      La mujer miraba a su esposo con una súplica en el rostro buscando en él un poder milagroso que la pudiera sanar, mientras algunas lágrimas se deslizaban por sus mejillas como el rocío sobre las hojas en una mañana de otoño. Raquel sabía los riesgos que implicaban una operación de este tipo. Su esposo le había contado casos en los que algunos de sus pacientes a los que se les descubrió tumores cerebrales fallecieron, otros quedaron incapacitados y hasta perdieron la razón—aparte de los insoportables dolores—. Llegaban al extremo de no reconocer a sus familiares y amigos. Ni siquiera tenían el control de su cuerpo causando una carga terrible para ellos y los suyos. Era—según las palabras de Leonard— un cuadro desolador, que nadie merecía padecer, mucho menos un niño.  Hubiera sido mejor terminar con su martirio…

      Raquel tomó de las manos a su esposo y mirándolo a los ojos  le dijo:

      —Quiero que me prometas algo…

      —Lo que desees, mi vida —contestó Leonard.

      —Si la cirugía terminase mal y…

      —No —intervino Leonard—de ninguna manera. No pienses eso. Vas a tener a los mejores médicos y a mí a tu lado para…

      Raquel meneó la cabeza y colocó su dedo índice sobre los labios de su marido sin dejarlo continuar.

      —Si la cirugía terminase mal —prosiguió hablando—y resultase incapacitada o si pierdo la razón y no puedo reconocerlos ni a ti, ni a Nicholas. Prométeme que no permitirás que permanezca así… Terminarás con mi sufrimiento.

      Leonard bajó la mirada y fugazmente discurrió por su imaginación el instante en que esa situación podría suceder. Sentía que su estómago estaba inundado por avispas y palideció, al imaginarse que llegase el instante de tener que matarla…

      —Prométemelo…—insistió— Te lo ruego, mi amor. No deseo ser una carga para ustedes ni que me recuerden de esa manera tan dolorosa y terrible.

      El psiquiatra sentía que se adentraba en una horrenda cueva húmeda, honda y oscura cuando pronunció esas tres palabras que escaparon como una blasfemia de su boca: — Te lo prometo.

      Ella lo miró con una sonrisa de agradecimiento y se arroparon en un abrazo de dolor y lamento…

      El resto de los exámenes no hicieron más que confirmar el diagnóstico inicial. Luego de una junta médica entre varios especialistas: neurólogo, oncólogo e internista —entre otros— acordaron que lo más oportuno era la remoción quirúrgica del tumor a la brevedad posible, para evitar su avance y dispersión hacia otras áreas que empeoraran la salud de la paciente. Posteriormente se evaluaría la pertinencia de otro tipo de tratamiento. Los esposos Steel decidieron no decir nada a su hijo ya que se encontraba fuera de la ciudad estudiando, y poco o nada podía hacer al respecto. Al menos hasta después de la cirugía. No querían cargarlo de preocupaciones y angustias…

      Desde la parte de arriba del quirófano como si fuese una sala de cine a través de una ventana panorámica, Leonard observaba con atención el equipo clínico alrededor de su esposa, quien yacía sobre la mesa de operaciones cubierta casi por completo con una especie de sábana verde. A su alrededor el personal médico enfundado desde la cabeza a los pies en uniformes de color celeste, trabajaban sin cesar atentos a los aparatos que registraban todo lo que sucedía en el cuerpo de Raquel. En la parte de su cabeza había una pequeña abertura por donde el cirujano principal accedía con diversos aparatos a la masa gelatinosa y rojiza que brillaba bajo las luces de los reflectores. En tanto los dedos enfundados en látex blanco con diversos instrumentos se movían con precaución y destreza. Dos monitores a los lados del ventanal captaban completamente el proceso quirúrgico, transmitiendo las imágenes de todo lo que sucedía en detalle.   Una tenue melodía — la octava Sinfonía de Dvorak— se escuchaba en la sala de cirugías en tanto una tragedia de vida y muerte se ejecutaba en ese preciso instante. Con la dulce música como fondo, Leonard observaba el drama en progreso; donde él se sentía como un inútil espectador —pese a ser uno de los protagonistas principales— le hubiese gustado estar abajo a su lado… «Sosteniendo su mano por lo menos —pensó—…» Mientras Raquel estaba tumbada sobre la mesa de operaciones como si fuese una muñeca de trapo: inmóvil con un enemigo mortal en la forma de una diminuta masa rojiza que amenazaba con destruirla por dentro. Como si fuese un parásito expandiendo su semilla de tejidos malignos hasta lograr terminar a su víctima. Alrededor de ella los médicos trataban de remendarla.   Luchaban para extraer al intruso que había invadido su cerebro y rescatarla de las redes de la muerte…

       El temblor involuntario de su cuerpo le hizo reparar en el frío que venía soportando desde hacía unos minutos en los que su mente divagó, trayéndole esas memorias tan sentidas y a la vez tan añoradas de su esposa. Tiritando, cogió la bata de baño del perchero y se dirigió raudo al interior de la casa. Una vez en la cocina apuró el paso hasta llegar a la amplia sala de paredes revestidas de madera y decorada con muebles de cuero blanco. En las esquinas la luminosidad era irradiada tenuemente por unas lámparas de cristal. Al fondo en una pared recubierta de piedra, se hallaba un espacio cuadrado como una especie de cajón socavado en la roca; y sobre éste, un hermoso y extraordinario tapiz de alpaca peruana. Leonard continuó con su marcha hasta llegar a la mesa de vidrio en la sala y tomó un control remoto accionándolo. Al principio una leve chispa hizo que surgiera una luz, luego aumentó la claridad proveniente de la llamarada desde la base de la chimenea abriéndose paso en el salón, proporcionando calor; entretanto un tenue aroma a bosque se dejaba sentir en el recinto. Se aproximó al fogón lo más cerca que las llamas se lo permitían y finalmente, pudo sentir la satisfacción de la calidez del fuego; haciendo que su temperatura corporal con rapidez empezara a normalizarse.

      Afuera el viento había empezado a soplar con más fuerza, y las plantas en el jardín empezaban a estremecerse con el toque salvaje de la naturaleza. Un poco más reconfortado se acercó a la división de vidrio que colindaba con el jardín interior y levantó la mirada hacia el firmamento tapizado de infinitas estrellas, brillantes como gemas. Poco a poco la luz de la luna empezó a desaparecer mientras las nubes negras y amenazadoras se enseñoreaban en lo alto como si fuesen dueñas de la noche. Por un instante aparecieron en el cielo unas líneas flamígeras, similares a temibles ramas desnudas resplandeciendo como el flash de una cámara fotográfica gigantesca. En tanto a lo lejos, el rugido ensordecedor e imponente de los truenos anunciaban la llegada de la lluvia…

      La intervención quirúrgica resultó bastante bien, logrando extirpar el tumor casi por completo—no se consiguió su total remoción debido a los riesgos que implicaba—. Los primeros meses posteriores fueron muy duros para ambos. Leonard apoyaba a su esposa y le daba ánimo para seguir el tratamiento que la dejaban extenuada tanto física como anímicamente, pero ella resistía con estoicismo: «no me voy a dejar vencer por esto» —decía a su esposo— y se aferraba a las indicaciones y medicamentos al pie de la letra. Deseaba de corazón superarlo, por su familia y por ella misma… 

      Después de las dosis de quimioterapia, radioterapia y dieciocho meses desde la cirugía— luego de recobrar su cabellera perdida debido a las terribles procedimientos medicinales y recuperar su peso—pudo volver a la música y retomar su trabajo como profesora de ballet con algunas limitaciones — ya no podía bailar ni correr como antes debido a que un esfuerzo físico mayor al normal le ocasionaba mareos e inclusive dolores de cabeza—. Sin embargo, retomar su vida haciendo la que más le gustaba; el ballet y la música, luego de esa devastadora experiencia fue como un renacer. Era el impulso que necesitaba para recuperarse y lograr superar esa colosal roca que el destino cruzó en su camino. Ese día Raquel había concurrido a la escuela de música y pudo participar en un ensayo ejecutando el violonchelo por la mañana y luego acudió a la escuela de danza a encargarse de sus alumnos. Por la tarde al retornar a su hogar traía consigo un ramo de flores. Se encontraba muy contenta y lucía radiante. Los profesores y estudiantes la recibieron efusivamente dándole la bienvenida con mucho cariño. Leonard podía ver en el rostro de su esposa una sonrisa genuina. Tenía ese brillo en sus ojos azules similares a chispas que despedía su mirada cuando se encontraba feliz. Estaba eufórica y sentía que las cosas volvían a tener sentido. Esa noche hicieron el amor como si el mundo fuera a llegar a su final. Hacía tanto tiempo que Leonard no sentía a su esposa con ese vigor, con esa pasión desenfrenada, como si fuese la primera vez que estaban juntos y volvían a ser los mismos jóvenes que se conocieron tiempo atrás. Todo parecía indicar que se  realizó un milagro. El psiquiatra, luego de una dura prueba, había recuperado a su esposa…

      Transcurrieron nueve años desde que Raquel fue intervenida quirúrgicamente, acudía a sus controles de salud cada año  y continuaba tomando medicamentos. Según su médico la parte del tumor que no fue posible remover, desapareció —de acuerdo a los últimos exámenes clínicos a la que fue sometida—. Era en realidad un hecho notable atribuido al tratamiento que venía recibiendo desde hacía tanto tiempo. Sin embargo, en ocasiones sufría de un ligero temblor del lado izquierdo del cuerpo —duraba solamente unos segundos y era uno de los efectos colaterales que su doctor le indicó que era posible que se presentaran — No le dijo nada a su esposo sobre este síntoma a fin de no inquietarle—. Pero la verdad es que sentía miedo.  No deseaba saber si el tumor había reaparecido o si existía alguna otra complicación. Tenía pavor de recibir una mala noticia referente al resurgimiento de su cáncer. Aquellos meses fueron una penosa prueba y no sabía si tendría la fortaleza para revivir esa atroz experiencia; así que prefirió pretender como si no existiera sin darle mayor importancia. Estaba decidida a vivir lo que le quedase de existencia de la mejor forma posible. Había sido y era muy feliz. Amaba a Leonard y se sentía amada; y su matrimonio estaba coronado por la felicidad de tener a Nicholas—quien ya era teniente del ejército y se hallaba destacado en el comando del Pacífico con sede en Hawái— Adoraba la música y sobretodo el ballet —aunque le sentía no poder bailar como lo hacía antes—pero en esos momentos, aquello era un feliz recuerdo. Lo que le interesaba era su futuro con su esposo, la vida de su hijo; conocer a sus nietos…

      Leonard se encontraba sentado en su lado de la cama revisando unos estudios de sus pacientes, mientras Raquel se hallaba recostada mirando la televisión y utilizaba unos audífonos inalámbricos para no interrumpir a su esposo. Transmitían The Big Bang Theory que ella solía observar y le causaba mucha gracia, haciéndola reír—. Le encantaban las locuras de Sheldon, y la inhibición con las mujeres que Raj padecía haciéndolo enmudecer al encontrarse ante la presencia de alguna de ellas—. Más a pesar de estar concentrado en su trabajo, Leonard miraba a su esposa de soslayo. Se sentía tranquilo y contento al ver que ésta reía con entusiasmo. Su risa era como una brisa suave y corta que lo contagiaba y lo llenaba de ánimo. Muchas veces nada más con mirarla él también reía por el hecho de verla así, alegre y animada. E inclusive en aquellos instantes olvidaba la terrible realidad; aquella espada de Damocles que pendía de un hilo sobre ellos y que de un momento a otro caería trayendo desgracia y tristeza. Leonard estaba consciente que en cualquier momento podría suceder una recaída. El quiste en el cerebro de su mujer no pudo ser removido en su totalidad y no se descartaba que pudiese incrementarse—además, ya había excedido el tiempo de vida que el oncólogo pronosticara—. A pesar que sus estudios anuales revelaban que el tumor se fue reduciendo hasta desaparecer, sabía que no estaba curada del todo. Existía la posibilidad de que creciera invadiendo su cerebro otra vez  y únicamente era cuestión de tiempo. Recordaba el terrible compromiso que su esposa lo obligó a aceptar: —«Prométeme que terminarás con mi sufrimiento…»— y de inmediato sentía esa conocida sensación de vacío y un escalofrío lo recorría al pensar en ello. —«No mi amor…te prometo que no dejaré que estés en esas condiciones—respondía para sí—cuando llegue el momento, no te fallaré…»—. No se trataba de sacrificar a una mascota cuando había llegado el momento en que su vida era una carga para ella misma, debido a una enfermedad o vejez.  En ese instante se daba cuenta del juramento, de su palabra empeñada en terminar con la vida del amor de su vida y aliviarla de su tormento; matarla, asesinarla... Accedió al requerimiento de su esposa debido al emotivo momento en que se encontraba. Sabía que Raquel respondió muy bien al tratamiento y contra los pronósticos médicos iba llevando su vida con normalidad sin dar señales de deterioro. —«Aunque algunas veces suceden cosas insólitas. — Pensaba— Situaciones que van más allá de la lógica y del entendimiento. Que traspasan la barrera de la ciencia, del conocimiento humano y se producen sanaciones misteriosas. Eso que los religiosos llaman milagro»—. Pero Leonard, con toda su sabiduría y años de experiencia, jamás había presenciado uno de estos “fenómenos divinos”. Como psiquiatra estaba al tanto que muchas enfermedades eran originadas en el cerebro. Condiciones como la depresión o el estrés conllevaban a un sinnúmero de patologías de toda índole e incluso la muerte. Empero, cuando las causas de una enfermedad tienen una etiología congénita o impulsadas por un agente externo, eso era otro asunto… En la Biblia existían muchos ejemplos de sanación por parte de Cristo. En los evangelios se podía leer sobre los milagros de Jesús e inclusive señalaban uno de los más importantes, que fue el de la transustanciación *. Pero no eran más que cuentos, solo leyendas. Sin embargo eso era la base fundamental de la fe: creer a ciegas. Todos los fieles de las diversas religiones del mundo cifraban sus esperanzas en esos “actos sobrenaturales” de curación mágica que carecían de cualquier lógica y asidero científico. “El poder de la oración” —según decían—. Rogaban, rezaban a un ser imaginario; a una deidad inexistente inventada por el hombre a fin de buscar esperanza con el propósito de lograr lo imposible. Únicamente esperanzados en los “buenos deseos”,  el divino proceder y capricho de una quimera. «Era igual creer en dios que en un superhéroe...» — pensaba—. Leonard no prestaba crédito a ningún ser superior, ni culto alguno. Como científico sabía que las religiones hacían más mal que bien al hombre. Lo castraban intelectualmente creando dogmas sin cimientos y normas morales reñidas con el principio fundamental del ser humano que es vivir y ser feliz sin hacer daño a los demás. No por el miedo a un báratro abrasador y fantástico plagado de desdichas del que se vale la Iglesia para intimidar con una condena sempiterna de abominables tormentos; si no, porque eso es lo que nos diferencia de los demás animales. Es el contrato social que permite la coexistencia pacífica y racional entre todos los hombres. Los estándares morales que aprenden las personas desde niños en sus hogares a través de sus padres y la educación que reciben, para ser buenos adultos; con valores y principios sólidos. No entendía cómo era posible que en nombre del dios de una religión se asesinara a otros que no comulgaban con ésta. O que otra condenase el uso de condones en África —con el índice más alto del planeta en contagio por el virus de VIH— debido a que iba contra sus “preceptos religiosos”. Situaciones tan irracionales como oponerse a la eutanasia cuando una persona se encontraba en etapa terminal y sufría terriblemente de dolor; con la excusa enarbolada de: “la vida es sagrada y solo Dios puede quitarla”. Lo mismo acontecía en el tema del aborto. Cuando la vida de la madre peligraba por un embarazo de riesgo o cuando el feto se hallaba con problemas que le causarían daños espantosos e irreparables que le aseguraban una vida de dolor y tribulación. De igual forma estaba lo concerniente a niños que nacían con alguna discapacidad y los “creyentes” justificaban dicho resultado debido a que: “Dios tiene guardada una misión especial para él” sin considerar verdaderamente los motivos por los que tal o cual persona nació sin extremidades, órganos u otro impedimento: Invidentes, sordo mudos, ciego sordos, con retraso mental, con síndrome de Down, o con insuficiencia cardíaca… Los creyentes no reflexionaban. No investigaban si tal o cual situación correspondían a una razón mundana; a la conducta de los progenitores. Al uso y abuso de drogas, medicamentos, alcohol o transmisión de algún tipo de enfermedad o exposición a alguna sustancia que dañó al feto y que en realidad, ningún “ser superior” había intervenido para crear una criatura discapacitada con el objetivo de guardarle “un destino especial”.    Pensaba que la fe era una entelequia y un engaño —y en muchas ocasiones ignorancia pura—.  Fe, era igual a la negación de la realidad y restaba el deseo de lucha y superación que una persona debe poseer para alcanzar lo que desea. «La fe mueve montañas—pensó con sarcasmo—con eso no voy a salvar a mi esposa…» agregó con tristeza.

      — ¿Deseas que traiga algo cariño?—preguntó Leonard levantándose de la cama — ¿para tomar o comer?

Raquel continuaba riendo concentrada en el televisor—Raj había enmudecido ante una pregunta de Penny y se acercaba a Howard para hablarle al oído…— no podía escuchar a su esposo por lo que éste, sin interrumpir su diversión, se dirigió a la cocina para traer un plato con cereal y dos vasos con leche…
     
      «Fe…—pensaba Leonard mientras sacaba la leche de la nevera—. Creer que un ser superior —del que no hay evidencias de su existencia— puede ser omnipresente, omnisciente, omnipotente y ha creado al hombre a su imagen y semejanza es algo ilógico. Por ejemplo; —según los cristianos— Dios conociéndolo todo: pasado, presente y futuro crea al hombre y a la mujer. Junto con ellos al pecado original. Hace que el hombre caiga en la tentación y luego los expulsa del paraíso para después, por medio del Espíritu Santo embarazar a una mujer y poder nacer. Luego convertido en adulto, se hace crucificar para darse a sí mismo en sacrificio como una ofrenda para salvar a la humanidad del pecado que Él creó. Pero explicar estos contrasentidos es en sumo difícil—si no imposible—. Las personas que han crecido creyendo en todos estos mitos, supersticiones y cuentos son renuentes a utilizar la lógica. «Ignorancia, estupidez, fe y manipulación igual a religión…»—se dijo.

      De regreso a la habitación aún podía oír la risa de Raquel, pero en ese momento sonaba diferente; algo más ronca y prolongada. No sonaba con la alegría y jovialidad de alguien que se encontraba divirtiendo. Sonaba más bien como unos ronquidos intermitentes y apagados. Aceleró el paso llegando al dormitorio dejando los vasos y el plato de cereal sobre el mueble del tocador y pudo contemplar en medio de la oscuridad ligeramente iluminada por el reflejo del televisor que Raquel estaba todavía tendida sobre la cama, pero en una posición extraña. Que no podía esclarecer…

      Enseguida presionó el interruptor encendiendo la luz del dormitorio, al tiempo que un sentimiento de aflicción y desdicha lo envolvió como la tela de una araña convirtiéndolo en un capullo revestido de desolación al descubrir la imagen de infortunio que yacía sobre el lecho. El rostro de Raquel había adquirido un gesto fatídico. El ojo izquierdo lo tenía cerrado mientras la ceja así como la mitad de su boca estaban orientadas hacia abajo, como si hubiesen sido unidas por algún tipo de pegamento. El lado izquierdo de su cuerpo estaba paralizado, en tanto las extremidades del lado derecho temblaban incontrolablemente. La mujer, con el lado derecho de la boca abierta emitía un horrible grito de dolor: —Ayú…daaa…meee—salía el ruido de su deforme boca apenas inteligible, que más sonaba como un lamento de un alma en pena proveniente de la más triste de las sepulturas… Leonard no necesitaba de ningún examen especial para saber que su esposa estaba sufriendo un accidente cerebro vascular…
Transustanciación *. Conversión de las sustancias del pan y del vino en el cuerpo y sangre de Jesucristo.
      —”Mátame, mátame, mátame…”

      El destino cruel e inmisericorde había llegado. El hilo que sostenía la espada de Damocles cedió dejando que ésta cayera con toda su abrumadora y proterva carga desgarrando en trozos la vida de la familia Steel—Novak. Era el momento que ambos sabían que llegaría pero que se negaban a aceptar… Los nuevos exámenes determinaron que el quiste en la cabeza de Raquel había reaparecido, profundizándose y haciendo metástasis en su ojo izquierdo; perdiendo la visión del mismo de forma permanente. El tumor era — de acuerdo a las palabras del oncólogo prácticamente inoperable—. Sería una intervención en extremo riesgosa en la que existía una alta posibilidad de que perdiese la vida. En ese momento se hallaba con medio cuerpo inmovilizado y sin la visión del ojo izquierdo. Con un tumor cerebral que la estaba consumiendo de forma acelerada y su esperanza de vida no iba más allá de unos meses. Lo único que se podía hacer de momento era aliviar la presión del cerebro…

      Leonard conocía que a medida que el tumor creciera, Raquel iría desmejorando, agravando su triste situación. «…Si llega el momento en que no pueda reconocerlos a ti ni a Nicholas—recordó—no permitirás que mi sufrimiento se prolongue…»

      Al enterarse de la noticia de la situación de su madre, Nicholas tomó un vuelo desde Honolulú a fin de estar a su lado. Cuando llegó al hospital aún lucía su uniforme de salida que lo identificaba como miembro del ejército. Al ver a su padre lo abrazó con fuerza: — ¿Cómo está mamá?—preguntó conmocionado—. Sabía de la enfermedad de su madre debido a que Leonard lo  mantuvo informado desde el instante de la operación. Nicholas insistió en estar presente al momento de la cirugía, pero su padre le hizo entender que no era el momento más adecuado; además que Raquel le había hecho prometer que no le contaría nada para no alarmarlo. El asintió pero sabía que su hijo tenía derecho a saber sobre su madre así que no le ocultó la verdad. Leonard le aconsejó que se concentrara en sus estudios y si la situación cambiaba se lo haría saber.

      —Papá, ¿Cómo está mamá?—volvió a preguntar mientras observaba el rostro descompuesto y desmejorado de su padre, que indicaba la congoja que sentía.

      Leonard siempre pensó que la mejor forma de interrelacionarse con las personas era la honestidad. Con la verdad por delante, era el modo en que se obtenía la confianza de los demás. Principalmente en el caso de los niños. Buscar las palabras adecuadas para informarles sobre algo, por muy doloroso o trágico que fuese era fundamental para que éstos lo tomasen como ejemplo en su vida diaria y se desarrollaran como personas honestas en su adultez. Por eso, nunca había ocultado nada a su hijo. Y por ello es que Nicholas confiaba plenamente en su padre; sabía que no lo decepcionaría. Le diría la verdad por muy terrible que fuera.

      —El tumor ha vuelto trayendo consigo otras complicaciones. Tu madre ha sido víctima de una isquemia cerebral que le ha afectado el lado izquierdo del cuerpo. Y ha perdido la visión de ese lado…

      Al escuchar las palabras de su padre, Nicholas sintió un desvanecimiento en el cuerpo y una sensación de pesadez en la base de la nuca. Parecía que le hubiesen colocado un saco de arena en ese lugar. Suspiró esforzándose para guardar la compostura.

      —Le queda poco tiempo…—agregó Leonard —con la voz melancólica y apagada. El pronunciar aquellas palabras significó un gran esfuerzo. Ser el portador de esas noticias tan nefastas a su hijo lo habían afectado aún más de lo que ya se encontraba. Sentía que su alma estaba destrozada…

      — ¿Dónde está papá?—preguntó Nicholas—quiero verla.

      —Ahí—dijo Leonard señalando la puerta blanca de la habitación.

      — ¿Vienes?...

      —En unos instantes—respondió Leonard—anda con tu madre. Debe estar ansiosa por verte…

      —Está bien—dijo Nicholas abriendo la puerta—Pero por más que intentó, no pudo evitar que las lágrimas escaparan de su rostro al ver a su madre en las condiciones en que se hallaba, postrada en la cama del hospital.
     
      Raquel estaba recostada con unas almohadas tras la espalda, que le permitían mantener esa posición —ayudada por el mecanismo de la cama que facultaba que ésta se elevase o descendiese de acuerdo al requerimiento de su ocupante—. Su cuerpo estaba inclinado hacia la izquierda como si una faja de acero invisible impidiera que enderezase su humanidad—;  con la cabeza  cubierta por una malla de color blanco y una gasa, que protegían el orificio por donde la habían abierto una vez más —a fin de liberar la presión intracraneal— y el ojo izquierdo oculto debajo de un parche de algodón y adhesivo quirúrgico. Al saber que su hijo vendría a verla, intentó arreglarse lo mejor que podía y le dejaba su decadente estado. Quiso colocarse maquillaje, pero el médico únicamente consintió que emplease algo de lápiz labial. La enfermera con gentileza  la ayudó a hacerlo. A Nicholas le fue imposible mantener la entereza que conservó antes de estar ante la presencia de su madre. Hacía meses que no la veía en persona —se comunicaban vía telefónica o por videoconferencia— y aunque algo más delgada y con algunas arrugas que se empezaban a notar debido a su edad, lucía bastante bien—. La mujer al verlo, intentó sonreír; pero el gesto que consiguió al forzar sus labios fue escalofriante. Lucía como el payaso siniestro de una película de terror. Una muñeca diabólica con el lado derecho de la boca hacia arriba y el izquierdo inmóvil hacia abajo y un poco entreabierta desde donde se escurría la saliva mojando su mentón. Ésta, con un pañuelo en la mano derecha, se limpiaba continuamente el rostro. Su fisonomía, se mostraba similar a una sábana debido a la demacración producto de su estado y el color rojo del lápiz labial estaba esparcido desde sus labios hasta el mentón. Nicholas, estático por la consternación, no podía articular palabra. Lo que tenía frente a él era una caricatura funesta; un monigote desvencijado y desvalido que a duras penas guardaba algún recuerdo de la hermosa y atlética mujer que fue su madre.

      — ¡Mamá…!  ¡Oh, mamá!— fue lo único que pudo decir mientras se acercó a la enferma. Nicholas no pudo controlarse y lloraba sin ambages  mientras sostenía a su madre entre los brazos.
     
      —Te vas a poner bien mamá, te vas a curar. Tienes que sanar…— repetía su hijo mientras Raquel se sostenía de su hijo con el brazo derecho.
     
      Raquel trató de hablar pero la parálisis de sus labios no le permitía proferir las palabras con claridad. Los sonidos que emitían parecían un murmullo bajo el agua.

      —Está bien mamá. No te esfuerces. Pronto volverás a hablar con normalidad. Toma, usa esto—le dijo, mientras le acercaba la libreta de notas y el lápiz que se hallaban en la mesita al costado de la cama…

      Fuera de la habitación, Leonard se encontraba conversando con el cirujano de Raquel:

      —Es aconsejable que permanezca internada por algunos días—dijo el médico—. Vamos a tratar de mejorar las funciones físicas de su lado izquierdo. Además ya se logró revertir la inflamación del…

      En ese momento salió Nicholas de la habitación dirigiéndose a su padre: —Papá —le dijo—mamá quiere que veas esto, mientras le entregaba la hoja de papel.

      Leonard agarró el papel que decía: —Quiero irme a casa…— y luego de leerlo ofreció disculpas al médico, entrando en la habitación.

      Raquel sostenía el pañuelo en su boca mientras las lágrimas bañaban su rostro en tanto Nicholas permanecía en el corredor conversando con el médico.
     
      —Mi amor—dijo Leonard—hay que esperar unos días para mantenerte en observación y empezar con las terapias, con la finalidad de recuperar la movilidad de tu cuerpo. Por el momento, no es bueno marcharse. Tienes que…

      La mujer movía la cabeza hacia la derecha, indicando su negativa.

      —Por favor Raquel, tienes que entender y tener paciencia. Es por tu bien.

      Un sonido grave, Como una especie de rugido emergió de la boca de Raquel. — ¡GGNNNNOOOOO!, ¡GGNNOOO! —Gritó, intentando levantarse de la cama y perdiendo en equilibrio. Leonard se acercó presuroso a sujetarla, mientras la mujer deshecha en llanto apoyaba la cabeza en el hombro de su esposo tratando de murmurarle algo. Leonard la apretó suavemente contra su pecho, aguzando el oído para poder entenderle y asintió con la cabeza, diciéndole: —Está bien mi amor; no más hospitales, vamos a casa—…

      A medida que los días trascurrían el deterioro físico y mental de Raquel iba en aumento. Nicholas tuvo que retornar a Hawái y volvería a ver a sus padres en un par de semanas. Leonard se había mudado con su esposa a una habitación en la planta baja de la casa debido a la imposibilidad de ésta de subir las escaleras. Raquel era atendida durante el día por su ama de llaves Manuela, quien la cuidaba con cariño y voluntad. Se encargaba de asearla y acompañarla, mientras su patrón se encontraba trabajando en el hospital. Raquel no pudo recuperar el habla del todo y muchas veces tenía que comunicarse a través de una pizarra magnética y un marcador. Todos los días recibía la visita de un fisioterapeuta para ayudarla a recuperar la movilidad del lado izquierdo de su cuerpo, pero la mejoría era muy lenta; casi imperceptible. Por las tardes cuando Leonard llegaba del trabajo, se acostaba al lado de su esposa y le hablaba y mimaba tratando de reconfortarla pero todo era infructuoso. Los temblores en el cuerpo de Raquel eran más constantes que antes. Estaba perdiendo la memoria y las medicinas que le administraban ya no hacían el mismo efecto; e inclusive no podía controlar su cuerpo.

      Esa noche Leonard llegó algo más tarde de lo normal y subió a su habitación sin hacer ruido para bañarse y cambiarse de ropa a fin de atender a su esposa. Luego de asearse y vestirse se dirigió a la planta baja — a su nueva alcoba— en ese instante salía la empleada de servicio.

      —Buenas noches Manuela —dijo Leonard—disculpe la tardanza, pero es que tuve un día muy ocupado y decidí cambiarme antes de ver a Raquel.

      —Buenas noches doctor—dijo la mujer— no se preocupe. Si desea puedo quedarme hasta mañana para que pueda descansar.

      —No, no Manuela. Es muy amable. Usted también necesita descansar. Se lo agradezco mucho. ¿Cómo ha estado mi esposa?

      —Como siempre doctor—contestó la empleada doméstica con tristeza—. Ahora está dormida.

      —Si —dijo Leonard—suspirando abatido—vaya a su casa. Nos vemos mañana.

      —Doctor, lamento mucho lo que le está sucediendo a la señora y a usted. Me duele sobremanera verla sufrir de ese modo. —Dijo—mientras las lágrimas empezaban a deslizarse sobre su rostro.

      —Yo también Manuela…

      Cuando entró al dormitorio, la televisión estaba encendida sin volumen y Raquel yacía de costado. Tratando de no hacer ruido, Leonard se introdujo bajo las sábanas al lado derecho de su esposa. En ese momento sintió la mano de Raquel sujetándole el brazo. Leonard sorprendido le dijo:

      —Hola mi amor. Pensé que estabas dormida. ¿Cómo estuvo tu día?

      Ésta lo haló hacia ella acercándola a su rostro y con esa especie de gruñido de animal herido, le dijo: —Máátaaa…meeee…mátaaaame, mátameeeee…

      Leonard sintió que su corazón se había detenido.  Un estremecimiento de pánico se apoderó de su cuerpo al escuchar esas palabras que entendía a la perfección.  Su mujer lo sujetaba con fuerza mientras otro de sus temblores empezaba a atacarla. Se agitaba por las convulsiones mientras gritaba de dolor.

      El psiquiatra intentó levantarse de la cama, a fin de administrar a su esposa el tranquilizante para las convulsiones pero no pudo. Raquel no lo soltaba y repetía sin cesar: —Máátaaa…meeee, mátaaaame, mátameeeee… gritaba como una demente. Mientras tanto Leonard se deshizo del agarre de su esposa como pudo y abrió la gaveta de su lado de la cama. Extrajo una jeringa y un frasco de Levetiracetam inyectándoselo en el brazo. Raquel, despacio se relajó empezando a quedarse dormida.  El psiquiatra prosiguió sentado en la cama, todavía aturdido por lo sucedido; y miraba a su esposa quien respiraba emitiendo un ronquido agudo mientras dormitaba. En ese instante no la reconocía; el amor de su vida se había transformado en una piltrafa humana y estaba consumiéndose en vida.  Perdió casi treinta kilogramos de peso y empezó a encorvarse ya que le era imposible caminar y estirar su cuerpo — a pesar de la fisioterapia que recibía tres veces por semana —. Leonard sentía que su corazón estaba partido en mil pedazos. Deseaba ayudarla pero sabía que no existía forma alguna de detener el curso inexorable e insensible de la vida. Ningún poder en el mundo la podría salvar.

      Sin saber qué hacer, el hombre se sentó sobre la cama empezando a llorar como un niño pequeño asustado y abandonado. Cerrando los ojos y con ambas manos se tomó el rostro mientras las lágrimas escapaban a través de sus dedos. No sabía qué hacer, trataba de buscar una solución a esta desgarradora situación, pero no se le ocurría nada. Luego de un momento bajó las manos y abrió los ojos. En ese momento pudo ver que en el piso al lado de la mesita de noche, se encontraba la pizarra magnética que usaba Raquel para comunicarse. Leonard se agachó para recogerla, en ésta había unas palabras que su mujer había escrito como un grito desgarrador de súplica:

      Mátame, por favor, mátame. Ya no resisto más. Si en verdad me amas, tienes que dejarme ir…

      Leonard sostenía la tablilla como si se tratara de un bloque de hielo que le transmitía un frío sepulcral hasta los huesos. Observaba aquellas palabras como si ejercieran un poder mágico e hipnótico en él. Raquel le pedía que llevara a cabo aquella promesa que nunca se sintió en capacidad de cumplir…

      Estaba en un instante que se negó rotundamente a imaginar.  A pesar de saber que llegaría el momento en que Raquel partiría, no lo imagino de esa forma. Siempre se adelantaba a los acontecimientos y veía los distintos escenarios que podrían presentarse cuando tenía que tomar alguna decisión de importancia, tanto en lo personal como en lo profesional. Allí radicaba gran parte de su éxito en la vida —aparte de su excelente preparación— era adelantarse a los acontecimientos, proyectarse en el futuro y ver los pro y contras de lo que ocurriría. El “y si…”  Leonard Steel, uno de los genios de la psiquiatría del presente siglo. Eminencia de fama mundial y referencia internacional en cuanto a dolencias mentales se refería. Jamás pensó que la vida, el destino, el universo o como quiera que se le nombrase, le deparase una situación tan demoledora como la que ahora enfrentaba. Para él, su razón de ser era su familia. Su impulso en la vida, su todo eran su esposa e hijo. Pero era el momento en que tenía que tomar una decisión y debía hacerse cargo de las cosas. No había otra solución…

      Los primeros rayos del sol entraban por la ventana cuando Raquel empezó a pestañear hasta conseguir despertarse por completo.  Abrió el ojo y a su lado se encontraba su esposo, con el rostro sereno y una dulce sonrisa;  éste la tomó de la mano mientras ella continuaba mirándolo. Sabía que por fin Leonard había comprendido, era el momento en que tenía que dejarla partir…
Soltó la mano de su marido y le hizo un gesto para que le acercase la pizarra y el marcador,  entonces escribió:

      —Los amo, nunca se olviden de mí. Eres el gran amor de mi vida. Gracias por todo…

      Leonard asintió con la cabeza y le dio un beso en la deforme boca. Luego cogió la jeringuilla insertando la aguja en la conexión de palomilla, mientras su esposa decía:

      —Gra…ci…as, mi a...mor.

      —Nunca nos olvidaremos de ti. Hasta pronto mi amor —dijo Leonard, a la vez que con su dedo pulgar empujaba el émbolo introduciendo una sobredosis letal de sulfato de morfina en el torrente sanguíneo de su esposa.  Raquel —pese a su parálisis—tenía el rostro tranquilo y hasta se podría decir que sonreía. Cerró el ojo y rápidamente su pulso comenzó a debilitarse mientras caía inconsciente, al tiempo que Leonard se acostaba su lado abrazándola. Al cabo de un par de minutos su ritmo cardíaco se detuvo al igual que su respiración, en tanto que por el extremo derecho de su boca exhaló su último aliento… La muerte de Raquel se produjo dos meses después de salir del hospital.
     
      Debido a la condición clínica de la mujer, no fue necesario practicarle una autopsia por lo que se cumplió su voluntad: Ser cremada y sus cenizas arrojadas al rio Charles. Leonard y su hijo tomaron la urna con las cenizas de Raquel mientras eran acompañados por un gran número de personas: Compañeros del Ballet, integrantes de la escuela de música, médicos colegas de Leonard y amigos se reunieron para dar el último adiós a Raquel Novak. Mujer, esposa, madre, artista…

      Debido al fallecimiento de su esposa, Leonard se refugió en el trabajo para tratar de no pensar en ella. Laboraba todo el día y por la tarde trotaba  a fin de poder despejarse. El problema era por las noches, cuando se encontraba solo en casa y todo lo que había allí le recordaba a Raquel.

      Sabía que nunca más volvería a ser el mismo. No le encontraba sentido a su vida y peor aún, se sentía responsable de la muerte de ella. A pesar de ser consciente de que se trató de un acto de amor y compasión el haber suministrado esa dosis mortífera de morfina a su esposa, sentía que las llamas del remordimiento con sus lenguas ardientes lo lamían sin descanso consumiéndole. Este sentimiento lo estaba destrozando por dentro y tenía la necesidad de sacarlo de su cabeza y debía confesárselo a su hijo.  Su mente le decía que no tenía derecho a ocultarle algo tan serio…

      Con la frente apoyada en el vidrio de la puerta de acceso al jardín, Leonard se cubría la cara llorando de manera inconsolable. No podía superar la terrible pérdida que significaba no tener a su esposa con él.  Aunque transcurrieron seis meses de su fallecimiento, los sentimientos de tristeza y dolor estaban aún a flor de piel. Se sentía muy solo. La soledad lo abrumaba con el terrible e inaguantable peso de la ausencia de la persona amada. Extrañaba sobremanera a su mujer; su risa, su baile, su manera de amar, su cuerpo, sus caricias, sus besos…

—Raquel, mi vida. Lo lamento tanto… Lo siento tanto, amor mío…


——————oooooo——————

Publicar un comentario

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Entradas populares

Ratings and Recommendations by outbrain