sábado, 25 de octubre de 2014

"El Visitante Maligno II" Capítulo III de Fernando Edmundo Sobenes Buitrón.


Hoy te presento el Capítulo III de mi novela: "El Visitante Maligno II".

SOLO PARA ADULTOS

Este primero de noviembre no olvides su lanzamiento por Amazon. (para Kindle)

Muchas gracias por tu amable atención y espero que la disfrutes...

http://elvisitantemaligno.blogspot.com/p/hoy-te-presento-el-capitulo-iii-de-mi.html






EL VISITANTE MALIGNO II
 CAPÍTULO III
(Para móvil)
      

      Una vez terminada la cena y luego de excusarse con su familia e invitados, Roberto Missarelli se dirigió al estudio en la parte superior de su casa a prepararse para realizar la labor que le encomendaron en la Santa Sede. Encendió su computadora y conectó el pen drive que recibiera de manos del arzobispo Bono empezando a revisar su contenido. En éste había una serie de archivos con fotografías, documentos y videos sobre la vida del exorcista. En una de esas imágenes Rivetti aparecía mucho más joven y delgado; haciendo difícil creer que aquella cabeza destrozada en la iglesia, le hubiera pertenecido. No concebía cómo era posible esta clase de crimen tan execrable debido al sadismo y dedicación especial como fue llevado a cabo—«Alguien se  tomó mucho tiempo en descargar su furia llevando la tortura y humillación de Rivetti a niveles inimaginables…»—pensó.

      Recordando el vídeo de la iglesia, trataba de entender si existía algún tipo de simbolismo, o mensaje por la forma en que había sido ejecutado y dispuesto el cuerpo del cura. Quizás alguna secta o agrupación diabólica estuviera tras esta muerte ya que; —pese a contar con el informe forense sobre la autoría del crimen que recaía en Will Perrys—le parecía difícil que hubiera obrado  apenas  un homicida. Los destrozos de las imágenes, la tortura, la sodomía, el desmembramiento, la decapitación y el decorado del templo con el cuerpo del religioso sencillamente no se ajustaban al lapso de tiempo en que una sola persona hubiera podido llevarlo a cabo: «es probable que Perrys no hubiese actuado solo—pensó—podría haber contado con la complicidad de una o más personas de las que no se tienen rastros. Pero también cabía la posibilidad de que algún grupo radical, anticlerical, satanista u otro, hubieran ejecutado la masacre. Quizás era alguna forma de sacrificio u ofrenda; una misa negra… o de repente hay algo más profundo. ¿Venganza, acaso?». Sin embargo sabía que existía la factibilidad de que una persona producto de una alteración mental o debido al consumo de drogas, pudiera desarrollar una fuerza y conducta anormal que lo llevara a cometer cualquier tipo de acción violenta e inclusive; un acto tan brutal, repugnante y sacrílego como lo sucedido en ese pueblo de los Estados Unidos llamado: “Lago Feliz”. « ¡Qué ironía! —Reflexionó— llamarse de esa manera un lugar donde ocurrieron tales desgracias»

      La coincidencia de las muertes de los tres sacerdotes en la misma fecha, era demasiado inusual como para pasarla por alto y —como era obvio—desligarlas entre sí. Mayor razón aún para dudar que una sola persona hubiera tenido el don de la ubicuidad y pudiera estar en ambos lugares al mismo tiempo. Apenas existía un escueto informe sobre los clérigos Josh Miller y Richard Duncan que daban cuenta de su fallecimiento debido al colapso de una cabaña en el muelle a orillas del lago de ese pueblo, determinando que los decesos fueron de índole accidental. Luego el posterior incendio había carbonizado sus cuerpos dejándolos irreconocibles. « ¿Pura casualidad la muerte de Rivetti, Miller y Duncan el mismo día?—se preguntó— ¿Qué hacían ambos en esa cabaña en la noche? ¿Estaban buscando algo?..»

      «Aquí hay algo muy extraño. —Pensó—El monseñor Bono está mal informado o no me ha dicho todo lo que sabe…»

      Necesitaba tener conocimiento del informe forense de primera mano: las pruebas toxicológicas y todos los exámenes que se hicieron al cadáver de Rivetti y de los otros dos sacerdotes. De ser necesario, entrevistar al patólogo que estuvo a cargo de la autopsia e inclusive a las personas que hallaron los cuerpos; ya que esto le ayudaría a resolver algunas dudas que tenía sobre el caso. Sabía que era imposible llevar a cabo la exhumación del cadáver debido a que el cuerpo fue cremado y sus cenizas habían sido colocadas en el cementerio del Vaticano.

      No obstante, contaba con el informe oficial que identificaba al autor de los crímenes como Will Perrys y sabía que debía empezar sobre ese hecho le gustara o no. «En el desarrollo de la investigación espero poder llegar a la verdad…»—pensó. 

      De igual modo le llamaba la atención la forma en que El Vaticano había manejado el caso y sobre todo la demora en las averiguaciones.  Un principio elemental en investigaciones se le vino a la cabeza recordando al criminalista francés Edmond Locard: “El tiempo que pasa es la verdad que huye…” « Si tenían tanto interés en develar la verdad ¿por qué la tardanza?—pensó— ¿estaban esperando que en realidad el tiempo sanara las heridas como dijo el secretario papal?»   La manera en que el clero había influenciado en las autoridades locales para enmascarar la veracidad de los hechos tales como acaecieron, y dilatar o diluir las averiguaciones le causaba suspicacia. Sabía por propia experiencia del poder de La Iglesia para proteger sus intereses. Es más; fue testigo de excepción de ello cuando querían resguardar a algún prelado importante y ocultar la suciedad; sobre todo, en el asunto de abusos sexuales con menores. Pero en este caso, un homicidio de esta magnitud y con alguien tan importante para el clero… era algo muy confuso.

      La información emanada de las autoridades del lugar que recibió hacía algo más de veinticuatro horas—firmada por la policía de Lago Feliz y por el comisionado de policía del estado Burt Nielsen—, se referían casi en exclusiva a lo ocurrido con Piero Rivetti y apenas una somera mención sobre el accidente que costó la vida a los otros curas—«es extraño que el informe haya sido refrendado por una autoridad de ese nivel—pensó—supongo que lo hizo debido a la importancia de su destinatario». En éste le  adjuntaron el video del hallazgo del cadáver además de las conclusiones sobre la autoría de los hechos; en tanto que los archivos de la memoria USB que le entregó el arzobispo versaban de manera fundamental sobre el trabajo del sacerdote a lo largo de los años como exorcista oficial, enviado por la iglesia a diversas partes del mundo para realizar su labor de expulsión del demonio en los casos de posesión diabólica reconocidos por ésta. En el documento ensalzaban su labor y se hacía un recuento de los casos en que intervino. Se trataba casi en exclusividad sobre la “obra y milagros” de Piero Rivetti. Un compendio de su trabajo pastoral y sus publicaciones, además de condecoraciones diversas que había recibido de la Iglesia a lo largo de su carrera. Del mismo modo, existían numerosos videos de personas poseídas y del eclesiástico llevando a cabo el ritual del exorcismo. El documento en realidad lo hacía ver como un dechado de virtud y un ejemplo a seguir por las nuevas generaciones de sacerdotes. «Parece que se estuvieran refiriendo a un santo» —pensó, mientras lo leía—…

      …nuestra amada Madre Iglesia ve con profundo pesar cómo la mano perversa del enemigo de Cristo y de los hombres; Satanás, en su terrible iniquidad, tomó la espada del odio y la venganza dejándola caer en uno de sus más connotados hijos: nuestro insustituible hermano Piero Rivetti ocasionando su lamentable fallecimiento. Pero este sacrificio no fue en vano. Su oblación ha sido una muestra del valor que tiene nuestra misión evangelizadora rescatando las almas de las garras del mal. Con esta acción se ha puesto de manifiesto el amor, vocación y entrega desinteresada de uno de los más importantes caballeros de la cristiandad contemporánea.  En honor a éste, Su Santidad ha dispuesto tomar las acciones requeridas para efectuar los trámites de beatificación…
     
      Pese a ser católico, le costaba creer —como mostraba el documento—que Piero Rivetti hubiese sido víctima de Lucifer. «Al menos en la forma en que lo mostraba la Iglesia»—especuló—.

      Intuía que en realidad la intención de la Iglesia era la de crear un nuevo mártir, la figura de un nuevo nombre que le hiciera publicidad. Nada más conveniente que demostrar de una vez por todas que existía el demonio y por ende el infierno. Había mucha información sobre exorcismos y posesiones. La Internet estaba plagada de vídeos de las llamadas posesiones diabólicas; además existía una gran variedad de películas y novelas al respecto que en verdad, lo único que demostraban era la falsedad de tales “apoderamientos satánicos”, “enajenaciones del alma” o como quiera que se le llamase.  Por lo tanto con el caso Rivetti, más de dos milenios de la existencia del catolicismo justificaba su razón de ser. De un lado quedaban todos los desaciertos, abusos, excesos y demás actos execrables cometidos por los integrantes de la Iglesia Católica  en nombre de Dios que se suscitaron a lo largo de la historia. ¿Qué mejor oportunidad para demostrar la autoridad, pertinencia y vigencia de las enseñanzas bíblicas? ¿Cómo no creer entonces sobre lo trascendental de la Iglesia de Cristo en el ser humano? Ahora por fin, quedarían por el suelo las explicaciones científicas sobre posesiones diabólicas.  Nietzsche tendría que estar ardiendo en el infierno arrepentido por todo lo que había escrito sobre ésta y el sacerdocio. Era una oportunidad inigualable para poder expiar sus atrocidades y demás iniquidades. De una vez y para siempre erradicarían el ateísmo y silenciarían a esas personas que criticaban injustificadamente al clero. Pero esto iba mucho más lejos; colocarse como la más importante, única y verdadera religión del mundo era una ocasión que no se podía desaprovechar. Lograr la supremacía mundial inclusive sobre los gobiernos, como la representación absoluta e inequívoca de Dios en la tierra. He ahí la razón por la cual lo buscaron para llevar a cabo una investigación que arrojara unos resultados en los que les permitiera basar esa premisa.

      Como buen investigador tenía que estar abierto a todos los indicios. Había que seguir todas las señales, evidencias y demás acciones que lo condujeran a obtener una conclusión verdadera sobre la muerte de Piero Rivetti y los otros sacerdotes: Josh Miller y Richard Duncan. Por eso era necesario entrevistarse con las autoridades de “Lago Feliz” y especialmente  con Burt Nielsen: Comisionado de Policía de la ciudad de Orlando quien era la máxima autoridad y podría ayudarlo a obtener toda la información que requería para esclarecer los asesinatos.  

      Tuvo oportunidad de conocer a Nielsen en un congreso internacional sobre prevención de lavado de dinero y legitimación de capitales, donde ambos concurrieron hacía diez años en Washington dictado por el FBI, cuando éste era capitán de la policía estatal. Allí coincidieron con otras tantas autoridades de diversos países y estuvieron compartiendo por quince días, pero en realidad no tenían una relación de amistad. Su comunicación se limitaba a intercambio de informaciones dentro del ámbito policial. Aparte de eso, no sabía qué tipo de vinculación podría guardar el comisionado con las más altas esferas del poder en El Vaticano. «Ya tendré la oportunidad de conversar con él»—pensó—… 

      Requería conocer con precisión sobre todas las actividades del malogrado exorcista y no se basó  exclusivamente en la información proporcionada por el Arzobispo, ya que sabía que podía estar sesgada y de acuerdo a los intereses de la Iglesia. Buscando en la Internet descubrió con sorpresa que el sacerdote era el autor de unos cuantos libros referentes a Satanás: “El Demonio al Acecho de la Iglesia Católica”, “Conductas Demoniacas”, “Laberintos Oscuros”, “Maneras de Combatir a Satanás”, “Mi Lucha Contra el Mal”, entre otras tantas obras de ese tipo. Inclusive tenía un blog personal donde exponía una treintena de casos en donde intervino—omitiendo los nombres de los exorcizados—expulsando al demonio y hacía gala de un auténtico conocimiento en estas lides espirituales de combate contra las fuerzas demoníacas. En su página personal se presentaba como sacerdote, teólogo y experto en demonios; además de su currículum de estudios desde el seminario, contando con una maestría sobre historia del cristianismo, hasta efectuar su doctorado en teología en Roma y llegar a consagrase como “experto en demonología”.  Tenía una gran cantidad de seguidores, muchos de ellos le escribían solicitándole ayuda debido a que sentían ciertas “presencias” en sus viviendas. Otras se referían al cambio de carácter y conducta de algún familiar; e inclusive, había algunos que hasta le rogaban que acudieran en su ayuda para poder arrojar al mal de sus vidas.

      — «Pareciera que hay una pandemia demoníaca—pensó con incredulidad…»

      Pero su escepticismo y rechazo al trabajo de Rivetti iba en aumento debido a las respuestas poco ortodoxas que contestaba a las preguntas de quienes le consultaban.  Según éste, no había lugar a dudas respecto a la influencia del mal sobre la tierra. Parecía que el demonio habitara en todos los lugares y rincones apoderándose de la humanidad.  Su cruzada contra Satanás lucía más bien como los delirios de un fanático religioso de la santa inquisición, que veía al demonio por doquier sin preguntarse si la causa de esos males era debido a otra tipo de etiología, diferente a la religiosa…

      Tantos años en su cargo le permitió relacionarse con los jefes de policía de otras naciones. Con algunos de ellos guardaba una estrecha amistad. Por lo que solicitó a sus excolegas toda la información que pudieran obtener sobre Piero Rivetti Cavazzi. Desde sus movimientos migratorios hasta cualquier otra información de relevancia que se pudiera obtener. Dicha solicitud fue enviada a varios destinatarios de diversas latitudes de los cinco continentes…

      Prosiguió observando las fotos del caso en la computadora. «Es necesario revisar a fondo qué sucedió con los tres sacerdotes—pensó— no puedo basarme únicamente en lo que tengo en mi poder. Este caso es complicado y debo tratarlo con suma delicadeza…»

      Agotado con el esfuerzo desplegado desde tempranas horas, apagó la lámpara de mesa y se retiró las gafas con la mano izquierda poniéndolas sobre el escritorio, colocando los dedos índices y pulgar de su otra mano sobre sus parpados masajeando sus ojos cansados que le causaban ardor. Luego situó las manos entrelazadas tras su nuca estirando las piernas. Miró el reloj digital gris que se encontraba frente a sus ojos en la pared y se sorprendió al ver que eran casi las tres de la madrugada. El tiempo había transcurrido velozmente y   llevaba en ese lugar más de tres horas.

      Con razón la casa se sentía tan vacía, en silencio y se encontraba tan cansado a la vez que somnoliento.  Se retrepó sobre el espaldar del sillón empezando a contemplar el techo, meditando. Tratando de hallar en los resquicios de su cerebro las respuestas a todas las interrogantes que se amontonaban en su cabeza. « ¿Será que estoy siendo demasiado duro y desconfiado?—se preguntó—o en verdad hay algo que no me han dicho…»

      Desde la reunión que sostuvo en la mañana lo acompañaba una sensación de ansiedad que nunca antes  experimentó. Lo quería atribuir a todo lo que  vio y leyó sobre este caso tan especial que ahora, era una obligación que no debió haber aceptado.  Le costaba reconocer qué era aquello que lo hacía desear retirarse del caso. ¿Era tan solo el efecto de haber visto el cuerpo del sacerdote en aquella deplorable condición o existía algo más? ¿Sería temor quizás?  « ¿Pero a qué?—se preguntó— En el transcurso de su trabajo había lidiado con muchos delincuentes y de igual forma homicidios de diversa índole; pero tenía que admitirlo: Jamás se  encontró con algo como esto. Muy dentro de sí, intuía que había algo muy extraño. Algo que le costaba descifrar…

      De una manera inesperada sintió una pequeña brisa que entraba desde la calle a través de la ventana del despacho. Como si fuera una ligera caricia que lo hizo aspirar el aire tratando de relajarse. Estiró las piernas y empezó a empujarse con los pies, haciendo que las patas delanteras del sillón se levantaran un poco balanceando el asiento. Abrió los ojos y empezó contemplar las sombras que formaban el exiguo rayo de luz que venía del exterior. Le parecía que diminutas agujas entraban en sus ojos causándole un ligero escozor forzando a cerrarlos una vez más por unos instantes, mientras proseguía meciéndose hasta que, sin darse cuenta, se impulsó demasiado  y perdiendo el equilibrio, cayó pesadamente hacia atrás…

      Instintivamente colocó sus brazos hacia la parte posterior del cuerpo para protegerse de la caída pero; por la rapidez de la precipitación, no se percató que descendía de forma diagonal hacia la izquierda y el peso de su humanidad fue soportado por el codo de ese lado. Pudo sentir como si mil voltios hubiesen atravesado su articulación, pasando por su antebrazo y llegando hasta el hombro. Mientras caía, los pies se elevaron violentamente pateando el escritorio, haciendo volar el teclado y el ratón a la vez que desconectando el ordenador, apagándolo.

      En medio de la oscuridad, se incorporó del suelo con un agudo dolor haciéndolo apretar los dientes para evitar gritar. Llevando de forma instintiva la mano derecha a la articulación lesionada masajeándola, tratando de mitigar su tormento e imaginando que había sufrido una fractura u otra lesión considerable; además del ruido que  causó su caída llevándose consigo lo que se hallaba sobre su escritorio creía haber alborotado hasta a los vecinos: «con este ruido me imagino que las desperté… »—pensó— luego salió del estudio hacia la cocina ubicada en la planta baja con la intención de conseguir algo de hielo para colocárselo en la parte donde sufrió el golpe. Comenzó a atravesar el pasadizo que conectaba el recinto con el resto de las habitaciones apenas iluminado por la luz de la luna que entraba por su despacho, cuando a unos cinco metros de distancia al final del corredor algo cruzó frente a él y al principio le pareció ser una silueta. Duró menos de un segundo, pero lo tomó por sorpresa colocándolo en guardia: — ¡Mi amor!, ¡Lucía!—llamó despacio, pensando que se trataba de su esposa sin obtener respuesta. Continuó avanzando hasta llegar al otro extremo del corredor. Intentó encender el interruptor y en ese instante, la poca claridad que le llegaba desde su oficina se apagó quedando la casa en penumbras. De nuevo presionó el interruptor de la electricidad pero la oscuridad prevaleció en el lugar. «Qué raro —pensó— debe haber un problema con los fusibles o algún apagón en la zona». Volteó tratando de distinguir entre las sombras la habitación de Carla, pero esta se hallaba cerrada al igual que la principal donde descansaba su esposa. «Dios—pensó— con este dolor y a oscuras, mejor voy abajo a buscar el hielo». A tientas procedió a bajar las escaleras con el codo latiéndole como si le hubieran introducido un clavo de metal al rojo vivo. Sujeto al pasamano, empezó a descender y con dificultad llegó a la planta baja. Tocando la pared se pudo orientar y de esta manera se dirigió a la cocina, llegó hasta la nevera y de la parte superior extrajo un paquete de carne congelada que se colocó en el codo lo cual poco a poco lo empezó a aliviar. Ya no sentía el clavo ardiente, ahora era un latido que poco a poco iba decreciendo en intensidad…

      En medio de la oscuridad buscaba a tientas una de las gavetas donde sabía que encontraría una linterna. La mano derecha la tenía entumecida y adolorida por haber estado sosteniendo el paquete de carne congelada. Colocó el bloque helado sobre la mesa y empezó a sacudir su extremidad, permitiendo que entrara en calor, acalambrada y adormecida por el frío que había soportado. Numerosas agujas penetraron en su mano causándole un ligero dolor, mientras la sangre reanudaba su camino entre la palma, dorso y dedos, hasta que pudo moverla con normalidad. Por fin encontró el mueble que buscaba y palpándolo comenzó a examinar hasta que encontró la linterna que requería. Una vez que la encendió, un rayo de luminosidad atravesó la lobreguez aterrizando sobre la pared formando un pequeño círculo de luz.

      De inmediato pudo sentir como un nudo se instaló de sus entrañas y su piel se erizó cuando vio que la huella de una mano en la pared dejó  un rastro de sangre horizontal de manera irregular. Parecía que hubiesen querido pintar el recinto con ese fluido oscuro y pegajoso que resplandecía de un modo macabro bajo la luz de la linterna. Las gotas de ese líquido iban cayendo lentamente desplazándose sobre la superficie de la pared y creaban unas angostas líneas irregulares en su lenta carrera por llegar al piso atraídas por la gravedad. Trató de serenarse, el dolor del codo había quedado fuera de su cabeza y ahora sentía la angustia que proporciona el pavor ante lo inesperado. Siguió el trayecto del espantoso “decorado” escarlata con la luz de la linterna que llegaba a la puerta de la cocina. « ¿Qué está sucediendo? »—Pensó— tratando de dominar el miedo, abrió despacio el acceso pero la huella del arrastre de la mano continuaba hacia el salón principal. Se dirigía hacia la sala de estar cuando escuchó un susurro que venía desde arriba: —no, por favor…— era una voz de hombre que le resultaba conocida pero no reconocía. —No lo hagas, no…— tratando de no hacer ruido, comenzó a subir las escaleras. Una vez que llegó a la parte superior de la casa, alumbró hacia el fondo, donde se encontraba la habitación principal aún con la puerta cerrada… —ten piedad, no lo hagas, no…—se oyó una vez más…

      Aún en penumbras, auxiliado apenas por el débil rayo de luz, avanzó hacia el lugar de donde provenía el ruego. Dirigiendo el haz luminoso por el recinto constató aterrorizado que el rastro sangriento teñía las paredes en ambos lados del pasadizo cubriendo las puertas de las habitaciones. Roberto no podía creer lo que estaba sucediendo…—te lo ruego, detente…— se escuchaba desde la habitación de su hija.

      A pesar del pánico que sentía en ese momento, se sobrepuso y continuó avanzando en silencio…

      El surco carmesí llegaba de manera directa a la recámara de Carla. Roberto se detuvo en la puerta y la empujó con suavidad.  La alcoba estaba parcialmente a oscuras iluminada en exclusividad por la claridad que atravesaba la ventana… —por fa…vor— prosiguió el susurro. Empezó a alumbrar el dormitorio y el hilo de claridad atravesó las tinieblas enfocándose en la cama. Sintió un leve mareo que lo hizo trastabillar. En un principio no podía reconocer lo que había sobre ella. Prosiguió iluminando y una ola de espanto y repugnancia invadió todo su ser quitándole el aliento ante la escalofriante visión que tenía ante él…

      Carla se hallaba sobre la cama anegada en ese líquido oscuro y viscoso con aquel asqueroso olor metálico, vistiendo un camisón de dormir blanco atravesado por la claridad que traslucía su silueta. Estaba con las piernas abiertas sentada sobre un bulto que Roberto no lograba determinar. Blandía un temible cuchillo de cocina de unos treinta centímetros de longitud que centelleaba macabramente en la penumbra, como un relámpago infernal volando de arriba hacia abajo. Parecía un ave de presa precipitándose en picada en el mar zambulléndose para atrapar a su víctima. Descendía de forma vertical y desaparecía en medio de la nada. Luego se elevaba otra vez para caer de manera diagonal hacia la izquierda, luego a la derecha con un ritmo acompasado y sin prisa. Como si estuviera disfrutando el momento. La mujer acuchillaba sin cesar hacia abajo con ambas manos y toda su energía. Cada fendiente que propinaba, cada una de las terribles estocadas provocaba el siniestro sonido del acero rompiendo la piel, grasa, carne y huesos de su torturado. El sonido era semejante al de amasar la carne húmeda: al penetrar el metal hasta el final se topaba con la resistencia del mango de madera que detenía su avance sonando como pequeños chapoteos: plub, plub. Al retirar el arma, una vez rota la resistencia corpórea, se deslizaba hacia arriba retornando por la herida y provocando el roce de la hoja en los labios de la abertura… ssiss, ssiss.  La sangre oscura que salía del cuerpo, salpicaba en todas direcciones manchando el piso, las paredes, el techo y el cuerpo de su verdugo quien guardaba silencio, concentrada en despedazar a su víctima…

      Roberto permanecía inmóvil, atónito por lo que estaba viendo. Sus músculos no respondían…tan solo los escalofriantes: plub,.. ssiss,… plub,… ssiss… se oían sin parar. Aterrorizado podía observar a la luz de la linterna como pedazos de intestinos y otros órganos caían de la cama, cortados de una manera salvaje por su hija que no cesaba en su macabro frenesí de horror y crueldad… plub, ssiss…plub, ssiss… Luego de ello Carla se levantó de la cama y se colocó de espaldas a un espejo ubicado junto a la pared. La mujer estaba empapada por completo en sangre y restos humanos,  y en ese instante miró a su padre. Los ojos resplandecían en la oscuridad de la noche como dos pequeñas chispas. —Tenías razón papá—dijo la mujer—siempre la tienes…

      Roberto se acercó con lentitud hacia la cama, y pudo comprobar que en esta yacía el cuerpo despedazado del exesposo de su hija, Alfredo.

      — ¡Carla!, ¡hija!: ¿Qué has hecho? ¿Qué… has hecho?...— preguntó Roberto— mientras miraba impotente cómo la mujer, teñida en ese fluido oscuro levantaba los brazos en cruz. La mano derecha aún sostenía el enorme y brillante metal, que fulguraba de una manera extraña como si cobrase vida y buscase otro cuerpo en el cual cebarse para continuar con su alucinante concierto de horror…

      Carla inclinó la cabeza hacia la derecha sin dejar de mirar a su padre; mientras éste como si estuviera hipnotizado observaba inmóvil la mano que sostenía el acero. Continuó viendo atontado la trayectoria lenta y certera de la hoja cuando descendía y se clavaba de forma vertical en el abdomen  de su hija y enseguida vino el terrible sonido: Plub… Luego la otra mano se aproximó sobre la primera uniéndose con un mismo fin, descendiendo  lentamente con el sonido de su cuerpo rasgándose: riiipppp… abriendo un formidable surco entre el vientre y el pubis, saliendo una catarata horripilante de partes corporales y fluidos diversos. Después de unos segundos, cayó lo último del contenido de la humanidad de la mujer haciendo un ruido especial como si se tratara de un trozo de carne fresca y húmeda estrellándose contra el piso; contorsionándose por unos segundos cual si fuera un pez moribundo tratando de conseguir el oxígeno que requería para poder vivir, sin lograrlo. Una vez que “el pez” dejó de moverse, Carla extrajo el cuchillo de su cuerpo; ssiss… y se agachó con la piel partida como si fuera una bolsa de plástico abierta, a recoger su último despojo. Luego de esto procedió a levantarse. En ese momento Roberto sentía que su cabeza estaba a punto de estallar por el terrible dolor que experimentaba y no pudo contener las náuseas cuando comprobó que se trataba de un feto…

      Acto seguido, la mujer con el diminuto cadáver en sus manos, lo elevó en el aire mostrándoselo a su padre y le dijo: — Este es tu nieto. Míralo papá…— luego retrocedió un paso. Roberto por fin pudo reaccionar y estirando su mano para sujetar a Carla le dijo: —no, por favor, no— Sin detenerse, aún sosteniendo el producto de su vientre la mujer levantó la cabeza hacia atrás dejándose caer de espaldas a través del espejo, desapareciendo engullida por el reflejo de la noche… mientras su padre corría a sujetarla gritando: — ¡NO, POR FAVOR! ¡NO LO HAGAS! ¡NO!

      — ¡Roberto!, ¡ROBERTO!— Se empezaron a escuchar los gritos que venían desde la habitación principal, mientras una opresión y estremecimiento empezaron a apoderarse de su brazo izquierdo. Poco a poco, el espasmo dio paso a unas vigorosas sacudidas… — ¡Roberto! ¡Roberto!—.

      El asesor se encontraba en el suelo tembloroso y empapado de sudor, trató de ver lo que sucedía pero su visión se había tornado borrosa, era como un túnel lleno de humo donde al final podía observar algo de claridad. Aún retumbaban en su cerebro los sonidos del cuchillo enterrándose en el cuerpo de su hija. El espantoso plub… seguido del ssiss que en ese instante se entremezclaba con la voz que profería su nombre. Al principio no comprendía lo que acontecía, pero poco a poco la vista se aclaró por completo y pudo apreciar a su esposa quien lo sujetaba del brazo, agitándolo y tratando de hacerlo reaccionar, preocupada al verlo en el piso en esas condiciones. En ese momento llegó Carla presurosa al oír el grito de su padre.

      — ¿Papá que tienes?—preguntó— ¿Qué sucedió?, ¿Por qué gritabas?

      Roberto no podía hablar, sentía una tonelada de rocas en el pecho y respiraba rápidamente como si hubiese estado corriendo. Miraba a Carla y con la mano temblorosa intentaba tocarle el rostro y el cabello; tratando de cerciorarse de que estaba con vida. Pero su cuerpo no respondía, se negaba con tenacidad a obedecerlo…

      —Roberto, por Dios; di algo, háblanos—dijo Lucía con la zozobra reflejada en el rostro.

      —Papá por favor, papá— dijo Carla— a quien empezaban a escapársele las lágrimas al ver que su padre no podía pronunciar palabra alguna y le costaba respirar.

      —Quédate con tu papá—dijo Lucía—voy a llamar al 911.

      Cuando su esposa intentaba levantarse, por fin Roberto consiguió tener el control de sus facultades físicas y la sujeto de la mano empezando a respirar de manera más lenta.

      —No… no, llames a nadie. No llames a nadie mi amor. Fue un sueño. Un terrible y espantoso sueño, nada más que eso.  Un gran sobresalto, ya se me pasará, descuida…

      — ¡Gracias a Dios!—dijo Carla—abrazando a su padre, mientras Lucía lo besaba en el rostro.

      —Vamos a llamar al médico—dijo su esposa—ese desvanecimiento, tu respiración y…

      —No es nada, —dijo Roberto—quiero que estén conmigo. Por favor quédense aquí, necesito sentirlas…

      De esa manera los tres permanecieron juntos, mientras Roberto se aferraba a ellas. Asegurándose de que estaban bien y que no ocurrió nada malo. Pero la verdad era otra; sentía que el miedo, la angustia de perder a su familia lo había conmocionado y que su imaginación le jugó una pavorosa pasada. Ese aterrador sueño; esa horrorosa pesadilla fue demasiado cruda y real. Aún no tenía claro si había estado soñando, o fue una alucinación premonitoria…

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