domingo, 15 de julio de 2012

Cuento "El Mono" de Stephen King


 Hoy les traigo de la pluma de Stephen King el cuento: "El Mono"...



EL MONO

Stephen King



(Para móvil)

Cuando Hal Shelburn lo vio, cuando vio que su hijo Dennis lo sacaba de una maltrecha caja de cartón que había ido a parar al fondo de uno de los aleros de la buhardilla, el horror y el desaliento le invadieron con tal fuerza que a punto estuvo de soltar un grito. Se llevó una mano a la boca, como para rechazarlo, y... y lo arregló fingiendo que tosía en el puño. Ni Terry ni Dennis le prestaron atención; Petey, en cambio, se dio la vuelta y le miró con fugaz curiosidad.
Mirad qué hermoso —exclamó Dennis con respe­to, un sentimiento que el propio Hal rara vez conseguía despertar ya en el muchacho. Dennis tenía doce años.
¿Qué es? —quiso saber Petey, que miró otra vez a su padre antes de que los ojos se le fuesen de nuevo hacia el objeto que había hallado su hermano mayor—. ¿Qué es, papá?
Un mono, tonto —dijo Dennis—. ¿Acaso no has visto nunca un mono?
No le llames tonto a tu hermano —intervino Te­rry al momento. Estaba examinando una caja de corti­nas. La que tenía en las manos estaba cubierta de hon­gos y la soltó enseguida—. ¡Aj!
¿Puedo quedármelo, papá? —preguntó Petey, que tenía nueve años.
¿Cómo, quedártelo? —gritó Dermis—. Soy yo quien lo ha encontrado.
Niños, por favor —dijo Terry—. Me está entran­do dolor de cabeza.
Hal apenas les oía. El mono que su hijo mayor tenía en las manos le miraba con ojos de apagado brillo y le sonreía con su vieja, conocida mueca. La misma que le había perseguido en sueños en su niñez, que no dejó de acosarle hasta sus...
Afuera corrió una ráfaga de aire helado y dos labios inmateriales hicieron sonar un breve silbo en el viejo, herrumbroso canalón del tejado. Petey se arrimó a su padre y los ojos se le fueron inquietos hacia el tosco techo del desván, donde eran visibles las cabezas de los clavos.
¿Qué ha sido eso, papá? —indagó el niño cuando el silbido se apagó con un ronroneo gutural.
El viento —repuso Hal, los ojos todavía fijos en el mono. Los platillos que éste tenía en las manos, seme­jantes a medias lunas de latón a la mortecina luz de la única bombilla, estaban inmóviles, separados por una distancia de quizá un palmo y medio. De forma maqui­nal, Hal añadió—: El viento sabe silbar, pero no llevar una tonada —y, dándose cuenta de que había repetido un dicho del tío Will, sintió un profundo estremeci­miento.
El sonido se repitió. El viento, alzándose del lago Cristal, llegaba en largas rachas zumbantes y se colaba por el canalón. Ligeras corrientes de frío aire de oc­tubre rozaron el rostro de Hal... Santo Dios, aquella buhardilla se parecía tanto al desván de la casa de Hartford, que era como retroceder treinta años, volver a la niñez.
«No quiero pensar en eso.»
Pero, como es natural, no lograba pensar en otra cosa.
«Fue en el camaranchón donde encontré ese conde­nado mono, en la misma caja.»
Terry se había alejado, agachada a causa de la in­clinación del techo, para examinar el contenido de un cajón de madera lleno de cachivaches.
No me gusta —determinó Petey, y buscó la mano de su padres—. Que se lo quede Dennis si quiere. ¿Nos vamos, papá?
¿Qué, cobarde, preocupado por los fantasmas? —apostrofó su hermano.
Dennis, esa boca —le reprendió Terry distraída­mente. Acababa de encontrar una taza de delgadísima porcelana, de dibujo chino—. Esto es bonito. Es...
Hal vio que Dennis había encontrado la llave que, situada en la espalda del mono, servía para darle cuer­da. El terror se abatió sobre él con alas negras.
¡ Deja eso!
Lo dijo con más viveza de lo que se proponía, y, an­tes de pensar en lo que hacía, le había arrancado el mono a Dennis de las manos. El niño se volvió hacia él y le miró sobresaltado. También Terry ladeó la cabeza, para mirarle, y Petey alzó hacia él los ojos. Siguió un instante de silencio, durante el cual el viento repitió su silbido, esa vez muy bajo, como una invitación desagra­dable.
Es que probablemente esté roto —añadió Hal. «Solía estar roto... salvo cuando se le antojaba no estarlo.»
Bien, pero no hace falta dar tirones.
Dennis, cállate.
El niño parpadeó y, por un instante, pareció inquie­to. Hacía tiempo que su padre no le hablaba con tanta dureza. No lo había hecho desde hacia dos años, al perder su empleo en la National Aerodyne de Califor­nia y trasladarse a Texas. Decidió dejar las cosas como estaban... por el momento. Volvió a la caja de cartón v siguió revolviendo en ella; pero todo lo demás eran trastos viejos. Juguetes rotos, que perdían los muelles y el serrín.
El silbido del viento, de pronto más recio, se había convertido en aullido. El desván comenzó a crujir sua­vemente, con un ruido como de pisadas.
¿Nos vamos, papá? —pidió Petey, cuidando de que sólo su padre le oyera.
Si —repuso Hal—. Vamos. Terry.
Todavía no he terminado de...
Te he dicho que nos íbamos. Fue ella quien esa ve/ le miró sobresaltada. Habían alquilado dos habitaciones contiguas en un motel. A las diez de esa noche los niños dormían en su cuarto y Terry en la habitación del matrimonio. En el coche, volviendo de la casa de Casco, se había tomado dos Valiums, para impedir que los nervios le produje­ran una migraña. Últimamente tomaba mucho Valium. Había empezado con eso por la época en que la Natio­nal Aerodyne despidió a Hal. En los últimos dos años, él había estado trabajando en la Texas Instruments; el empleo le reportaba cuatro mil dólares menos por año, pero era un empleo. Le dijo a Terry que habían tenido suerte, y ella se mostró de acuerdo. Montones de técni­cos en informática estaban en ese momento en el paro, señaló él, y ella se mostró de acuerdo. Los alojamien­tos que la nueva empresa tenía en Arnette para los em­pleados, comentó Hal, no tenían nada que envidiarle a la casa de Fresno, y ella se mostró de acuerdo. Pero él pensó que toda aquella aquiescencia era mentira.
Y además estaba perdiendo a Dennis. Se daba cuen­ta de que el niño se le escapaba, se sustraía prematura­mente a su influencia. Hasta la vista, Dennis. Adiós, des­conocido. Muy agradable haber compartido contigo este trayecto de tren. Terry le había expresado su sospecha de que el niño estaba fumando marihuana. A veces per­cibía el olor. Tienes que hablar con él, Hal. Y en esa ocasión fue él quien se mostró de acuerdo. Sin embar­go, aún no había hablado con Dennis.
Dormidos los niños, dormida Terry, Hal entró en el cuarto de baño, cerró con llave, se sentó en la taza del retrete, que tenía bajada la tapa, y se quedó mirando al mono.
Detestaba su tacto, aquella sedosa piel color casta­ño, raída en algunos puntos. Y detestaba su sonrisa. «Ese mono sonríe exactamente como un negro», le ha­bía dicho tío Will en cierta ocasión. Pero no sonríe ni como un negó ni como ser humano alguno. Su sonrisa era toda dientes, y si uno le daba cuerda al mono, los labios se movían y los dientes parecían crecer hasta convertirse en los de un vampiro. Los labios se movían y los platillos entrechocaban ruidosamente. Odioso mono, odioso mono de cuerda, odioso, odioso...
Lo dejó caer. Tenía trémulas las manos, y lo dejó caer.
La llave golpeó el embaldosado al dar con el suelo con un ruido que pareció estrepitoso en el silencio. El mono se le quedó mirando con sus turbios ojos amba­rinos, ojos de muñeco llenos de estúpido júbilo, los platillos a punto de unirse, como si se dispusiera a atacar una marcha para alguna charanga infernal. En la parte inferior tenía marcado: made in hong kong.
No puedes estar aquí —susurró—. Te tiré al pozo cuando tenía nueve años.
El mono le obsequió su sonrisa.
Afuera, en la oscuridad, una negra ráfaga de viento sacudió el motel.

Bill, el hermano de Hal, y Colette, su esposa, se reu­nieron con ellos al día siguiente en casa de tía Ida.
¿Nunca se te ha ocurrido pensar que la muerte de un pariente es una forma aborrecible de estrechar lazos familiares? —le preguntó Bill con una insinuada son­risa.
Le habían puesto Bill por el tío Will. Bill y Will, los campeones del rodeo, solía decir el tío, revolviéndole el pelo al chiquillo. Era otro de sus dichos: como el de que el viento sabe silbar, pero no llevar una tonada. El tío Will había muerto seis años atrás, y tía Ida había continuado viviendo en la casa, sola, hasta la semana anterior, cuando se la llevó una apoplejía. Fue muy re­pentino, dijo Bill al telefonear a Hal para participarle la noticia. Como si le constara aquello, como si le cons­tara a alguien. Tía Ida había muerto sola.
Sí —respondió Hal—, se me ha ocurrido pensarlo. Recorrieron juntos la casa, el hogar en que habían pasado su adolescencia. El padre, un marino mercante, había desaparecido así, sin más, como borrado de la faz de la tierra, cuando ellos eran muy pequeños. Bill aseguraba acordarse de él vagamente, pero Hal no guardaba de su padre el menor recuerdo. La madre había muerto cuando Bill contaba diez años y Hal ocho. Tía Ida fue a buscarlos a Hartford y se los trajo en un autobús de la línea Greyhound. Y en aquella casa ha­bían crecido, y de ella salieron para ingresar en la uni­versidad. Era el hogar que añoraban. Bill se había quedado en Maine, y ejercía el derecho en Portland, donde disponía de una buena clientela.
Hal vio que Petey se había alejado hacia el lado este de la finca, donde crecían las zarzamoras en endiablada maraña.
    Petey, no te acerques ahí —le gritó. El niño se volvió con expresión inquisitiva. Hal sin­tió una oleada del elemental amor que Petey le inspira­ba y pensó nuevamente en el mono...
¿Por qué, papá?
    La respuesta se la dio Bill.
El viejo pozo queda por ese lado. Que me aspen si sé dónde. Pero tu padre tiene razón, Petey: no con­viene andar por ahí. Te podrías hacer mucho daño con las zarzas. ¿No es eso, Hal?
Eso mismo —respondió él maquinalmente. Petey se apartó de allí, sin tan siquiera girar la ca­beza, y echó a caminar, terraplén abajo, hacia la playita donde Dennis jugaba a hacer cabrillas. Hal tuvo la sen­sación de que un nudo se le aflojaba en el pecho.
Si Bill había olvidado dónde se encontraba el viejo pozo, Hal se encaminó hacia allí sin vacilar, a la caída de la tarde, abriéndose paso con el hombro entre los zarzales que se le prendían en la chaqueta de franela y le buscaban los ojos. Llegado a su punto de destino, se detuvo, respirando afanosamente, y clavó los ojos en las podridas, alabeadas tablas que cubrían la boca. Tras un breve debate interior, se arrodilló —las rodillas le chasquearon con un doble estampido— y apartó dos de los maderos.
Desde el fondo de aquella garganta húmeda, forrada de piedras, le miró, muy grandes los ojos, contraída la boca, el rostro de un ahogado. Se le escapó un ge­mido. No sonó muy fuerte, salvo en su corazón. Allí había sido estruendoso.
La cara que flotaba en el agua oscura era la suya.
No era, como creyó durante un instante, la del mono.
Estaba temblando. Temblando todo él. «Lo tiré al pozo. Dios mío, no permitas que pierda la razón. Lo tiré, lo tiré al pozo.»
El pozo se había secado el verano en que murió Johnny McCabe, cuando Bill y Hal llevaban un año vi­viendo con los tíos. Tío Will pidió un préstamo en el banco, para hacer excavar un pozo artesiano, y las zar­zas rodearon el otro, el viejo. El pozo seco.
Sólo que el agua volvió. Como había vuelto el mono. Esa vez le fue imposible contener el recuerdo. Sen­tado allí, impotente, Hal dejó que se acercase y trató de deslizarse con él como quien, subido en una tabla de surf en una ola gigantesca, trata de avanzar con ella, sabiendo que si cae resultará aplastado, en la esperanza de que la onda se disuelva.
Se había internado allí con el mono a finales de aquel verano. El olor de las moras, que ya habían brota­do, era intenso, sofocante. Nadie se acercaba a recolec­tarlas, excepto tía Ida, que a veces, orillando el zar­zal, recogía en el delantal el equivalente de un cuenco. Así pues, en el interior, las moras habían madurado en exceso, y algunas, pudriéndose, rezumaban un sustan­cia blanca y espesa, como pus, y abajo, entre la alta hierba, los grillos repetían enloquecedoramente su can­to infinito: criii-cri-cri...
Las espinas se le clavaban, le punteaban de sangre las mejillas y los brazos desnudos. No hizo esfuerzo al­guno por evitar su aguijonazo. Le dominaba un terror ciego... tan ciego, que estuvo a un paso de caer sobre la podrida tablazón que cubría la boca del pozo, a un paso, quizá, de caer a su cenagoso tondo, diez metros más abajo. Lanzó al aire los brazos, buscando equili­brio, y nuevas espinas se le hincaron en ellos. Era ése el recuerdo que le había movido a llamar a Petey con viveza.
Eso sucedía el día que murió Johnny McCabe, su mejor amigo, subiendo los peldaños que daban acceso a la casa elevada que tenía en un árbol del patio trase­ro. Habían pasado allí largas horas aquel verano, ju­gando a piratas que avizoraban imaginarios galeones en el lago y, quitando los tapabocas a los cañones y arri­zando las rastreras (¿qué sería eso?), se preparaban para el abordaje. Subía Johnny a la casa del árbol como hiciera antes un millar de veces, cuando el peldaño que tocaba a la trampilla se le quedó en las manos, y Johnny cayó de una altura de diez metros y se desnucó, y todo por culpa del mono, del odioso, del maldito mono. Cuando sonó el teléfono, cuando tía Ida abrió muy grande la boca para luego formar con ella una O de horror ante la noticia que le daba su amiga Milly, la del final de la calle, y cuando le dijo: «Sal al porche, Hal, que he de anunciarte algo muy triste», él, enfermo de espanto, pensó: «¡El mono! ¿Qué habrá hecho esta vez el mono?»
El día que arrojó el mono al pozo, no vio su cara atrapada en el fondo: sólo los adoquines que lo empe­draban, y el fango, húmedo y pestilente. Se volvió hacia el muñeco, que yacía en la hierba hirsuta, entre la ma­raña de zarzamoras, los platillos inmóviles, los dientes asomando enormes por los labios entreabiertos, la piel cubierta de clapas y raídos, vidriosos los amarillentos
ojos, y siseó:
—Te odio. Al empuñar su cuerpo asqueroso, sintió el crujido de la velluda piel. Y cuando lo alzó ante sí, el mono le sonrió en la cara.
¡Anda, atrévete! —le retó, rompiendo a llorar por primera vez aquel día. Y lo zarandeó. Los platillos tem­blaron ligerísimamente. El mono estropeaba todo lo bueno. Todo—. ¡ Adelante, toca! ¡ Toca!
El mono se limitaba a sonreír.
¡ Vamos, haz sonar los platillos! —gritó con voz histérica—. ¡Cobarde, gallina, hazlos sonar! ¿A que nO, A QUE NO  TE ATREVES?
Aquellos ojos pardos... Aquella desbocada sonrisa de júbilo.
Entonces, loco de pesar y de miedo, lo arrojó al pozo. Lo vio dar una vuelta en su caída, en una acroba­cia simiesca, y el sol arrancó un último destello a sus platillos. Cayó al fondo con un golpe sordo que debió disparar su mecanismo, pues los platillos se pusieron a entrechocar de pronto. Su golpeteo metálico, sostenido, maquinal se elevó reverberante y agónico en la pétrea garganta del pozo muerto: yang-yang-yang-yang...
Se llevó las manos a la boca, y por un instante le pareció verlo allí abajo, quizá producto sólo de la ima­ginación, tendido en el fango, los ojos clavados en la circunferencia de su carita de niño asomada al borde del pozo (como para no olvidarla jamás), los labios dilatándose y contrayéndose en su sonrisa dentada, los platillos entrechocando, convertido en un falso mono de cuerda.
«Yang-yang-yang-yang, ¿quién ha muerto? Yang-yang-yang-yang, ¿será Johnny McCabe, volando en el aire claro de las vacaciones estivales, ejecutando su pro­pio salto mortal, muy abiertos los ojos, con el rajado peldaño todavía en las manos, camino del suelo, que gol­pea con un único, amargo chasquido, y donde le escapa la sangre por la nariz, por la boca, por los ojos tan abiertos? ¿Es ése Johny, Hal? ¿O eres tú?»
Gimiendo, Hal, cubrió con las tablas el agujero. Se había clavado astillas en los dedos, sin que le importara, sin que ni tan siquiera se diese cuenta de ello hasta más tarde. Y aun con eso, aun tapado por las tablas, se­guía oyéndolo, ahora asordinado, y en cierto modo to­davía peor precisamente por eso: estaba allí abajo, en la pétrea oscuridad, entrechocando los platillos, sacudien­do su repulsivo cuerpo, mientras el sonido ascendía como los que se perciben en sueños.
Yang-yang-yang-yang. ¿Quién ha muerto esta vez?
Salió impetuosamente del zarzal, luchando con la maraña de sus tallos. Las púas le abrieron en la cara nuevos arañazos que sangraban profusamente, y se le prendieron bardanas en los dobladillos de los téjanos, y cayó una vez cuan largo era, con los oídos zumbándo­le todavía, como si el mono le hubiera seguido. Tío Will le encontró más tarde en el garaje, sentando en un vie­jo neumático y llorando, y pensó que las lágrimas se debían a la muerte de su amigo. Y así era, pero también había llorado de tardío terror.
Al mono lo había tirado al pozo por la tarde. Al ano­checer, conforme el crepúsculo se deslizaba por un es­pejeante manto de niebla baja, un coche que circulaba muy de prisa para tan poca visibilidad, atropello en la carretera al gato rabón de tía Ida y siguió su camino sin detenerse. Encontraron tripas por todas partes, y Bill vomitó; pero Hal se limitó a volver la cara, pálida e inmóvil, oyendo los sollozos de tía Ida (aquello, su­mado a la noticia de lo ocurrido al chico de los Mc­Cabe, le había causado una crisis de llanto semihistéri-co que a tío Will le costó casi dos horas calmar) como si llegasen de una distancia de kilómetros. Tenía el corazón exultante de un frío gozo. No le había tocado a él el turno, sino al gato rabón de tía Ida; no a él ni a su hermano Bill ni a su tío Will (los dos campeones del rodeo). Y, entretanto, el mono había desaparecido. Es­taba en el fondo del pozo. Y un viejo gato rabón con garrapatas en las orejas, no resultaba un precio dema­siado alto. Con eso, si el mono quería tocar sus ende­moniados platillos, que lo hiciera. Le oirían los escara­bajos, los oscuros bichos y las sabandijas que anidaban en la garganta empedrada del pozo. Se pudriría allí abajo; sus malditos resortes, sus ruedas y sus muelles se oxidarían en el fondo del pozo. Se quedaría allí, en el fango. Las arañas le tejerían un sudario.
Pero... había vuelto.
Como hiciera aquel día, Hal volvió a tapar el pozo. Lo hizo despacio, creyendo oír el espectro de un eco de los platillos del mono: «Yang-yang-yang-yang. ¿Quién va a morir, Hal? ¿Será Terry? ¿Será Dennis? ¿O acaso Petey, Hal? Él es tu predilecto, ¿verdad? ¿Va a morir él? Yang-yang-yang...».

¡ Suelta eso!
Con una mueca dolorida, Petey dejó caer el mono y, por un instante de pesadilla, Hal pensó que era cosa hecha: que el golpe dispararía su mecanismo y los pla­tillos comenzarían a entrechocar.
Papá, me has asustado.
Lo siento. Es que... no quiero que juegues con este mono.
Los otros se habían ido al cine, y él pensó que lle­garía antes que ellos al motel. Pero, sin percatarse de ello, se había quedado en la antigua casa más de la cuenta: los viejos, odiosos recuerdos parecían evolu­cionar en el ámbito de un tiempo propio y eterno.
Terry estaba sentada junto a Dennis, frente a la te­levisión, viendo Los Beverly ricos. La abstraída concen­tración con que miraba la gastada cinta hablaba de una reciente toma de Valium. Dennis estaba leyendo una revista de rock que tenía en la tapa el emblema del Cul­ture Club. Y Petey, sentado a la turca en la alfombra, había estado trasteando con el mono.
Total, si tampoco funciona... —dijo el pequeño. «Lo cual explica que Dennis se lo dejara», pensó Hal, y en seguida sintió vergüenza de sí mismo y enojo. Aquella invencible hostilidad hacia Dennis, que le em­bargaba con creciente frecuencia, le hacía sentirse des­pués envilecido y vulgar... además de impotente.
No, no funciona —dijo—. Es viejo. Dámelo. Voy a tirarlo.
Tendió la mano, y Peter se lo entregó, con expresión turbada.
Dennis le dijo a su madre:
Papá se está convirtiendo en un condenado esqui­zofrénico.
Sin siquiera darse cuenta de lo que hacia, con el mono en una mano y sonriendo como si manifestara aprobación, Hal cruzó el cuarto y levantó a Dennis de la silla, agarrándole por el cuello de la camisa. Un cru­jido marcó el desgarrón de una costura. El sobresalto de Dennis tenía algo de cómico. Rock Wave que estaba leyendo cayó al suelo.
—¡ Oye!
Ven conmigo —dijo Hal con expresión severa, en tanto arrastraba al chico hacia la habitación contigua.
¡ Hal! —exclamó Terry, casi con un grito. Petey se limitó a mirar con ojos como platos.
Empujó a Dennis al otro lado. Luego cerró la puerta violentamente, y con la misma violencia lanzó contra ella a Dennis. Al chico se le empezaba a ver asustado.
Esa lengua te está creando problemas —dijo Hal,
¡Suéltame! ¡Me has roto la camisa, so...! Hal volvió a lanzarlo contra la puerta.
Sí —dijo—. Te está causando verdaderos proble­mas. ¿Dónde has aprendido ese lenguaje? ¿En la escue­la? ¿O en el fumadero?
Dennis se sonrojó, la cara afeada momentáneamen­te por el sentimiento de culpa.
¡ No estaría en esa escuela de mierda si a ti no te hubieran dado la patada! —estalló.
Hal le arrojó de nuevo contra la puerta.
A mí no me dieron la patada; me licenciaron, como sabes. Y no necesito oír majaderías tuyas al res­pecto. ¿Tienes problemas? Bienvenido al mundo, Den­nis. Pero no me los cargues todos a mí. Comes a diario y llevas tapado el culo. Tienes doce años, y con doce años, no... necesito... ninguna... de tus majaderías —puntuó las palabras tirando del chico hasta casi que­dar nariz con nariz, para luego arrojarle nuevamente hacia la puerta.
El daño era considerable, pero el miedo era mayor: su padre no le había puesto una mano encima desde el traslado a Texas, y Dennis rompió a llorar de pronto, con los estridentes, sanos, explosivos sollozos de un muchacho de corta edad.
¡Anda, pégame! —le chilló a Hal, el rostro con­vulso, enrojecido—. ¡Pégame si quieres, ya sé el maldi­to odio que me tienes!
Yo no te odio. Te quiero mucho, Dennis. Pero soy tu padre y tienes que respetarme, así te lo haya de enseñar a porrazos.
Como el chico tratara de desprenderse, Hal le atrajo hacia sí y le abrazó. Dennis se resistió un momento, y luego apoyó la cara en el pecho de Hal y se puso a llorar como agotado. Un llanto semejante no se lo había oído Hal a ninguno de sus dos hijos en muchos años. Dándo­se cuenta de que también él estaba exhausto, cerró los ojos.
Terry se puso a aporrear el otro lado de la puerta.
¡ Hal, basta ya! No sé qué le estás haciendo al chico, pero ¡ basta ya!
No le estoy matando —repuso Hal—. Déjanos, Terry.
No se te...
No pasa nada, mamá —la atajó Dennis, la voz amortiguada por el pecho de Hal y consciente, antes de que su madre se retirara, del perplejo silencio de ella.
Hal volvió a mirar al chico.
Siento haberte insultado, papá —dijo Dennis a regañadientes.
Muy bien, acepto agradecido la disculpa. Y la se­mana que viene, Dennis, cuando volvamos a casa, de­jaré pasar dos o tres días y luego registraré todos tus cajones. Si guardas allí algo que no quieres que yo vea, conviene que te deshagas de ello.
Sintiendo una nueva oleada de culpabilidad, Dennis bajó la vista y se limpió los mocos con el revés de la mano.
¿Puedo marcharme ya? —su tono volvía a ser hu­raño.
Claro —respondió Hal y le soltó.
«Me lo tengo que llevar de acampada esta primave­ra, los dos solos. Saldremos de pesca, como solíamos hacer con tío Will. Tengo que acercarme a él. Tengo que intentarlo.»
Se sentó en la cama del cuarto vacio y miró al mono. «Nunca volverás a estar cerca de él, Hal —parecía decir su sonrisa—. No cuentes con eso. He vuelto para ha­cerme cargo de la situación, como siempre supiste que terminaría por hacer un día.»
Apartó al mono y se cubrió los ojos con la mano.
Aquella noche, en el cuarto de baño, mientras se cepillaba los dientes, Hal pensó: «Estaba en la misma caja. ¿Cómo podía estar en la misma caja?»
El cepillo le lastimó la encía e hizo una mueca de dolor.
Tenia cuatro años, y Bill seis, cuando vio al mono por primera vez. Su desaparecido padre había compra­do una casa en Hartford, que era de plena propiedad de la familia cuando él murió o se cayó por un agujero en mitad del planeta o le ocurrió lo que le ocurriera. Su madre trabajaba de secretaria en la Holmes Aircraft, una fábrica de helicópteros situada en las afueras, en Westville, y una serie de niñeras se sucedieron en el cuidado de los pequeños, con la diferencia de que para entonces ya sólo tenían que ocuparse de Hal durante la jornada: Bill estaba en el primer curso, en la escuela de los mayores. Ninguna de las niñeras duró mucho. O se quedaban embarazadas y se casaban con el novio, o se iban a trabajar a la Holmes, o la señora Shelburn descubría que habían tocado el jerez de la cocina o la botella de coñac que guardaba en el aparador para las grandes ocasiones. En su mayor parte, eran chicas ton­tas que, al parecer, sólo querían comer y dormir. Nin­guna quería leerle cosas a Hal, como hacía su madre a menudo.
Su niñera de aquel largo invierno fue una chica ne­gra, enorme y zalamera, que se llamaba Beulah. Beulah le trataba con mucho mimo cuando su madre estaba en la casa, y, en ocasiones, cuando no estaba, le tiraba pe­llizcos. Con todo, Hal le tenía cierto aprecio a Beulah, la cual le leía a veces truculentos relatos de sus revistas del corazón o de casos policíacos («La muerte vino de la pelirroja voluptuosa», entonaba Beulah en tono lúgu­bre en el letárgico silencio diurno del salón, antes de meterse en la boca otro bombón de cacahuete y mien­tras Hal, estudiando con expresión seria las borrosas fotos del reportaje, se tomaba su leche malteada). Ese aprecio hizo que lo que ocurrió le afectara más.
Encontró el mono un día de marzo, nublado y frío. La escarcha goteaba a ratos detrás de las ventanas, y Beulah se había quedado dormida en el canapé, con un ejemplar de My Story abierto sobre su busto admi­rable.
Hal se deslizó hasta el desván, para curiosear en las cosas de su padre.
El desván se extendía a lo largo de toda la fachada izquierda de la casa, en el primer piso, ocupando una superficie que nunca llegó a construirse. Se accedía a él por una puertecilla, no mucho mayor que una gatera, desde el cuarto de los niños, por el lado de la cama de Bill. A ambos les gustaba entrar allí, por más que en invierno el lugar fuera frío y en verano se sudara copio­samente. Largo, estrecho y en cierta forma acogedor, estaba lleno de fascinadores cachivaches. Por más co­sas que mirara uno, nunca terminaba de verlas todas. Él y Bill habían pasado allí tardes de sábado enteras, sin apenas cambiar palabra, sacando objetos de las cajas, examinándolos, dándoles vueltas y más vueltas en las manos, para percatarse de su singularidad, y de­volviéndolos luego a las cajas. Hal se preguntó si no sería que en aquellos tiempos él y Bill trataban, en la medida de sus posibilidades, de establecer una especie de contacto con su padre desaparecido.
Había sido marino mercante con título de piloto, y en el desván se guardaban rimeros de cartas de navega­ción, algunas con pulcros círculos (el centro de éstos perforado por la aguja de la pata del compás). Había veinte tomos de una colección titulada Guía Barran de Navegación. Y un par de prismáticos de lentes muy ra­ras, que le hacían sentirse a uno como mareado y con fiebre si miraba por ellos demasiado tiempo. Y artículos turísticos de una docena de puertos de escala: una muñeca hawaiana de caucho, un bombín de cartón con una cinta rota que decía: tu pesca una chica y yo pes­caré una trompa, una esfera de cristal con una dimi­nuta Torre Eiffel dentro... Había sobres con sellos y monedas de otros países cuidadosamente agrupados en su interior; había muestras de rocas de la isla hawaiana de Maui, de un negro vidrioso —pesadas y en cierto modo siniestras—, y discos raros en lenguas extran­jeras.
Aquel día, mientras la escarcha goteaba hipnótica desde el tejado, muy cerca de su cabeza, Hal se abrió paso hasta el mismo fondo del desván, apartó una caja y vio otra, detrás, por cuyo borde asomaban un par de ojos color avellana. Retrocedió unos pasos, el corazón batiéndole en el pecho, sobresaltado como si hubiera descubierto un pigmeo asesino. Luego, viendo su inmo­vilidad y el vidrioso lustre de los ojos, comprendió que debía tratarse de un juguete. Adelantándose de nuevo, lo sacó cautelosamente de la caja.
Le sonrió, a la amarillenta luz, con su sonrisa den­tada y sin edad, los platillos en las manos y separados.
Entusiasmado, Hal le dio vueltas por uno y otro lado, palpando su piel vellosa y crujiente. Le agradaba su sonrisa rara. Y, sin embargo, ¿no hubo nada más? ¿Una casi visceral sensación de asco que llegó y pasó inmediatamente antes de cobrar conciencia de ella? Quizá fue así, pero había que guardarse de dar dema­siado crédito a recuerdos tan, tan viejos como aquél. Los viejos recuerdos mienten a veces. Y sin embargo... ¿no había captado esa misma expresión en el rostro de Petey, en la buhardilla de la antigua casa?
Al ver la llave que tenia inserta en la espalda, sobre la cintura, le dio vuelta. Giraba con demasiada facili­dad, sin chasquidos de resortes. O sea que estaba roto. Roto, sí, pero, de todas formas, estupendo.
Se lo llevó para jugar con él.
¿Qué tienes ahí, Hal? —le preguntó Beulah, des­pertando de su cabezada.
Nada —repuso él—. Una cosa que he encontrado.
Lo puso en la repisa de su lado del cuarto. De pie encima de sus libros de colorear, sonreía, perdida la mirada en el vacío, con los platillos preparados. Estaba roto, pero aun así sonreía. Aquella noche Hal se desper­tó de un sueño inquieto, sintiendo llena la vejiga, y se levantó para ir al baño del pasillo. Bill era, al otro lado del cuarto, un revoltijo montón de cobertores,
Hal regresó a la habitación, y estaba casi dormido otra vez, cuando de improviso... el mono empezó a en­trechocar sus platillos en la oscuridad.
Yang-yang-yang-yang...
Se despertó por completo, como si le hubieran gol­peado la cara con una toalla empapada de agua fría. El corazón, por la sorpresa le dio un terrible salto en el pecho, y de su garganta escapó un chillido minúsculo, como de ratón. Se quedó mirando al mono con ojos como platos, trémulos los labios.
Yang-yang-yang-yang...
Su cuerpo oscilaba y se encorvaba en la repisa. Sus labios se abrían, se cerraban, se plegaban, se desplega­ban, con una alegría horrible, enseñando unos dientes enormes, carnívoros.
Para —gimió Hal.
Su hermano se dio vuelta en la cama y emitió un solo ruidoso ronquido. Por lo demás, todo estaba en silencio... exceptuado el mono: los platillos batían y entrechocaban estridentes, sin cesar. Iba a despertar a los muertos.
Yang-yang- yang-yang...
Hal avanzó hacia él con ánimo de detenerlo como fuera, quizá metiendo la mano entre los platillos hasta que se le acabase la cuerda, cuando se inmovilizó por sí mismo. A un último ¡yang!, los platillos se separaron lentamente y quedaron en su posición habitual. El me­tal relucía en la penumbra. Los dientes del mono, su­cios, amarillentos, sostenían la sonrisa.
La casa quedó de nuevo en silencio. Su madre vol­teó en la cama y reprodujo el ronquido único de Bill. Hal se acostó, se tapó con los cobertores y, con el co­razón latiéndole muy de prisa, pensó: «Mañana lo de­volveré al camaranchón. No lo quiero.»
Pero al día siguiente olvidó por completo el propó­sito de devolverlo porque su madre no fue al trabajo. Beulah había muerto. Su madre no les quiso decir con exactitud de qué. «Un accidente, un terrible accidente», fue cuanto pudieron sacarle. Pero aquella tarde, de vuelta de la escuela, Bill compró un periódico, le quitó la página cuatro y se la subió al dormitorio, escondida bajo la camisa. Y mientras su madre preparaba la cena en la cocina, le leyó el artículo a su hermano entrecor­tadamente, por mucho que Hal había visto ya los titu­lares: tiroteo doméstico. dos víctimas. Beulah McCaffery, de 19 de años de edad, y Sally Tremont, de veinte, resultaron muertas a tiros por el amigo de la primera, Leonard White, de 25 años, a consecuencia de una dis­cusión acerca de quién debía ir a recoger un encargo de comida china. La señorita Tremont expiró en el Hartford Receiving. Beulah McCaffery había fallecido en el lugar de los hechos.
Era como si Beulah hubiera desaparecido en una de sus revistas policíacas, pensó Hal Shelburn, estre­mecido por un escalofrío que, habiéndole recorrido la espalda, se le enroscó en el corazón. Y entonces cayó en la cuenta de que los disparos se habían producido en el mismo momento en que el mono...
¿Hal? —sonó la voz de Terry, adormilada—. ¿Vie­nes a la cama?
Escupió el dentífrico en el lavabo y se enjuagó la boca.
Voy —dijo.
Un rato antes, había guardado al mono en su ma­leta, bajo llave. Volvían a Texas dentro de dos o tres fechas, en avión. Pero antes se desharía del maldito mico, para siempre.
Encontraría la manera.
Esta tarde estuviste muy duro con Dennis —le dijo Terry en la oscuridad.
Hace una buena temporada, creo yo, que Dennis viene necesitando que alguien sea duro con él. El chico está dando bandazos, y no quiero que se pierda.
Pero desde el punto de vista psicológico, pegarle no es una forma muy efectiva...
¡Terry, por amor de Dios, no le pegué!
—... de imponer la autoridad paterna.
Aj, déjame de esas majaderías de psicoterapias y grupos de encuentro —protestó enojado.
Ya veo que no quieres hablar de esto —dijo ella en tono frío.
Y también le mandé sacar de casa lo que fuma.
¿Eso hiciste? —la voz de su mujer expresaba ahora aprensión—. ¿Y cómo lo tomó? ¿Qué dijo?
¡Vamos, Terry! ¿Qué quieres que dijera? ¿Queda usted despedido?
Hal, ¿qué te pasa? Tú no eres así... ¿Anda algo mal?
No, nada —dijo, y pensó en el mono, encerrado en su maleta. ¿Lo oiría si empezaba a tocar los plati­llos? Desde luego. En sordina, pero lo oiría. Tocando a muerto por alguien, como había hecho con Beulah, con Johny McCabe, con Daisy, la perra de tío Will. Yang-
yang-yang, ¿serás tú, Hal?— Es que he pasado mucha tensión.
    Espero que no sea más que eso. Porque así no me gustas.
    ¿No? —replicó. Y las palabras se le escaparon sin que tan siquiera sintiese la necesidad de contenerlas—: Pues nada, sacúdete un Valium y ¡todo arreglado!
La oyó tomar aire y expulsarlo en una estremecida expiración. Y entonces Terry se echó a llorar. Hubiera podido consolarla (quizá), pero le pareció que no po­dría consolar a nadie. Sólo había terror en él; dema­siado terror. Las cosas mejorarían cuando desaparecie­ra el mono, cuando desapareciera para siempre. Para siempre. Dios mío, te lo ruego.
Permaneció despierto largo tiempo, hasta que el amanecer empezó a pintar de gris la noche. Pero entre­tanto creyó haber dado con la solución.

Fue Bill quien encontró el mono la segunda vez. Sucedió cosa de un año después de que Beulah Me-Caffery hubiera fallecido en el Lugar de los Hechos. Co­rría el verano. Hal acababa de dejar el parvulario.
Regresaba de sus juegos, cuando su madre voceó. con fingido acento del sur:
Lávese usté las manos, señor; está usté susio como un serdo —estaba en el porche, tomando té helado y leyendo un libro; disfrutaba de sus vacaciones: quince días.
Hal se lavó simbólicamente las manos con agua fría y dejó manchas de mugre en la toalla.
¿Dónde está Bill?
Arriba. Le dices que ordene su lado del cuarto. Está hecho una leonera.
Como le gustaba ser portador de malas noticias en tales ocasiones, subió a la carrera. Encontró a Bill sen­tado en el suelo. La puertecilla del desván estaba entor­nada. Tenía el mono en las manos.
Está roto —le dijo al punto.
Aunque apenas recordaba ya lo de aquella noche en que, volviendo él del baño, el mono se había puesto a tocar inesperadamente los platillos, sentía aprensión. Cosa de una semana después de ese suceso, había tenido una pesadilla en la que intervenían Beulah y el mono —no conseguía precisar en qué forma—, que le hizo despertar gritando, con la idea de que el suave peso que sentía en el pecho era el del muñeco, y de que si abría los ojos, le vería, sonriéndole en la cara. Pero claro, aquel peso era el de la almohada, a la que se abrazaba estremecido de pánico. Su madre llegó para confortarle con un vaso de agua y dos aspirinas infantiles —tiza con sabor a naranja—, esos Valium de los malos ratos de la niñez. Su madre atribuyó la pesadilla a la muerte de Beulah. Ya eso se debía, pero no en la forma en que ella lo imaginaba.
Y aunque ese verano apenas se acordaba ya de todo aquello, el mono seguía asustándole. En particular, los platillos. Y los dientes.
Ya lo se —repuso Bill, y echó el juguete a un lado—. Es una birria —el mono aterrizó en la cama de Bill, donde se quedó boca arriba, mirando al techo, con los platillos preparados—. ¿Quieres bajar a la tienda de Teddy a comprar unos pirulíes?
Ya me he gastado el dinero de la semana. Además, mamá dice que tienes que ordenar tu lado del cuarto.
Eso lo puedo hacer más tarde —repuso Bill—. Y, si quieres, te presto cinco centavos.
Aunque a veces le hacía rabiar mucho, y en ocasio­nes le daba un pisotón o un puñetazo sin motivo algu­no, Bill, por lo demás, no era mal hermano.
Si que quiero —repuso Hal agradecido—. Pero antes volveré a guardar el mono en el desván, ¿de acuerdo?
No. —Bill se puso en pie—. Ha de ser ya-ya-ya. Hal obedeció. Su hermano era de humor tornadizo, y si se entretenía en guardar el mono, podía quedarse sin la golosina. Bajaron juntos a la tienda de Teddy y compraron los pirulíes, que además no fueron de los ordinarios sino de arándano, tan difíciles de encontrar. Y de ahí siguieron hacia el patio del colegio, donde unos chicos estaban organizando un partido de béisbol. Aun­que demasiado pequeño para jugar, Hal se quedó de espectador, fuera de banda, chupando su pirulí de arán­dano y haciendo lo que los mayores llamaban «carre­ras chinas», que era imitar, fuera del terreno de juego, las del bateador.
Cuando volvieron a casa, a punto ya de anochecer, su madre le dio de azotes por haber ensuciado la toa­lla de las manos, y a Bill también, por no haber puesto en orden su lado del cuarto, y después de la cena hubo un rato de televisión, v con todo eso Hal se olvidó por completo del mono, que, vaya uno a saber cómo, apare­ció en la repisa de Bill, junto a su foto de Bill Boyd, con la firma del propio jugador, y allí se quedó por es­pacio de casi dos años.
Al alcanzar Hal sus siete años de edad, su madre considerando que las niñeras eran va un derroche, se despedía todas las mañanas con un: «Bill, cuida bien de tu hermano.»
Pero cierto día Bill tuvo que quedarse en la escuela después de las clases, y Hal volvió solo a casa, detenién­dose en todos los cruces hasta asegurarse totalmente de que no venía tráfico en ninguna dirección, y luego atravesando a toda velocidad, con la cabeza hundida en­tre los hombros, como un soldado de infantería cruzan­do tierra de nadie. Abrió con la llave que había debajo del felpudo e inmediatamente se fue al refrigerador, en busca de un vaso de leche. Sacó la botella y, cuando ya la tenía sujeta en la mano, se le escapó entre los dedos, cayó al suelo y se rompió en mil pedazos.
«Yang-yang-yang-yang —se oyó arriba, en el dormi­torio—. Yang-yang-yang-yang, ¡hola, Hal! ¡ Bienvenido a casa! Y por cierto, Hal, ¿vas a ser tú? ¿Serás tú esta vez? ¿Será a ti a quien encuentren muerto en el Lugar de los Hechos?»
Se quedó allí, en pie, petrificado, mirando los vi­drios rotos y el charco de leche, invadido por un terror al que no sabía dar nombre ni comprender. Un terror que estaba allí, sin más, como rezumándole por los poros.
Se volvió y echó a correr escaleras arriba. El mono estaba en la repisa de Bill y parecía mirarle fijamente. Había derribado la foto de Billy Boyd, que estaba boca abajo en la cama de su hermano. Y el mono se balan­ceaba y sonreía y entrechocaba sus platillos. Hal se le acercó despacio, sin deseos de hacerlo, pero sin poder impedirlo. Los platillos se separaban, entrechocaban violentamente y volvían a separarse. Cuando estuvo más cerca, alcanzó a oír el mecanismo que giraba en las entrañas del mono.
De improviso, lanzando un grito de horror y de asco, lo barrió de la repisa de un manotazo, como pudiera haber hecho con un insecto. Fue a caer sobre la almoha­da de Bill, y de ahí saltó al suelo, donde se quedó tum­bado panza arriba, tocando los platillos, flexionando los labios y cerrándolos, en una mancha de sol de finales de abril.
 Hal le dio una patada con toda su alma y el grito que se le escapó esa vez fue de furia. El mono cruzó el suelo, rebotó en la pared y se inmovilizó. Hal se que­dó observándolo, crispados los puños y con el corazón trepidante. El mono le miró con descaro, animado un ojo por un rayo de sol. Parecía decirle: "Patéame cuan­to quieras. No soy más que un muñeco de cuerda, con algunos resortes y ruedecillas; patéame cuanto te venga en gana: no soy un ser vivo. ¿Y quién va a Morir? ¡En la fábrica de helicópteros ha habido una explosión! ¿Qué es eso que vuela en el aire como una condenada pelota de jugar a la bochas, pero con ojos en los aguje­ros de meter los dedos? ¡ Es la cabeza de tu madre, Hal! ¡Atiza! ¡Menudo viaje se está pegando la cabeza de tu madre! Y si no, ahí tienes el cruce de Book Street. ¡Atento, socio! ¡ El coche venía demasiado de prisa! ¡ El conductor, borracho! ¡ Un Bill menos en el mundo! ¿Oíste el rechinar de los trenos cuando las ruedas le pisaron el cráneo y los sesos se le salieron por las orejas? ¿Si? ¿No? ¿Quizá? A mí no me preguntes; no lo sé, no puedo saberlo. Lo único que sé es tocar estos platillos, yang-yang-yang. Pero ¿quién ha muerto en el Lugar de los Hechos, Hal? ¿Tu madre? ¿Tu hermano? ¿O has muerto tú, Hal? ¿Has muerto tú?»
Se lanzó sobre el mono, con intención de romperlo, de machacarlo, de saltar sobre él hasta que sus ruedas y sus muelles volaran por los aires y sus horribles ojos de cristal rodaran por el suelo. Mas cuando ya iba a caer sobre él, sus platillos entrechocaron en un último, levísimo ¡yang!, conforme uno de sus resortes alcanza­ba el final de alguna invisible rueda dentada... y le pa­reció que una aguja de hielo le penetraba las paredes del corazón y se lo empalaba, silenciando su furia y de­jándole, una vez más, enfermo de miedo. Era como si el mono lo supiese... ¡qué jubilosa se veía su ancha son­risa!
Lo tomó por un brazo, formando una pinza con índi­ce y pulgar, la boca arqueada por la repugnancia, como si fuese un cadáver lo que tocaba. Encontró caliente, fe­bril el contacto de su falsa piel raída. Abierta la puertecita que daba al desván, encendió la bombilla. El mono persistía en su sonrisa mientras él se deslizaba hacia el fondo del trastero, salvando las cajas apiladas, los li­bros de navegación, los álbumes de fotos con su olor a rancios productos químicos, los artículos de recuerdo y las prendas desechadas, y pensó: «Como se ponga ahora a tocar otra vez los platillos y a movérseme en la mano, gritaré, y si grito, no se contentará con la sonri­sa: se echará a reír, se reirá de mí, y yo me volveré loco y me encontrarán aquí dentro, babeando, riendo como un idiota. Me habré vuelto loco. Oh, Dios mío. Jesús mío, no lo permitas, no permitas que me vuelva loco....»
Alcanzó el fondo del trastero, apartó dos cajas, una de las cuales se volcó, y metió al mono en la suya, en la que estaba en el rincón más alejado. Y allí se quedó el muñeco, reclinado, tan ricamente como si por fin lle­gara a casa, con los platillos preparados y la sonrisa, su sonrisa simiesca, siempre en los labios, como dando a entender que Hal seguía pareciéndole chistoso. Y él des­hizo el camino, sudando y al mismo tiempo aterido, en­tre el fuego y el hielo, en espera de que los platillos comenzaran a sonar, momento en que el mono saltaría de su caja y correría hacia él como un escarabajo, su
mecanismo ronroneando, los platillos entrechocando desenfrenadamente, y...
... y no ocurrió nada de todo eso. Apagó la luz, cerró de golpe la puertecilla del trastero y se reclinó en el ba­tiente, jadeando. Cuando por fin empezó a sentirse algo mejor, bajó a la cocina, las piernas como si fueran de goma, buscó una bolsa vacía y se puso a recoger minu­ciosamente los pedazos y las astillas de la botella rota, preguntándose si iría a cortarse, si iría a morir desan­grado, si sería eso lo que anunciaban los platillos con su estrépito. Pero tampoco aquello ocurrió. Se hizo con una toalla, enjugó la leche tan bien como supo y por último se sentó a esperar la llegada de su madre y de su hermano.
Su madre llegó primero. —¿Dónde está Bill? —preguntó.
En voz baja, átona, seguro ya de que Bill había muerto en algún Lugar de los Hechos, Hal se puso a contarle lo de la reunión del equipo del colegio, sabien­do que aun con una reunión muy larga, Bill tendría que estar en casa hacía ya media hora.
Su madre le miró con expresión de curiosidad, y ya empezaba a preguntarle qué le sucedía, cuando se abrió la puerta y entró Bill... sólo que el que entró no era el Bill de siempre: era un Bill espectral, pálido y mudo.
¿Qué ha pasado? —exclamó la señora Shelburn—. ¿Qué ha pasado, Bill?
Su hermano rompió a llorar, y entre sus lagrimas se enteraron de lo ocurrido. Un coche, dijo. É1 y su amigo Charlie Silverman volvían juntos de la reunión, cuando un coche dobló demasiado de prisa la esquina de Brook Street, y Charlie se quedó inmóvil en mitad del cruce, aunque él le había tirado de la mano, y entonces el coche...
En eso estalló en estridentes, histéricos sollozos, y su madre le atrajo hacia si, y le meció en los brazos, y Hal, volviéndose hacia el porche, vio que afuera había dos policías. El coche de patrulla en que habían traído a Bill estaba aún frente a la casa. Y entonces también él se echó a llorar, sólo que... sus lágrimas las causaba el alivio.
Después de eso fue Bill quien tuvo pesadillas: pesa­dillas en las que veía morir a Charlie Silverman una y otra vez, perdiendo sus botas vaqueras al saltar sobre el capó del herrumbroso Hudson Hornet que conducía el borracho. La cabeza de Charlie Silverman y el para­brisas del Hudson se habían encontrado con un cho­que explosivo. Una y otro se hicieron pedazos. El conductor borracho, que tenía una tienda de caramelos en Milford, sufrió un ataque al corazón poco después de que le ingresaran en prisión preventiva (tal vez se lo produjo el ver las manchas secas que los sesos de Char­lie Silverman le habían dejado en los pantalones), y su abogado obtuvo no poco éxito en el juicio con su ar­gumento, de que: «Este hombre ha tenido ya bastante castigo.» Al borracho le condenaron a sesenta días de cárcel (que no hubo de cumplir) y se le suspendió por cinco anos el permiso de conducir vehículos de motor en el estado de Connecticut... el mismo tiempo, más o menos, que le duraron a Bill Shelburn las pesadillas, El mono volvía a estar escondido en el desván. Bill no llegó a darse cuenta de que había desaparecido de su repisa... o, si lo hizo, nunca habló de ello.
Hal se sintió a salvo por un tiempo. Incluso empezó a olvidar la existencia del mono, o a creer que sólo ha­bía sido un mal sueño. Pero al volver a casa, a la salida de la escuela, la tarde en que murió su madre, volvió a encontrárselo en la repisa de su lado del cuarto, con los platillos preparados, sonriéndole.
Se acercó a él lentamente, como si no fuera él quien lo hiciese... como si al ver al mono su propio cuerpo se hubiera convertido en un muñeco de cuerda. Vio avan­zar su mano y bajarlo de la repisa. Sintió el crujido de la vellosa piel, pero fue una sensación amortiguada, un simple estrujar, como si le hubiesen anestesiado con una inyección de Novocaína. Oía su respiración, rápida y seca, como el soplar del viento entre la paja.
Le dio la vuelta y asió la llave, y años después ha­bría de pensar que aquella fascinación hipnótica era como la del hombre que habiéndose aplicado a un ojo el cañón de un revólver de cuyas seis cámaras sólo una está cargada, aprieta el gatillo.
«No, no lo hagas... que sea él quien dispare; no lo toques...»
Hizo girar la llave, y en el silencio oyó los leves, per­fectos chasquidos de la cuerda en su contracción. Cuan­do soltó la llave, el mono empezó a entrechocar los platillos, y sintió las flexiones y las sacudidas de su cuerpo, sacudida-flexión, sacudida-flexión, como si es­tuviera vivo, retorciéndosele en la mano como una es­pecie de asqueroso pigmeo, porque en verdad estaba vivo, y las vibraciones que percibía bajo la raída piel parda, no eran las de un engranaje, sino los latidos de un corazón.
Hal soltó un gemido, dejó caer el mono, las uñas hincadas bajo los ojos, las palmas comprimiéndole la boca. Tropezó entonces con algo y estuvo a punto de perder el equilibrio (con lo cual hubiera caído casi jun­to al mono, de forma que habrían quedado mirándose. sus vidriosos ojos color de avellana clavados en los de él, azules, desorbitados). Corrió hacia la puerta, la tras­puso de espaldas, la cerró de golpe y se reclinó en la madera. Luego, de improviso, se precipitó al baño y vomitó.
La noticia la trajo la señora Stukey, de la fábrica de helicópteros, que también les hizo compañía aquellas dos primeras, interminables noches, en espera de que tía Ida llegase de Maine. Su madre había muerto de una embolia en mitad de la tarde, cuando se encontraba frente al distribuidor de agua, con una taza en la mano. Se vino abajo como si le hubieran pegado un tiro, con la taza de papel parafinado todavía en una mano. Con la otra se había agarrado al botellón de agua mineral con tal fuerza, que lo arrastró en su caída. El recipien­te se destrozó... pero el médico de la empresa, que llegó a la carrera, dijo más tarde que en su opinión la señora Shelburn dejó de existir antes de que el agua le empapara el vestido, le calara la ropa interior, le mojara la carne. Aunque eso no se lo dijeron a los ni­ños, Hal lo supo de todas formas: lo soñó una y otra vez en las largas noches que sucedieron a la muerte de su madre. «¿Todavía te cuesta dormir, hermanito?», le preguntó Bill, y Hal pensó que su hermano atribuía sus vueltas en la cama, sus pesadillas, a la muerte de su madre, tan repentina; y así era, pero sólo en parte: también estaba el remordimiento, la certeza, la terrible cer­teza de que la había matado él aquella soleada tarde, después de la escuela, al darle cuerda al mono.
Hal se durmió por fin, y debió de hacerlo muy pro­fundamente, pues cuando despertó era cerca del medio­día. Petey estaba sentado a la turca en un butaca, al otro lado de la habitación, comiendo metódicamente una naranja, gajo por gajo, atento a un partido que daban por televisión.
   Hal echó los pies al suelo. Se sentía como si le hubie­ran dormido de un puñetazo y despertado de otro. Tenía punzadas en la cabeza.
¿Dónde está tu madre, Petey? El niño volvió la cara hacia él.
De compras, con Dennis. Yo dije que les espera­ría aquí, contigo. ¿Siempre hablas en sueños, papá?
Hal le dirigió una mirada cautelosa.
No. ¿Qué dije?
No conseguí entenderlo. Me asustó un poco.
Bueno, pues aquí me tienes, otra vez en uso de mis facultades mentales —repuso Hal, que consiguió añadir una sonrisita.
Petey correspondió a ella y, una vez más, él sintió amor por el niño, simple amor: una emoción viva, in­tensa y sencilla. ¿Por qué sería que siempre había sen­tido esa grata sensación hacia Petey, la sensación de comprenderle y poder ayudarle, y por qué, en cambio, Dennis le había resultado siempre una ventana oscura, un misterio en su forma de ser y en sus costumbres, la clase de niño a quien no conseguía comprender porque él nunca había sido un niño así? Era demasiado fácil decir que el dejar California había afectado a Den­nis, o que...
Los pensamientos se le paralizaron. El mono. El mono estaba sentado en la repisa de la ventana, con los platillos en alto. Primero sintió que el corazón se le inmovilizaba en el pecho, muerto, y luego, que rom­pía a galopar. Se le nubló la vista, y las punzadas de la cabeza se le hicieron lacerantes.
Se había escapado de la maleta y estaba en el an­tepecho de la ventana, sonriéndole. «Creíste que te ha­bías desembarazado de mí, ¿no es así? Y sin embargo, no es la primera vez que crees eso, ¿verdad?»
No, pensó descompuesto, no es la primera vez que esto ocurre.
Petey, ¿has sacado tú el muñeco de mi maleta? —le preguntó al niño, sabiendo ya la respuesta: la ma­leta la había cerrado con llave, y la llave la tenía en el bolsillo del abrigo.
Petey lanzó una ojeada al mono, y por su rostro pasó algo, que Hal hubiera dicho malestar.
No —respondió—. Lo puso ahí mamá.
¿Tu madre?
Sí. Te lo quitó. Riendo.
¿Qué es eso de que me lo quitó?
Lo tenías en la cama contigo. Yo estaba cepillán­dome los dientes, pero Dennis lo vio. Él también se echó a reír. Dijo que parecías un nene con su osito de peluche.
Hal miró al mono Tenía tan seca la boca, que no conseguía tragar. ¿Que estaba con él? ¿En la cama? ¿Que había tenido aquella piel asquerosa contra la me­jilla, quizá contra la boca? ¿Que aquellos ojos le habían estado mirando fijamente mientras dormía? ¿Que ha­bía tenido junto al cuello aquellos dientes? ¿Junto al cuello? Santo Dios.
Se volvió bruscamente y se encaminó a la alacena. La maleta seguía allí, cerrada. Y la llave continuaba en el bolsillo del abrigo.
Oyó que la televisión enmudecía de improviso. Salió despacio de la alacena. Petey le estaba mirando con aire circunspecto.
No me gusta ese mono, papá —le dijo con voz inaudible.
A mi tampoco —repuso Hal. El niño le observó atentamente, para ver si lo decía en broma, y se dio cuenta de que no era así. Se acercó a su padre y le abrazó con fuerza. Hal notó que estaba temblando.
Entonces, habiéndole al oído, muy rápido, como si temiera que fuese a faltarle el coraje de repetirlo... o que el mono pudiera oírle, Petey le confió:
Es como si te mirara. Como si te mirara estés donde estés en la habitación. Y si te vas a la otra, como si te mirase a través de la pared. Y yo noto todo el tiempo... como si me quisiera para algo.
El niño se estremeció. Hal le abrazó con fuerza.
¿Cómo si quisiera que le dieses cuerda? —dijo Hal. Petey asintió con viveza.
No es cierto que esté roto, ¿verdad, papá?
A veces, sí —repuso Hal, hurtando una mirada hacia el muñeco—. Pero a veces, inexplicablemente, si­gue funcionando.
Sentía ganas todo el tiempo de acercarme y darle cuerda. Había tanto silencio, que pensé: no puedo, papá se despertará; pero seguía con ganas de hacerlo, y me acerqué y... lo toqué, y me dio asco, pero también me gustaba..., y parecía que me dijese: Dame cuerda, Pe­tey, que jugaremos; tu padre no se despertará, ya no se despertará nunca; dame, dame cuerda.
Y repentinamente rompió a llorar.
—Es malo, lo sé. Hay algo malo en él. ¿No podría­mos tirarlo, papá? Por favor.
El mono le sonreía a Hal con su eterna sonrisa. Hal notó las lágrimas del niño, interpuestas entre ambos. El sol del mediodía arrancaba destellos a los platillos de latón y los proyectaba sobre el techo de la habitación, de liso enlucido.
¿A qué hora dijo tu madre que pensaban estar de regreso?
Sobre la una —Petey se enjugó los ojos con el puño de la camisa, como avergonzado de sus lágrimas. Evitaba mirar al mono—. Puse la televisión —susu­rró—. Muy alto.
Hiciste bien, Petey.
«¿Cómo habría sucedido? —se preguntó Hal—. ¿Un ataque al corazón? ¿Una embolia, como mi madre? ¿Qué? Pero no importa, ¿no?»
Y a renglón seguido, de ésas surgió otra reflexión, más fría: «Que nos deshagamos de él, dice el niño. Pero ¿es posible deshacerse de él? ¿Lo será alguna vez?»
El mono le sonreía burlón, los platillos separados un largo palmo uno del otro. ¿Cobraría vida repentina­mente la noche en que murió tía Ida?, pensó de impro­viso. ¿Fue ése el último ruido que oyó la mujer? ¿El asordinado entrechocar de los platillos en el desván, yang-yang-yang, mientras el viento soplaba en el alero?
Podría no ser mala idea —le dijo despacio al niño—. Ve a buscar tu bolsa de viaje, Petey. El pequeño le miró confuso.
¿Qué vamos a hacer?
«Quizá sea posible desembarazarse de él. Quizá para siempre, quizá sólo por un tiempo... por una larga o corta temporada. Puede que vuelva, puede que sea ésa la esencia de la historia: su volver y volver... pero a lo mejor consigo, conseguimos despedirnos de él por una buena temporada. La última vez le costó veinte años en volver, veinte años salir del pozo...»
—Vamos a dar un paseo en coche —le respondió a Petey. Se sentía bastante tranquilo, pero también algo pesado de piel para adentro. Hasta los ojos parecían pe­sarle—. Pero antes quiero que tomes la bolsa, te vayas al otro extremo del estacionamiento y cargues tres ü cuatro piedras bien gordas. Las metes en la bolsa y me las traes. ¿Entendido?
Los ojos del niño chispearon de inteligencia.
Perfectamente, papá.
Hal consultó su reloj. Casi las doce y cuarto.
Date prisa. Quiero marchar antes de que vuelva tu madre.
¿A dónde vamos?
A casa de los tíos. A la antigua casa.
Hal entró en el cuarto de baño, se inclinó sobre la taza del inodoro y retiró la escobilla que había detrás. Volvió junto a la ventana con ella en la mano. Parecía una varita mágica de saldo. Siguió con la mirada a Pe­tey, que cruzaba la zona de estacionamiento vestido con su cazadora de muletón, en la mano su bolsa de viaje, donde las blancas letras de las líneas aéreas del­ta destacaban sobre el fondo azul. Una mosca revolo­teaba en el ángulo superior de la ventana, lenta y aton­tada por el final de los meses de calor. Hal adivinó cómo se sentía el insecto.
Observó a Petey mientras el niño localizaba tres piedras de buen tamaño y emprendía seguidamente el regreso. Por la esquina del motel apareció un coche, un coche que circulaba muy de prisa, demasiado, y sin pen­sarlo siquiera, con un vivo reflejo de buen tenista, hendió el aire con la mano y detuvo el movimiento... en el punto preciso.
Los platillos se cerraron inaudiblemente sobre el obstáculo interpuesto. Y a Hal le pareció notar algo en el aire... algo de la naturaleza de la rabia.
Los frenos del coche rechinaron. Petey se echó ha­cia atrás. El conductor le invitó a cruzar, con un ade­mán intemperante, como si lo que había estado a punto de ocurrir fuese culpa del niño. Petey atravesó a la carrera, el cuello de la cazadora flotando al aire, y entró en el motel por la puerta trasera.
A Hal le corría el sudor por el pecho, y también lo notó en la frente como una llovizna aceitosa. Los plati­llos le presionaban la mano, fríos, entumecedores.
«Adelante —dijo para sí torvamente—. Dispongo de todo el día. De todo el día y, si es preciso, de la vida entera.»
Oyó un suave clic en el interior del mono, que se­paró los platillos y los dejó en reposo. Hal retiró la es­cobilla y la examinó. Parte de las blancas cerdas esta­ban oscurecidas, como chamuscadas.
La mosca zumbaba sonoramente, tratando de alcan­zar el sol de octubre, que parecía tan cercano.
Pete entró en tromba, respirando afanoso, sonrosa­das las mejillas:
He conseguido tres bien grandes, papá. Y... —se interrumpió—. ¿Te sientes bien, papaíto?
Perfectamente. Acércame la bolsa.
Hal empujó con el pie la mesa que estaba junto al sofá y cuando la tuvo junto al antepecho de la ventana, descansó en ella la bolsa. Abierta la boca de ésta como si fuesen labios, vio en su fondo las piedras que Petey había recogido. Prendió al mono con la escobilla y tiró. Tras una breve oscilación, el muñeco cayó al interior de la bolsa, done uno de los platillos produjo un débil ying al chocar con las piedras.
—¡Papá! —exclamó Petey con miedo en la voz—. Papá...
Hal volvió la cabeza hacia el niño. Notaba que algo había cambiado, que algo era distinto. Pero ¿qué? Lo descubrió al seguir la mirada de Pete. La mosca había dejado de zumbar. Estaba en la repisa de la ven­tana, muerta.
Eso —susurró Petey— ¿lo ha hecho el mono?
Vamos —dijo Hal, y cerró la cremallera de la bolsa—. Te lo contaré por el camino.
Pero ¿cómo vamos a ir a la antigua casa? Mamá y Dennis se han llevado el coche.
No te preocupes —replicó Hal, y le revolvió el pelo con la mano,
Le presentó al recepcionista su permiso de conducir y un billete de veinte dólares. Y a cambio de eso, y de su reloj digital de la Texas Instruments, a título de fianza, el otro le entregó las llaves de su coche personal, un destartalado AMC «Gremlin».
Al enfilar la Nacional 302 en dirección a Casco, Hal inició su relato, al principio con pausas, y después algo más de prisa. Primero le dijo a Petey que el mono de­bió traerlo su padre, de ultramar, probablemente como regalo para sus hijos. No era un juguete fuera de lo común ni particularmente valioso: en el mundo debía de haber centenares de miles de monos de cuerda, fa­bricados en Hong Kong, en Formosa, en Corea. Pero en un momento o en un lugar determinado —quizá en el trastero de la casa de Connecticut, la casa donde él y su hermano Bill habían vivido parte de su infancia—, algo le había ocurrido al mono. Algo malo. Quizá, precisó en tanto trataba de conseguir que el Gremlin del recepcio­nista superase los sesenta por hora, algunos seres ma­los, puede que la mayoría de ellos, no fuesen conscien­tes, no supieran de verdad el mal que contenían. Y aun­que lo limitó a eso, pues a buen seguro la comprensión del niño no alcanzaría más allá, él dejó que sus ideas siguieran su curso. La mayor parte del mal, pensó, po­día tener mucho en común con un mono mecánico al que uno da cuerda y que entonces se pone a tocar los platillos, a mostrar los dientes, a reír con sus tontos ojos de cristal... o a dar la impresión de que ríe con ellos...
Le contó a Petey lo del mono, pero sin precisar: no quería asustarle más de lo que ya estaba. La historia, con eso, resultaba inconexa y algo confusa; pero el niño no hizo preguntas; era posible que llenase por su cuenta los espacios en blanco, pensó Hal, muy a la manera en que él había soñado una y otra vez la muerte de su madre pese a no haberla presenciado.
Tanto tío Bill como tía Ida asistieron al funeral. Después el tío regresó a Maine —era la época de la co­secha— y tía Ida se quedó con ellos dos semanas, para ordenar, antes de volverse a Maine con los chicos, las cosas de la difunta. Sin embargo, la mayor parte de ese tiempo la empleó en acercarse a los chiquillos, que con la repentina muerte de la madre, habían caído en un total aturdimiento. Ella era quien acudía con un vaso de leche caliente cuando no lograban conciliar el sueño y cuando Hal se despertaba a las tres de la ma­drugada con pesadillas (pesadillas en las que veía a su madre acercarse al distribuidor de agua sin advertir la presencia, en sus profundidades de zafiro, del mono, enseñando los dientes y batiendo los platillos y levan­tando, a cada movimiento de los brazos, estelas de burbujas); allí estaba tía Ida cuando a Bill se le llenó la boca de dolorosas llagas y más tarde, tres días después del funeral, le dio urticaria; tía Ida estaba allí. Se dio a conocer a los muchachos, y antes de que tomasen el autobús de Hartford a Portland, tanto Bill como Hall habían acudido a ella separadamente y llorado en su regazo, mientras la mujer les estrechaba y les mecía en los brazos y nacía una unión entre ellos.
El día en que dejaron definitivamente Connecticut para «subir» a Maine, como se decía entonces, llegó el trapero en su vieja camioneta destartalada y se llevó el enorme montón de cosas inútiles que Bill y Hall ha­bían sacado del desván y agrupado en la acera. Reuni­dos ya todos los trastos junto al bordillo, tía Ida les pidió que volviesen al desván y mirasen si quedaban ob­jetos o recuerdos que deseasen conservar particular­mente. Teniendo en cuenta, chicos —añadió—, que no nos lo podemos llevar todo. Y Hal supuso que, tomando sus palabras al pie de la letra, Bill revisó una última vez todas aquellas fascinadoras cajas que había dejado su padre. Él no le siguió. Ya no le tenía afición al tras­tero. Durante aquellas dos primeras semanas de luto, le había asaltado una idea: a lo mejor su padre no había desaparecido, ni se había quitado de en medio por haber descubierto que tenía la pasión de los viajes y que el matrimonio no era para él.
A lo mejor se lo había llevado el mono.
Al oír la camioneta del trapero, que se acercaba calle abajo rugiendo y petardeando, Hal se armó de valor, agarró impetuosamente al mono, que seguía en la re­pisa de su lado del cuarto (desde el día de la muerte de su madre no se había atrevido a tocarlo ni siquiera para devolverlo al camaranchón) y corrió con él hacia la calle. Ni Bill ni tía Ida le vieron hundirlo en la caja de cartón donde lo encontró por primera vez y que en ese momento reposaba en lo alto de un tonel repleto de rotos cachivaches y mohosos libros, llena a su vez de trastos parecidos. Histérico, desafió al muñeco a tocar sus platillos («Adelante, ¿a que no te atreves? ¿A que no?»). El mono se quedó allí tal cual, plácida­mente reclinado, como quien espera el autobús, ense­ñando los dientes en aquella sonrisa suya, horrible y sabia.
Hal, un chiquillo de viejos pantalones de pana y rozadas botas vaqueras, permaneció allí, en pie, mien­tras el trapero, un señor italiano que llevaba un cruci­fijo y silbaba entre las mellas de los dientes, se ponía a cargar cajas y toneles en su decrépita camioneta, de laterales de madera. Le observó levantar el tonel coro­nado por la caja de cartón, y observó la desaparición del mono en el fondo de la camioneta; observó al trapero subir a la cabina y sonarse con estrépito en la palma de la mano, que luego limpió con un enorme pañuelo rojo, y poner en marcha el motor, que cobró vida con un rugido y una emisión de aceitoso humo azul, y ob­servó la camioneta que se alejaba. Y sintió el corazón aligerado de un enorme peso: lo sintió físicamente. Dio dos altos brincos, los brazos desplegados, las palmas vueltas hacia afuera, y si algún vecino estaba mirando, sin duda lo encontraría extraño, si no rayano en lo sacrílego: «Pero ¿qué hace ese niño, saltando de alegría —porque a buen seguro era eso, y un salto de alegría no puede disimularse—, con la madre enterrada hace apenas un mes?»
Él saltaba porque el mono había desaparecido, de­saparecido para siempre.
O eso creyó.
Menos de tres meses más tarde, tía Ida le mandó bajar del desván la caja de los adornos navideños, y mien­tras gateaba en busca de ellos, empolvándose las rodi­llas del pantalón, se encontró de nuevo cara a cara con él, y su sorpresa y su terror fueron tales que hubo de morderse con fuerza el filo de la mano, para no gritar... o para no caer desmayado. Allí estaba, mostrando su sonrisa dentuda, los platillos preparados, distantes un palmo y medio el uno del otro, reclinado en una esquina de la caja de cartón cómodamente, como quien espera el autobús, y como diciéndole: «Creíste que podrías deshacerte de mí, ¿verdad? Pues no es tan fácil desha­cerse de mí, Hal. Es que tú me gustas, Hal. Nacimos el uno para el otro; es tan natural: un chico con su mono favorito, un par de buenos amigos. Y al sur de aquí, no sé decirte dónde, un viejo, un estúpido trapero italiano, yace en su bañera, de patas en forma de zarpa, con los ojos desorbitados y la dentadura postiza medio salida de la boca, que formaba un grito; un trapero que huele a batería de coche, a vieja batería sulfatada. Me guardó para regalarme a su nieto, Hal; me colocó en la repisa del cuarto de baño, junto al jabón, a la na­vaja, a la loción de afeitar, y junto a la pequeña radio por la que estaba escuchando el partido de los Dodgers de Brooklyn, y yo me puse a batir los platillos, golpeé con uno de ellos la vieja radio, y allá fue el trasto, adentro de la bañera, y entonces vine a buscarte, Hal. Re­corrí por la noche las carreteras comarcales, con la luna de las tres de la madrugada brillando en mis dientes, y dejé muerta a mucha gente en muchos Lugares de los Hechos. Vine a buscarte, Hal, soy tu regalo de Navidad, de modo que dame cuerda, y ¿quién morirá? ¿Será Bill? ¿Será el tío Will? ¿O serás tú, Hal? ¿Serás tú?»
Hal retrocedió, gesticulando aterrado, los ojos en blanco, y a punto estuvo de caerse por las escaleras. Le dijo a tía Ida que no había conseguido encontrar los adornos de Navidad —era la primera mentira que le decía, y ella pareció leérsela en los ojos, pero no le pre­guntó, gracias a Dios, por qué le mentía—, y más tarde, cuando llegó Bill, la tía le pidió a él que subiese a bus­car los adornos. Después, ya solos los hermanos, Bill le dijo entre dientes que era un pasmado que no sabría encontrarse su mismo culo ni con las dos manos y una linterna. Hal ni rechistó. Estaba pálido y silencioso, y apenas tocaba la cena. Y aquella noche volvió a soñar con el mono, que golpeaba con uno de sus platillos la pequeña radio del trapero en mitad de una canción en la que Deán Martín decía con voz dulzona: «Cuando la luna te da en los ojos como una pizza grande, qué ale­gría», y la radio caía en el interior de la bañera mien­tras el mono, mostrando los dientes, batía los platillos con un yang, un yang y un yang. Sólo que quien estaba en la bañera cuando el agua se electrificaba no era el trapero italiano.
Era él.
Hal y su hijo se deslizaron terraplén abajo, detrás de la casa, hacia el cobertizo, que sobresalía del agua sobre sus viejos pilotes. Hal llevaba la bolsa de viaje en la diestra. Tenía seca la garganta y percibía los sonidos con una agudeza innatural. La bolsa pesaba mucho. La dejó en el suelo.
No toques eso —dijo, y se palpó los bolsillos en busca del llavero que le había entregado su hermano. Encontró la llave del cobertizo, que mostraba ese claro rótulo en un pedazo de cinta adhesiva.
 El día era claro, frío, ventoso; el cielo, de un bri­llante azul. Las hojas de los árboles que se apiñaban hasta la misma orilla del lago, exhibían todos los luminosos tonos del otoño, desde el rojo sangre hasta el vivo amarillo de los autobuses escolares. Y susurraban al viento, algunas revoloteando en torno a los zapatos de lona de Petey, que esperaba en pie, ansioso, y Hal, de cara al viento, percibió en él el olor de noviembre, asediado ya por el invierno.
La llave giró en la cerradura y Hal tiró de la noble hoja de la puerta. Eran tan intensos los recuerdos, que sin siquiera necesidad de mirar, bajó con el pie la cuna de madera que mantenía abierto el batiente. En el inte­rior los olores eran todos de estío: lona y madera clara, y un hálito de saludable calor.
El bote de tío Will seguía allí, los remos unidos cui­dadosamente y a bordo, como si hubiera cargado en él sus aparejos y la caja de cerveza la misma tarde ante­rior. Hal y su hermano habían salido muchas veces a pescar con el tío, pero nunca juntos: tío Will sostenía que el bote era demasiado chico para tres. La roja fran­ja que lo ceñía, y cuya pintura el hombre retocaba to­das las primaveras, estaba desvaída y descascarillándose, y las arañas habían tendido su seda en el fondo de la embarcación.
Asiéndola con ambas manos, Hal la empujó rampa abajo hasta la playita. Las excursiones de pesca figura­ban entre los mejores momentos de la niñez pasada con los tíos. Y algo le decía que eso mismo pensaba también su hermano. Aunque hombre de ordinario ta­citurno a más no poder, tío Will se tornaba expansivo en cuanto tenía el bote a su gusto, a cincuenta o sesenta metros de la ribera, con los sedales dispuestos y los dotadores ya en el agua, y abría dos cervezas, una para él y otra para Hal (que rara vez bebía más de la mitad de la única lata que el tío les dejaba tomarse, previa la advertencia de que de ningún modo debían decírselo a tía Ida, porque «¡para qué os digo!: me correría a balazos si se enterara de que os doy cerveza a los chi­cos»). Entonces relataba historias, respondía a las pre­guntas y si el anzuelo de Hal necesitaba nuevo cebo, se lo prendía. Y el bote derivada adonde quisieran lle­varlo el viento y la suave corriente.
¿Cómo es que nunca te internas hasta el centro del lago, tío Will? —le preguntó Hal en cierta ocasión.
Asómate ahí —respondió el hombre. Hal lo hizo, y vio que el agua azul se tornaba negra donde profundizaba el sedal.
Tienes ante ti la parte más honda del lago Cristal —añadió tío Will en tanto estrujaba la vacía lata de cerveza con una mano y elegía una segunda con la otra—. Si no tiene treinta metros de profundidad, no tiene un palmo. El viejo Studebaker de Amos Culligan está ahí abajo, en algún sitio. El muy necio entró con él en el lago a principios de un mes de diciembre, antes de que el hielo espesase. Y suerte tuvo en salir con vida del coche. Nunca lo sacarán de ahí, y ni siquiera llegarán a verlo, hasta que suenen las Trompetas del Juicio. El lago tiene aquí una profundidad del carajo, vaya si la tiene. Aquí hay pesca de talla. No es necesario adentrarse más. Y veamos cómo anda tu gusano. Venga, enrolla ya el maldito sedal.
Hal cumplió la orden y, mientras tío Will prendía una segunda lombriz, sacada de la vieja lata que le ser­vía para guardar el cebo, escudriñó el agua fascinado, por ver si divisaba el viejo Studebaker de Amos Culli­gan, todo herrumbre y algas saliendo por la abierta ventanilla de la puerta del conductor —el escape que había utilizado Amos en el ultimísimo momento—, y más algas adornando el volante como un collar en des­composición, y nuevas algas colgando del retrovisor y meciéndose a favor de las corrientes como un extraño rosario. Pero sólo alcanzó a ver el negro en que se fun­día el azul, y un poco antes, la lombriz de tío Will, el anzuelo escondido dentro de los anillos, suspendida allí, en medio de aquel mundo irreal, sin más realidad que la que el sol lograba prestar en aquel punto a su cuerpo. A una fugaz, vertiginosa visión en la que se representó a sí mismo suspendido de una sima insondable, el niño cerró los ojos en espera de que pasase el vértigo. Aquel día, le pareció recordar, se había bebido toda la lata de cerveza.
«... la parte más honda del lago Cristal... Si no tiene treinta metros de profundidad, no tiene un palmo.»

Se detuvo un segundo, jadeante, y miró a Petey, que seguía observando con expresión inquieta.
¿Necesitas que te ayude, papá?
Espera un instante.
Recuperado el aliento, arrastró el bote hasta el agua, dejando con eso un surco en la estrecha faja de arena. La pintura se encontraba descascarillada, pero la em­barcación, que habían tenido a cubierto, parecía en buen estado,
Cuando salían con tío Will, éste tiraba de la barca rampa abajo y, a flote ya la proa, saltaba al interior, se armaba de un remo para impulsarse y decía: «Da un empujón, Hal... ¡hay que ganarse las algarrobas!»
Alcánzame esa bolsa, Petey, y dame un empujón dijo. Y sonriendo un poco, añadió—: Hay que ganar­se las algarrobas.
El niño, sin corresponder a la sonrisa, preguntó:
¿Voy contigo, papá?
Esta vez, no. En otra ocasión saldremos y te lleva­ré a pescar; pero esta vez... no.
Petey vaciló. El viento le revolvió el oscuro pelo, y un puñado de hojas, amarillas, secas, crujientes, arre­molinándose por encima de sus hombros, fueron a parar al agua de la orilla y allí se quedaron cabeceando, con­vertidas, a su vez, en pequeñas lanchas.
Tendrías que haberlos forrado —comentó por lo bajo.
¿El qué? —pero le pareció comprender lo que quería decir el niño.
Los platillos. Debiste envolverlos en algodón. Y su­jetarlos con cinta adhesiva. Para que no pudiera... ha­cer ese ruido.
Hal recordó de improviso que Daisy se le había acercado —no caminando, sino a tumbos— y que de forma completamente inesperada le había empezado a brotar sangre de los ojos, empapándole el cuello y sal picando el suelo del granero; recordó que le fallaron las patas delanteras y cayó de bruces... y que en el aire quieto de aquel lluvioso día de primavera oyó, procedente del desván de la casa, que distaba quince metros y no acallado, sino curiosamente claro, aquel sonido: ¡Yang-yang-yang-yang!
Rompió a chillar histéricamente, dejó caer la braza da de leña que había estado recogiendo para el fuego y echó a correr hacia la cocina, en busca de tío Will que estaba comiendo huevos revueltos y tostadas y que ni siquiera se había ajustado aún los tirantes a los
hombros.
«La perra estaba vieja, Hal —le dijo tío Will, ojeroso y con aire de infelicidad: también a él se le veía viejo—. Tenía doce años, y eso es mucho para un perro. Ea, no te pongas así. A la buena de Daisy no le gustaría eso.»
     «Estaba vieja», había confirmado el veterinario pero lo hizo con expresión turbada, porque lo perros, ni aun los de doce años, no mueren de virulentas hemo­rragias cerebrales («Como si alguien le hubiera metido un triquitraque en la cabeza —oyó Hal que el veterina­rio le decía a tío Will mientras éste cavaba un hoyo en el fondo del granero, no lejos de donde había enterrado a la madre de Daisy en 1950—; nunca había visto una cosa semejante, Will»).
Y más tarde, medio loco de miedo pero, a pesar de ello, incapaz de contenerse, Hal había subido al desván.
«Hola, Hal, ¿cómo andamos?», le sonrió el mono desde su oscuro rincón. Tenía separados los platillos, a cosa de un palmo y medio. El almohadón del sofá que Hal había puesto de pie entre ellos, se encontraba en la otra punta del desván. Algo —alguna fuerza— lo ha­bía arrojado allí con violencia bastante para rasgar la funda, por donde asomaba el relleno. «No te preocupes por Daisy —le susurró el mono en el interior de la cabeza, sus ojos de vidrio, color avellana, fijos en los de Hal, azules y muy abiertos—. No te preocupes por Daisy, estaba vieja, Hal, el mismo veterinario lo dijo. Y por cierto, ¿viste cómo le salía la sangre por los ojos? Dame cuerda, Hal. Dame cuerda y juguemos. ¿Ya quién le va a tocar morir esta vez? ¿A ti, Hal?»
Y al recuperarse se sorprendió a sí mismo en el acto de avanzar, como hipnotizado, hacia el mono. Tenía tendida ya una mano en dirección a la llave de la cuerda. Retrocedió entonces precipitadamente, y en su prisa estuvo a punto de caer desde lo alto del desván, cosa que probablemente hubiera ocurrido de no ser tan estrecha la escalera. De la garganta le brotaba una especie e sordo gemido.
Ya desde su asiento del bote, terminada la evocación, le dijo a Petey:
—Silenciar los platillos no sirve de nada. Lo probé una vez.
El chiquillo dirigió una nerviosa mirada a la bolsa de viaje.
¿Y qué ocurrió, papá?
No quiero hablar de eso ahora. Ni a ti te gustaría enterarte. Anda, dame un empujón.
Mientras el niño se aplicaba en ello, la popa de la lancha arañó la arena. Hal hundió un remo en el agua, y con eso cesó inesperadamente la sensación de estar atado a la tierra: el bote, devuelto a su propia natura­leza después de tantos años de reclusión en el oscuro cobertizo, flotó con ligereza, mecido por las suaves olas. Hal puso el segundo remo en el agua y fijó ambos con los toletes.
Ten cuidado, papá —dijo Petey.
No tardaré más que un momento —le prome­tió Hal.
Pero, mirando la bolsa de viaje, se preguntó si se­ría así.
Comenzó a remar con entrega. Volvió el antiguo, co­nocido dolor que se le localizaba entre la base de la es­palda y los omoplatos. La orilla se alejaba. Como por arte de magia, Petey regresó a sus ocho, a sus seis, a sus cuatro años, allí, al borde del agua, apantallándose los ojos con una mano minúscula. Con una expresión de angustia en su cara.
Aunque lanzó una distraída mirada a la costa, Hal no quiso examinarla con verdadera atención. Si lo ha­cia, con los quince años que habían transcurrido, vería más lo cambiado que lo subsistente, y eso iba a deso­rientarle. El sol le daba de firme en la nuca, y rompió a sudar. Como desviara los ojos hacia la bolsa de viaje, perdió por un instante el rítmico vaivén del bogar. Parecía como... como si la bolsa se estuviera hinchando. Comenzó a impulsar los remos con más viveza.
Una ráfaga de viento le secó el sudor y le refrescó la piel. La proa se levantó y, al cortar de nuevo el agua, lo hizo con golpe tajante. ¿No se había enfriado el aire de pronto? Y Petey, ¿no gritaba algo en la orilla? Sí... Con el rumor del viento, no alcanzaba a oírle. Pero no importaba. Lo importante era desembarazarse del mono por otros veinte años, o quizá...
(oh, sí, Dios mío, te lo ruego)
... o quizá para siempre.
Al cabecear el bote, Hal miró a la izquierda y vio pequeñas cabrillas. Vueltos de nuevo los ojos hacia la costa, divisó el promontorio de Hunter's Point y una ruina que debía corresponder al que había sido, cuando él y su hermano Bill eran niños, el cobertizo de los Burdon. Así pues, estaba a punto de llegar. A punto de alcanzar el sitio donde el famoso Studebaker de Amos Culligan se fue al fondo, roto el hielo, en un diciembre ya muy lejano. Estaba a punto de penetrar en lo más hondo del lago.
    Petey estaba chillando. Chillaba y señalaba algo. Pero Hal seguía sin entenderle. La barca avanzaba en­tre saltos y bandazos, levantando espuma a ambos la­dos de la despintada proa con cada impulso. En una de las rociadas brilló un minúsculo arco iris para disol­verse en seguida. Sol y nubes, cruzando velozmente el lago, pintaban en su superficie lo que se hubieran dicho persianas, y el agua ya no estaba mansa: las cabrillas iban tomando volumen. Donde antes sudaba, sentía de pronto carne de gallina, y el agua pulverizada le había empapado la espalda de la cazadora. Con la mirada viajando entre la costa y la bolsa de viaje, se puso a re­mar con ahínco. Volvió a levantarse el bote, esa vez tan alto, que por un momento el remo cortó el aire y no el agua.
Su voz reducida ya a un eco distante, Petey gritaba señalando al cielo.
Hal miró a un lado.
Agitado por un furioso oleaje, el lago había adquirí do un azul terriblemente oscuro, surcado de costurones blancos. En dirección a la lancha atravesó veloz mente sus aguas una sombra en cuyos contornos Ha reconoció algo familiar, algo tan espantosamente familiar, que no pudo menos de levantar la mirada. Y entonces se formó en su garganta un grito estrangulado.
Era una nube. El sol, oculto por ella, perfilaba en ella la silueta de un personaje encorvado que blandía a cierta distancia uno de otro, un par de platillos. Por los desgarrones que la nube tenía en sus extremos, el sol se derramaba en dos haces verticales.
Cuando el nubarrón alcanzó al bote, los platillos del mono, su sonido apenas amortiguado por la envoltura de la bolsa, rompieron a tocar. «Yang-yang-yang-yang eres tú, Hal, por fin eres tú; estás en lo más hondo del lago, y ahora te toca a ti, a ti, a ti.,.»
Todos los elementos esenciales de la línea costera habían vuelto, como por acción de un resorte, a sus lugares correspondientes. La podrida osamenta del Studebaker de Amos Culligan se encontraba allí abajo, al, yacían sus trozos más grandes. Aquél era el lugar.
Con un rápido movimiento, Hal embarcó los remo; se inclinó e, indiferente a los violentos bandazos del bote, se hizo con la bolsa. Los platillos interpretaba con desenfreno su música pagana; los costados de 1a bolsa se agitaban como animados por una tenebrosa respiración.
¡Aquí será, hijo de perra! —chilló—. ¡ aquí mismo!
A continuación, lanzó la maldita bolsa por la borda.
Se hundió de prisa. Por un instante la vio descender, sus laterales moviéndose, y durante ese infinito lapso... ¡le llegó el batir de los platillos! Momentáneamente, las negras aguas parecieron aclararse y, escudriñando aque­lla terrible sima, Hal alcanzó a ver el lugar donde ya­cían los restos más notorios; allí estaba el Studebaker de Amos Culligan, y en su limoso volante, convertida en risueña calavera por una de cuyas vacías cuencas atisbaba una perca, se encontraba la madre de Hal. Tío Will y tía Ida flotaban junto a ella, y cuando la bolsa llegó girando, con una corta estela de plateadas bur­bujas tras de sí, y con su yang-yang-yang-yang, la mele­na gris de tía Ida se elevó enhiesta en el agua.
Al devolver los remos al agua con gran violencia, Hal se desolló los nudillos, que le sangraron («pero, ¡santo Dios!, si el asiento trasero del Studebaker de Amos Culligan estaba lleno de niños muertos: Charlie Silverman... Johnny McCabe...»), pero empezó a virar.
En el fondo de la barca sonó un chasquido seco como un pistoletazo y, de pronto, por entre dos tablas comenzó a entrar agua. Era una vieja embarcación, y sin duda la madera se había contraído un poco, pero se trataba de una pequeña grieta. Una grieta que, sin embargo, no existía cuando Hal inició el viaje. Eso lo hubiera jurado.
Lago y costa habían cambiado de lugar en su cam­po de visión. Petey se encontraba ahora a su espalda. En lo alto, la espantosa sombra simiesca se estaba de­sintegrando. Hal se aplicó a remar. Veinte segundos bastaron para convencerle que le iba la vida en aquello: era un nadador sólo mediano, e incluso un campeón se hubiera visto en apuros con unas aguas de improviso tan embravecidas.
Con el mismo pistoletazo de antes, otras dos tablas se resquebrajaron inesperadamente. El agua, entrando en mayor caudal, le mojó los zapatos. Oyó pequeños chasquidos metálicos, y comprendió que eran de clavos que se rompían. Uno de los toletes saltó de su anclaje y fue a parar al agua. ¿Se desprendería a continuación la pieza móvil que daba soporte al remo?
El viento le soplaba de espalda, como si tratara de frenar su avance, o quizá de empujarle hacia el centro del lago. Aunque estaba aterrado, sentía, en medio de su pavor, una especie de disparatado júbilo: aquella vez el mono había desaparecido para siempre, algo le daba esa certeza. Fuese de él lo que fuera, el mono no habría de volver para proyectar su sombra sobre la vida de Dennis o la de Petey. Estaba en el fondo del lago Crystal, quizá sobre el tejado del Studebaker de Amos Culligan. Había desaparecido para siempre.
Remó alternando flexiones y retrocesos. De nuevo se hicieron audibles los crujidos de antes, de madera hendida, y con eso reparó en que la oxidada lata del cebo, la que guardaban junto a la proa, estaba flotando en una capa de ocho centímetros de agua. Una rociada de espuma bañó el rostro de Hal. A un estridente chas­quido, el asiento de proa cayó quebrado en dos y que­dó flotando junto a la lata. Una tabla se desprendió en el flanco izquierdo del bote, y luego una segunda, por el de­recho, junto a la línea de flotación. Hal tiró de los re­mos. Jadeaba, seca y abrasada la garganta, y pronto sintió en la boca el sabor de cobre del agotamiento. El pelo, sudoroso, le revoloteaba.
Inesperadamente, se abrió en el mismo fondo de la lancha una grieta que, zigzagueando entre los pies de Hal, se extendió hasta la proa. Irrumpió por ella un to­rrente de agua que primero le cubrió los tobillos y luego fue alcanzándole las pantorrillas. Si bien Hal remaba, el avance se había hecho lento. No se atrevió a volverse para ver qué distancia le separaba de la costa.
Se soltó una nueva tabla. La grieta del fondo se es­taba ramificando, como si fuera un árbol. El agua en­traba a borbotones.
Hal, que resollaba con afán, hizo volar los remos. Tiró de ellos una, dos veces, y a la tercera... las dos piezas giratorias se rompieron con un chasquido. Per­dido un remo, se aferró al otro. Poniéndose en pie, comenzó a impulsarse alternando paladas. Pero a un tumbo que casi hizo volcar la barca, Hal se vio devuelto al asiento con un golpe seco.
Momentos más tarde se desprendían más tablas, el banquillo se venía abajo y él iba a parar al fondo de la embarcación, al agua que lo colmaba y cuya frialdad le dejó pasmado. Mientras trataba de arrodillarse, pen­só angustiado: «Petey no tiene que ver esto, no tiene que ver ahogarse a su padre delante mismo de sus ojos; debes hacer algo, nadar al estilo de los perros, si es preciso, pero haz, haz algo...»
Tras un nuevo, desgarrado crujido, que fue casi una explosión, se encontró en el agua, nadando como no lo había hecho en su vida, y... la orilla estaba asombrosa­mente cerca. Un minuto más tarde se encontraba de pie, con el agua a la cintura, a menos de cinco metros de la playa.
Petey chapoteó hacia él, con los brazos en alto, gri­tando, llorando, riendo. Hal se lanzó hacia el chiquillo, avanzando a trompicones. Petey, con el agua al pecho, se adelantaba de la misma manera.
Se abrazaron el uno al otro.
Hal, exhausto, respiraba con grandes boqueadas, pero no por eso dejó de tomar al niño en brazos y lle­varle así hasta la playa, donde ambos se tumbaron ja­deantes.
Papá, el mono ese, malo-asqueroso... ¿ya no está?
No, creo que no. Y esta vez para siempre.
El bote se desmontó... cayó a pedazos a tu alre­dedor.
Hal miró las tablas que flotaban libremente doce metros lago adentro. No guardaban el menor parecido con la sólida barca hecho a mano que había sacado del cobertizo.
Ya no importa —dijo, reclinándose sobre los codos.
Cerró los ojos y dejó que el sol le calentara la cara.
¿Viste aquella nube? —susurró Petey.
Sí, pero ya no la veo... ¿y tú?
Observaron el cielo. Blancos jirones dispersos flota­ban en él, pero no había ninguna nube grande a la vista. Como Hal dijera, se había ido.
Tiró de Petey y le puso en pie.
En la casa encontraremos toallas. Vamos —pero se detuvo a mirar a su hijo—. Qué loco fuiste, echarte al agua de esa manera.
El niño le contempló con expresión solemne.
Y tú qué valiente, papá.
¿De veras? —la idea del valor no le había ni tan siquiera cruzado el pensamiento. Sólo el miedo. El miedo había sido demasiado grande para dejarle ver nada más. Supuesto que hubiera habido verdaderamen­te algo más—. Vamos, Pete.
¿Y qué le contamos a mamá? Hal sonrió.
No lo sé, grandullón. Ya se nos ocurrirá algo. Todavía se detuvo un momento, para mirar las tablas flotantes. Las aguas del lago habían recuperado su serenidad y centelleaban de minúsculas olillas. De im­proviso, Hal se puso a pensar en veraneantes a quienes ni siquiera conocía: quizás un hombre y su hijo, a la pesca de un pez gordo. «¡Papá, algo ha picado!», grita el chico. «Bien, pues enrolla y veamos», responde el padre. Y de las profundidades surge, con algas colgán­dole de los platillos, y en la cara su terrible sonrisa de bienvenida... el mono.
Se estremeció... pero no eran más que posibilidades.
Vamos —le dijo de nuevo al niño.
Y juntos remontaron el sendero, a través del llameante bosque otoñal, hacia la vieja casa.


Del Bridgton News,
24 de octubre de 1980

EL MISTERIO DE LOS PECES MUERTOS
por
Betsy Muriarty

Centenares de peces sin vida fueron hallados la semana pasada, flotando boca arriba, en el lago Cris­tal de la vecina localidad de Casco. La mayor parte de ellos parecían haber muerto en las proximida­des de Hunter's Point, si bien a causa de las corrien­tes del lago no es fácil determinar esto último. La mortandad de peces los incluía de todas las especies comunes en aquellas aguas: lucios, percas, lampre­huelas, carpas, truchas pardas y truchas irisadas, e incluso un salmón lacustre. Las autoridades de Caza y Pesca se manifiestan desconcertadas ...
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