martes, 11 de marzo de 2014

Cuento: "Restos Humanos" Tomado de Libros Sangrientos III, de Clive Barker.

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RESTOS HUMANOS


 (Para móvil)


Unos oficios se practican mejor de día; otros, de noche. Gavin era un profesional de esta última categoría. En invierno, en verano, reclinado contra una pared o apoyado contra una puerta, con la luciérnaga de un cigarrillo colgando de los labios, vendía lo que le sudaba bajo los vaqueros a todos los postores.
A veces a viudas desconsoladas con más dinero que amor, que lo alquilaban para una semana de encuentros ilícitos, besos amargos e insistentes y quizá, si lograban olvidar a sus difuntos compañeros, a un revolcón desapasionado sobre una cama con fragancia de lavanda. En ocasiones a maridos descarriados, ansiosos de un compañero de su mismo sexo y desesperados en busca de una hora de apareamiento con un chico que no les preguntara su nombre.
A Gavin no le importaba demasiado de quién se tratara. La indiferencia era una de las peculiaridades de su forma de entender el negocio, formaba parte incluso de su atractivo. Permitía separarse de él, cuando habían realizado la hazaña e intercambiado el dinero, mucho mas fácilmente. Decirle «Ciao», o «Hasta la vista», o nada de nada a una persona a quien no le importabas lo más mínimo era muy sencillo.
Y a Gavin la profesión no le resultaba del todo desagradable en comparación con las demás. Una noche de cada cuatro le proporcionaba incluso un poco de placer físico. En el peor de los casos se convertía en una especie de matadero sexual, lleno de pieles humeantes y ojos apagados. Pero se había acostumbrado a eso con los años.
Reportaba beneficios. Le mantenía de buen humor.
Dormía casi todo el día, acurrucado en un hueco cálido de la cama, momificándose entre las sábanas, con la cabeza cubierta por un revoltijo de brazos para protegerse de la luz. Hacia las tres se levantaba, se afeitaba y duchaba. Luego se pasaba media hora delante del espejo inspeccionándose. Se hacía una meticulosa autocrítica, sin permitir jamás que su peso estuviera un kilo por encima o por debajo del ideal que se había marcado, atento a untarse la piel si la tenía seca o a frotársela si la tenía aceitosa, vigilando que ninguna espinilla le afeara la mejilla. Especial atención prestaba al menor indicio de enfermedad venérea –el único tipo de mal de amores que le aquejó jamás–. De las ladillas ocasionales se libraba rápidamente, pero la gonorrea, que había cogido un par de veces, le tenía fuera de juego tres semanas, y eso resultaba perjudicial para el negocio; de forma que se rastreaba el cuerpo obsesivamente, corriendo a la clínica al primer síntoma de sarpullido.
Pero ocurría raras veces. Al margen de las ladillas, durante la media hora de autocontemplación no tenía nada más que hacer que admirar el cruce de genes que lo había engendrado. Era precioso. La gente se lo decía constantemente. Precioso. Qué cara, oh, qué cara, solían decir estrechándose contra él como si le quisieran hurtar una parte de su encanto.
Por supuesto que había más bellezas disponibles a través de las agencias o en la calle si se sabía dónde buscar. Pero la mayoría de los chapistas tenían caras que, en comparación con la suya, parecían inacabadas. Rostros que parecían los primeros bocetos de un escultor más que un producto redondo: eran bastas, experimentales. En cambio, él sí que estaba acabado, entero. Se había hecho lo mejor que pudo; sólo era cuestión de conservar su perfección.
Una vez acabada la inspección, Gavin se vestía, a veces se contemplaba cinco minutos más y salía a la calle con la mercancía empaquetada, lista para vender.
Últimamente cada día trabajaba menos la calle. Era arriesgado; había que engañar a los representantes de la ley y al psicótico ocasional que quería limpiar Sodoma de indeseables. Si estaba verdaderamente perezoso encontraba a un cliente a través de la agencia Escort, pero siempre se quedaban con una parte sustancial de las ganancias.
Claro que tenía clientes regulares, que recurrían a sus favores un mes sí y otro también. Una viuda de Fort Lauderdale lo alquilaba sistemáticamente en cada uno de sus viajes anuales a Europa; otra mujer cuyo rostro había visto en una prestigiosa revista lo llamaba de vez en cuando, tan sólo para cenar con él y contarle sus problemas conyugales. También estaba un hombre que Gavin llamaba Rover, por su coche, que lo alquilaba cada dos o tres semanas para pasar una noche de besos y confesiones.
Pero las noches en que no tenía cliente fijo se veía obligado a hacer la calle en busca de un ricacho. Era una técnica que dominaba a la perfección. Ninguno de sus colegas utilizaba mejor que él el código de la invitación; la sutil mezcla de incitación y despego, de seriedad y frivolidad. Ese cambiar el peso de una pierna a otra para presentar la ingle en su mejor ángulo: así. Nunca con demasiado descaro; nunca como una puta. Sólo despreocupadamente prometedor.
Se jactaba de que de un «bisnes» a otro sólo necesitaba unos pocos minutos, nunca una hora. Si hacía su pequeña representación con su destreza habitual, localizaba a la mujer descontenta o al marido nostálgico, conseguía que le dieran de comer (lo vistieran incluso), le proporcionaran cama y una despedida satisfecha justo antes de que pasara el último metro de la línea Metropolitan para Hammersmith. Ya se habían acabado los años de trabajillos de media hora, tres sesenta y nueve y un polvo por noche. La primera razón es que ya se le habían pasado las ganas, la segunda es que quería subir de rango cuanto antes: pasar de hacer la calle a gigoló, de gigoló a mantenido y de mantenido a marido. Sabía que cualquier día se casaría con una viuda; tal vez con la matrona de Florida. Le había contado que se lo imaginaba tumbado en su piscina de Fort Lauderdale; una fantasía que Gavin procuraba alentarle. Quizá todavía no se hubiera perfeccionado tanto, pero tarde o temprano le cogería el tranquillo. El problema era que esos capullos ricos requerían muchos cuidados, y era una lástima que tantos murieran cuando estaban a punto de dar frutos.
Pero sería ese año. Sí, seguro, ese año. Tenía que ser ese año. Estaba seguro de que el otoño le depararía una agradable sorpresa.
Mientras tanto contemplaba cómo se hacían más profundas las arrugas que le surcaban la boca, su maravillosa boca («maravillosa», ésa era la palabra), y calculaba las probabilidades de victoria de su suerte contra su edad.


Eran las nueve y cuarto de la noche del 29 de septiembre y hacía frío incluso en la recepción del hotel Imperial. Ese año no había habido veranillo de San Martín que alegrara las calles: el otoño se había apoderado de Londres y estaba dejando vacía la ciudad.
El frío le había calado hasta la muela; esa muela con caries y a punto de caer. Si en vez de remolonear en la cama y dormir una hora más hubiera ido al dentista, ahora ya no le molestaría. Bueno, de todas formas ya era demasiado tarde, iría mañana. Mañana tendría todo el tiempo del mundo. No necesitaba una cita. Le bastaría con sonreír a la recepcionista para que se deshiciera y le buscara un hueco, luego le volvería a sonreír, ella se sonrojaría y él podría ver inmediatamente al dentista, en lugar de esperar dos semanas como los pobres pringados que no tenían caras maravillosas.
Esa noche se tendría que resignar a que le doliera. Sólo le hacía falta un putero aburrido –un marido que le pagara un dineral por recibirlo en la boca– y luego se podría retirar a un club de los que abrían toda la noche en el Soho y pensar en sus cosas. Mientras no se topara con un obseso de las confesiones, podía hacer una ronda y haber acabado hacia las diez y media.
Pero ésa no era su noche. Había una cara nueva detrás del mostrador de recepción del Imperial; una cara delgada, cansada, con un peluquín mal plantado (pegado) sobre la calva, que llevaba mirándolo de reojo casi media hora.
El recepcionista de siempre, Madox, era un criptohomosexual a quien Gavin había visto rondando de vez en cuando los bares, un contacto fácil para quien supiera manejar a ese tipo de gente. Madox se deshacía como la cera en manos de Gavin; un par de meses antes había comprado su compañía por una hora con una tarifa muy barata: diplomacia. Pero este nuevo empleado era estricto y malévolo, y conocía el juego de Gavin.
Éste se acercó a la máquina de tabaco, bailando al ritmo del muzack al atravesar la alfombra color castaño. Jodida noche de mierda.
Al darse la vuelta de la máquina, con un paquete de Winston en la mano, se topó con el recepcionista.
–Perdón..., señor. –Hablaba con un acento forzado, no tenía nada de natural. Gavin le devolvió una mirada dulce.
–¿Sí?
–¿Está residiendo en este hotel..., señor?
–En realidad...
–Si no es así, la dirección le agradecería que abandonara el edificio inmediatamente.
–Estoy esperando a una persona.
–¿Ah?
El recepcionista no se lo tragó.
–¿Sería tan amable de darme el nombre de esa persona?...
–No es necesario.
–Déme el nombre –insistió–, y me encantará comprobar que su... contacto... está en el hotel.
El bastardo no daba su brazo a torcer; las cosas se ponían difíciles. Gavin podía escoger entre tomárselo con calma y abandonar la sala de recepción o hacerse el cliente ultrajado y fulminar a aquel hombre con la mirada. Decidió, más por mostrarse desagradable que porque fuera lo mejor que podía hacer, utilizar la segunda táctica.
–No tiene ningún derecho... –empezó a vociferar, sin impresionar al recepcionista.
–Mira, hijito... –dijo–, conozco tu juego, así que no te hagas el presumido conmigo o llamo a la policía. –Había perdido el control de su pronunciación: a cada sílaba revelaba más sus orígenes del sur del río–. Tenemos una clientela selecta, que no quiere tratos con tipos como tú, ¿comprendes?
–Cabrón –dijo Gavin, con mucha calma.
–Bueno, es un chupapollas quien me lo dice, ¿no es cierto?
Touché.
–Bueno, hijito, ¿quieres largarte de aquí por tus propios medios o prefieres que te saquen esposado los tipos de azul?
Gavin utilizó su último triunfo.
–¿Dónde está el señor Madox? Quiero ver al señor Madox: él me conoce.
–Seguro que sí –dijo el recepcionista con un bufido–. Sin duda. Lo despidieron por comportamiento indecente... –Estaba recuperando su pronunciación afectada–. O sea que, en tu lugar, yo no iría citando su nombre. ¿De acuerdo? En marcha.
Con la mano firme y levantada, el recepcionista dio un paso atrás como un torero citando al toro.
–La dirección le agradece su visita. No vuelva a llamarnos, por favor.
Juego, set y partido para el tipo del peluquín. Qué diantre; había más hoteles, más salas de recepción, más recepcionistas. No tenía por qué soportar tanta mierda.
Al empujar la puerta le dirigió un sonriente «volveremos a vernos» por encima del hombro. A lo mejor así le provocaba sudores fríos cualquier noche de ésas cuando, de vuelta a casa, oyera detrás de él los pasos de un hombre joven. Era una satisfacción mínima, pero menos da una piedra.
La puerta se cerró suavemente, dejando a Gavin fuera y preservando el calor de dentro. Hacía frío, bastante más frío que cuando entró en la sala de recepción. Caía una ligera llovizna que amenazaba con empeorar mientras se apresuraba a ir por Park Lane hacia South Kensington. En High Street había un par de hoteles en que se podría refugiar un rato; si no le salía nada tendría que admitir su derrota.
Los coches doblaban por el Hyde Park Corner y aceleraban, brillantes y decididos, encaminándose hacia Knightsbridge o Victoria. Se vio plantado en medio de la isla de cemento, entre el ir y venir de los automóviles, con las yemas de los dedos metidas en los vaqueros (eran demasiado ajustados para que le entrara algo más en los bolsillos), solitario y desconsolado.
Le anegó una ola de tristeza de la que no se creía capaz. Tenía veinticuatro años y cinco meses. Llevaba haciendo la calle con algunas interrupciones desde que tenía diecisiete, prometiéndose encontrar a una viuda casamentera (la pensión del gigoló) o una ocupación legítima antes de llegar a los veinticinco.
Pero el tiempo pasaba y ninguna de sus ambiciones se convertía en realidad. Iba perdiendo energías y consiguiendo patas de gallo.
El tráfico seguía circulando en relucientes mareas, señalizando tal o cual orden con las luces; coches llenos de gente con jerarquías que trepar y angustias que domeñar, y su paso lo iba alejando de tierra firme, de la seguridad. Todos querían llegar a su destino cuanto antes.
Él no era lo que había soñado ser ni lo que se había prometido en secreto.
Y ya no era joven.
¿Adónde podía ir ahora? En el piso se sentiría como entre rejas, aunque fumara un poco de hierba para agrandar los límites de su cuarto. Esa noche quería o, más bien, necesitaba estar con alguien. Sólo para contemplar su propia belleza en los ojos ajenos. Que le dijeran cuán perfecto y proporcionado era, que lo mimaran, le dieran de cenar y le adularan como si fuera estúpido, aunque fuera el hermano rico y feo de Quasimodo quien se lo dijera. Necesitaba una dosis de cariño.


El ligue resultó tan sencillo que casi le hizo olvidar el episodio de la sala de recepción del Imperial. Era un tipo de unos cincuenta y cinco años y pudiente: zapatos Gucci, un abrigo con mucha clase. En una palabra: calidad.
Gavin estaba junto a la puerta de un pequeño cinestudio, mirando de reojo las fotos de la película de Truffaut que echaban, cuando notó que alguien lo estaba mirando. Le devolvió la mirada, convencido de que había un ligue en perspectiva. La franqueza de su mirada pareció poner nervioso al putero; se alejó; luego pareció cambiar de idea, murmuró algo para su coleto y volvió sobre sus pasos, demostrando una manifiesta falta de interés por el programa de películas. Obviamente, el juego no le resultaba demasiado familiar, pensó Gavin; era un novato.
Gavin sacó un Winston despreocupadamente y lo encendió. El fulgor de la llama que salió de sus manos en forma de bocina le doró los pómulos. Lo había hecho unas mil veces y otras tantas delante del espejo para complacerse. Luego levantaba la vista de la llamita: siempre surtía efecto. Esta vez, cuando se encontró con los nerviosos ojos del putero, éste no desvió la mirada.
Dio una calada, apagó la cerilla y la dejó caer. No había conseguido un ligue parecido en varios meses, pero le gustó comprobar que no había perdido la forma. El reconocimiento inequívoco de un cliente potencial, la oferta implícita de labios y ojos, que podía justificarse como amabilidad natural en caso de haber cometido un error.
En todo caso, éste no era un error, se trataba de un auténtico negocio. El hombre no le sacaba los ojos de encima, estaba tan prendado de él que le debía doler. Tenía la boca abierta, como si no hubiera sido siquiera capaz de presentarse. No tenía un rostro despampanante, pero tampoco nada de feo. Se había bronceado demasiado a menudo y demasiado rápido: quizás hubiera vivido en el extranjero. Daba por sentado que era inglés, lo que justificaría sus evasivas.
Contra su costumbre, Gavin dio el primer paso.
–¿Le gustan las películas francesas?
Al putero pareció encantarle que rompiera el silencio que se había establecido entre ambos.
–Sí –dijo.
–¿Va a entrar?
El tipo torció el gesto.
–No...no... creo que no.
–Hace un poco de frío.
–Sí.
–Un poco de frío para estar aquí de pie, quiero decir.
–Oh... sí.
El putero mordió el anzuelo.
–A lo mejor... ¿le apetece una copa?
Gavin sonrió.
–Claro, ¿cómo no?
–Mi piso no cae demasiado lejos.
–Claro.
–Me estaba amuermando un poco en casa.
–Conozco esa sensación.
Ahora fue el hombre quien sonrió.
–¿Se llama...?
–Gavin.
El hombre tendió la mano envuelta en un guante de cuero. Muy formal, muy de hombre de negocios. El apretón fue seco, ya no quedaba rastro de las vacilaciones iniciales.
–Yo soy Kenneth –dijo–, Ken Reynolds.
–Ken.
–¿Nos vamos de aquí?
–Perfecto.
–Vivo a un paso.


Al abrir Reynolds la puerta de su apartamento los recibió una vaharada de aire viciado, de calefacción central. La subida de los tres pisos había dejado a Gavin sin resuello, pero Reynolds no necesitó detenerse. Tal vez fuera un fanático de la salud. ¿Profesión? Algo en el centro. El apretón de manos, los guantes de cuero. Tal vez fuera de la administración pública.
–Entra, entra.
Había dinero en la atmósfera. El pelo de la alfombra era exuberante, amortiguaba sus pasos. El pasillo estaba prácticamente desnudo: un calendario colgaba de una pared, había una mesilla con un teléfono y una agenda, un perchero.
–Hace más calor aquí dentro.
Reynolds se quitó el abrigo encogiendo los hombros y lo colgó en el perchero. Se dejó los guantes puestos y acompañó a Gavin hasta un amplio salón.
–Quítate la chaqueta –dijo.
–Oh... claro.
Gavin se la quitó y Reynolds se fue con ella por el pasillo. Al volver se venía quitando los guantes; con las manos sudorosas le costaba trabajo. El tipo seguía nervioso, hasta en su propio terreno. Normalmente solían calmarse en cuanto se sentían seguros detrás de cerraduras. Éste no: era todo un catálogo de fuguillas.
–¿Te puedo traer algo de beber?
–Sí; estaría bien.
–¿Qué veneno prefieres?
–Vodka.
–Sí. ¿Con algo?
–Un chorrito de agua.
–Eres un purista, ¿no?
Gavin no captó la insinuación.
–Sí –contestó.
–Eres un hombre de los que me gustan. Perdona un segundo, voy a por hielo.
–No te preocupes.
Reynolds puso los guantes sobre una silla que había junto a la puerta y dejó a Gavin solo en la habitación. Como en el pasillo, hacía un calor casi asfixiante, pero no había nada acogedor ni hogareño en él. Fuera cual fuese su profesión, Ken era un coleccionista. La habitación estaba inundada de antigüedades dispuestas sobre la pared y alineadas en estanterías. Había pocos muebles, y los que había desentonaban: las sillas de formica no se correspondían con un piso tan caro. Tal vez fuera un catedrático de la universidad o el director de un museo, algo académico. Ése no era el salón de un corredor de Bolsa.
Gavin no sabía nada de arte y aún menos de historia, así que los adornos no le decían gran cosa, pero les echó otra mirada, sólo para demostrar buena voluntad. El tipo le preguntaría qué le parecía todo eso. Las estanterías eran de lo más soso. Trozos y fragmentos de cerámica y de esculturas: ninguna pieza entera, tan sólo pedazos. En algunos se apreciaba un poco de diseño, aunque el tiempo había borrado los colores casi por completo. En las esculturas se reconocían partes del cuerpo humano: un resto de torso, de un pie (con los cinco dedos donde les correspondía), una cara que estaba casi desfigurada, que ya no era de hombre ni de mujer. Gavin reprimió un bostezo. El calor, las exposiciones y la idea de sexo lo aletargaban.
Concentró su escaso interés en las piezas colgadas de la pared. Eran más llamativas que las de los estantes, pero todavía más incompletas. No comprendía que a nadie le gustara estudiar esas reliquias; ¿qué tenían de fascinante? Los bajorrelieves dispuestos sobre la pared estaban agujereados y erosionados, de forma que las figuras parecían leprosos, y las inscripciones en latín estaban prácticamente borradas. No había nada hermoso en ellas: estaban demasiado gastadas para ser bonitas. Le hacían sentirse sucio, como si su estado fuera contagioso.
Sólo una de las piezas expuestas le llamó la atención: una lápida sepulcral, o eso le pareció a él, que era más grande que las tallas restantes y estaba ligeramente en mejores condiciones. Un hombre a caballo con una espada se inclinaba sobre su enemigo decapitado. Debajo de esa escena había una inscripción en latín. El caballo había perdido las patas delanteras y las columnas que encuadraban la talla habían desaparecido casi por completo: por lo demás la escena tenía sentido. Había incluso algo de personalidad en el rostro cincelado toscamente: tenía una nariz larga, una boca grande; era un individuo, no un arquetipo.
Gavin fue a tocar la inscripción, pero retiró la mano al oír entrar a Reynolds.
–No, tócalo, por favor –dijo su anfitrión–. Está ahí para halagar los sentidos. Tócalo.
Ahora que le invitaban a tocar la inscripción se le habían pasado las ganas. Se sintió molesto; sorprendido con las manos en la masa.
–Vamos –insistió Reynolds.
Gavin tocó la inscripción. Piedra fría, arenosa al tacto.
–Es romana –dijo Ken.
–¿Una lápida?
–Sí. La encontré cerca de Newcastle.
–¿Quién era el personaje?
–Se llamaba Flavinus. Era el portaestandarte del regimiento.
Lo que Gavin tomó por un espada era, si se miraba más detenidamente, una bandera. Acababa en un dibujo casi borrado: a lo mejor una abeja, una flor o una rueda.
–¿Así que eres arqueólogo?
–Forma parte de mi trabajo. Busco emplazamientos, a veces vigilo excavaciones; pero casi todo el tiempo restauro hallazgos.
–¿Como éste?
–La Inglaterra romana es mi obsesión personal.
Se quitó las gafas y se acercó a las baldas cargadas de cerámica.
–Estos son objetos que he reunido con los años. Nunca he conseguido superar la pasión de tener en la mano cosas que llevaban siglos sin ver la luz del día. Es como sumergirse en la historia. ¿Me comprendes?
–Sí.
Reynolds cogió un fragmento de cerámica de una estantería.
–Naturalmente, las colecciones importantes se hacen con los mejores hallazgos. Pero con un poco de astucia consigues quedarte con algunas piezas. Los romanos ejercieron una influencia increíble. Fueron ingenieros civiles, constructores de carreteras, de puentes...
Ken soltó una risotada ante su propia explosión de entusiasmo.
–Demonios –dijo–, Reynolds se ha puesto de nuevo a dar conferencias. Lo siento. Me dejo llevar.
Colocó de nuevo el trozo de cerámica sobre la estantería, se puso las gafas y empezó a servir las bebidas. Dándole la espalda a Gavin, se atrevió a preguntarle:
–¿Eres caro?
Éste vaciló. El nerviosismo de Ken resultaba enternecedor y el brusco cambio de conversación –de los romanos al precio de un sesenta y nueve– le dejó perplejo.
–Depende –contestó, dándole coba.
–Ah... –dijo el otro, que seguía ocupado con los vasos–, ¿te refieres a la naturaleza exacta de... el servicio?
–Sí.
–Es natural.
Se volvió y le tendió un generoso vaso de vodka. Sin hielo.
–No te pediré demasiado –dijo.
–No resulto barato.
–Estoy convencido –trató de sonreír Reynolds, pero la sonrisa le bailoteó en los labios–, y estoy dispuesto a pagarte bien. ¿Te podrás quedar toda la noche?
–¿Quieres?
Reynolds frunció el entrecejo mirando el vaso.
–Supongo que sí.
–Entonces, sí.
El estado de ánimo del anfitrión cambió de repente: la indecisión se vio reemplazada por cierta seguridad.
–Salud –dijo, entrechocando su vaso lleno de whisky contra el de Gavin–. Por el amor, la vida, y todo lo que merezca la pena comprar.
La observación de doble filo no pasó inadvertida a Gavin; era obvio que Ken tenía serios escrúpulos acerca de lo que estaba haciendo.
–Bebo por eso –contestó, bebiendo un trago de vodka.
Después del primer sorbo, las copas se fueron sucediendo rápidamente, y, hacia el tercer vodka, Gavin se empezó a sentir más achispado que desde hacía mucho tiempo, satisfecho de asistir a la charla de Reynolds sobre excavaciones y las glorias de Roma prestándole un solo oído. Se le iba la cabeza, era una sensación placentera. Obviamente iba a pasar allí la noche, o por lo menos hasta que amaneciera, así que por qué no había de beberse el vodka del putero y disfrutar de la experiencia que se le presentaba. Más tarde, probablemente mucho más tarde a juzgar por las divagaciones de Ken, tendría una sesión de sexo con la torpeza propia del alcohol en un cuarto a oscuras y eso sería todo. Había tenido antes clientes parecidos. Eran solitarios, quizá se encontraban entre dos amoríos, y por lo normal fáciles de complacer. No era sexo lo que compraba ese tío, sino compañía, otro cuerpo con el que compartir un rato su piso; dinero fácil.
Y entonces oyó un ruido.
Al principio creyó que los golpes los tenía dentro de la cabeza, hasta que Reynolds se levantó con la boca crispada. El ambiente de bienestar había desaparecido por completo.
–¿Qué es eso? –preguntó Gavin, levantándose a su vez, aturdido por la bebida.
–No pasa nada –Reynolds hizo que se volviera a sentar–. Quédate aquí.
El ruido se hizo más intenso. Parecía que hubiera un batería dentro del horno tocando mientras se quemaba.
–Por favor, quédate aquí un momento. No es más que el vecino de arriba.
Reynolds mentía: el alboroto no procedía del piso de arriba. Lo hacia otra persona del piso. Era un golpeteo rítmico que se aceleraba y se detenía y se volvía a acelerar.
–Sírvete una copa –le dijo Reynolds, sonrojado junto a la puerta–. Malditos vecinos...
La llamada, porque eso debía ser, perdía intensidad.
–Sólo un momento –le prometió Reynolds, y cerró la puerta tras él.
Gavin había asistido a escenas desagradables antes de ese día: tipos cuyos amantes aparecían en mal momento; tíos que querían darle una paliza y pagarle por ello. Uno se sintió tan culpable en la habitación de un hotel que lo destrozó todo. Esas cosas pasaban. Pero Reynolds era diferente: no había nada inquietante en él, aunque en el fondo, muy en el fondo de su conciencia, Gavin recordó fríamente que tampoco los otros tipos parecían malos al principio. Maldición. Dejó las dudas de lado. Si le entraba canguelo cada vez que salía con una cara diferente, acabaría por dejar de trabajar de una vez por todas. No le quedaba más remedio que confiar en la suerte y en su instinto, y su instinto le decía que a este tipo no le daban ataques.
Dio un rápido sorbo a su vaso, lo rellenó y se puso a esperar.
El ruido había cesado por completo y le resultó más fácil reconstruir los hechos. A fin de cuentas, quizá no había sido más que el vecino de arriba. Ciertamente no se oía a Reynolds trajinar por el piso.
Paseó la vista por el cuarto, en busca de algo que lo mantuviera ocupado un rato y su mirada recayó sobre la lápida sepulcral de la pared.
Flavinus el portaestandarte.
Había algo agradable en la idea de tener un retrato, por tosco que fuera, esculpido en piedra y colocado sobre el lugar donde reposan los huesos de uno, aunque con el tiempo un historiador fuera a separar los huesos de la lápida. El padre de Gavin siempre insistió en que lo enterraran. No quería ser incinerado, pues ¿cómo, si no –solía decir–, lo iban a recordar? ¿Quién iba a ir a llorarle a una urna en la pared? La ironía es que aun así nunca fue nadie a su tumba: Gavin sólo fue unas dos veces desde que murió su padre. Una piedra vulgar con un nombre inscrito, una fecha y una frase hecha. Ni siquiera recordaba el año en que murió su padre.
En cambio, sí se recordaba a Flavinus; lo recordaba gente que jamás lo conoció, que no conoció siquiera lo que era la vida en sus tiempos. Gavin se levantó y tocó el nombre del portaestandarte, el burdamente cincelado FLAVINVS que constituía la segunda palabra de la inscripción.
De repente se escuchó de nuevo el ruido, más frenético que nunca. Gavin apartó la vista de la lápida y miró hacia la puerta, con la ligera esperanza de que Reynolds estuviera junto a ella dispuesto a darle alguna explicación. No había nadie.
–Maldita sea.
El repiqueteo continuaba. Alguien, en algún lugar, estaba muy enfadado. Y esta vez no se podía engañar a sí mismo: el batería estaba ahí, en el piso, a pocos metros. Le picaba la curiosidad como si fuera un amante zalamero. Apuró el vaso y salió al pasillo. El ruido cesó en cuanto cerró la puerta detrás de sí.
–¿Ken? –osó decir. La palabra se le murió en los labios.
El pasillo estaba en tinieblas; tan sólo lo iluminaba un rayo de luz que salía del otro extremo. Quizá fuera una puerta abierta. Gavin encontró un interruptor a su derecha, pero no funcionaba.
–¿Ken? –repitió.
Esta vez la pregunta obtuvo respuesta. Un gemido y el ruido de un cuerpo arrastrándose, o arrastrado. ¿Habría sufrido Reynolds un accidente? Dios mío, podía estar tirado, indefenso, a cuatro pasos de Gavin: tenía que ayudarlo. ¿Por qué sus pies se negaban a andar? Tenía el hormigueo en los huevos que siempre le producía la ansiedad de la espera; le recordaba al escondite de su niñez: era la emoción de la persecución. Una sensación casi placentera.
Y, dejando de lado el placer, ¿podía marcharse ahora sin saber qué había sido del putero? Tenía que recorrer el pasillo hasta el final.
La primera puerta estaba entornada; la abrió y descubrió un estudio o habitación atiborrado de libros. Las luces de la calle entraban por la ventana sin cortinas y caían sobre una mesa de despacho desordenada. Ni Reynolds ni agresor. Más confiado después del primer tiento, siguió explorando el pasillo. La puerta siguiente –de la cocina– también estaba abierta. No venía ninguna luz del interior. Las manos de Gavin habían empezado a sudar: pensó en Reynolds tratando de sacarse los guantes que se le quedaban pegados a las manos. ¿De qué había tenido miedo? De algo más que de su ligue: había otra persona en el apartamento, alguien de temperamento violento.
El estómago se le revolvió al descubrir la huella de una mano impresa sobre la puerta: era sangre.
Empujó la puerta, pero no cedía. Había algo detrás de ella. Se deslizo por la abertura y entró en la cocina. Un cubo de basura por vaciar o un contenedor de vegetales descuidado llenaban el aire de malos olores Gavin acarició la pared buscando el interruptor y el tubo de fluorescente se iluminó espasmódicamente.
Por detrás de la puerta asomaban los Gucci de Reynolds. Gavin la corrió y Ken salió rodando de su escondite. Estaba claro que se había acurrucado detrás de la puerta en busca de refugio; había algo del animal herido en su cuerpo doblado. Se estremeció al tocarlo Gavin.
–No pasa nada... soy yo. –Gavin levantó una mano ensangrentada del cuerpo de Reynolds. Un espeso chorro le recorría la cara desde la sien hasta la barbilla y otro, paralelo al anterior pero no tan espeso, le cruzaba la mitad de la frente y la nariz, como si le hubiera raspado una horca de dos dientes.
Reynolds abrió los ojos. Descubrió a Gavin al punto y dijo:
–Vete.
–Estás herido.
–Por el amor de Dios, vete. Rápido. He cambiado de idea... ¿Comprendes?
–Llamaré a la policía.
Ken prácticamente le escupió:
–Lárgate inmediatamente de aquí, ¿quieres? ¡Maldito putón!
Gavin se levantó y trató de comprender lo que estaba ocurriendo. El tipo estaba sufriendo y eso le volvía agresivo. Haz caso omiso de los insultos y ve a buscar algo con que tapar la herida. Eso era. Tapa la herida y luego deja que el tipo se las arregle solo. Si no quería saber nada de la policía era asunto suyo. Probablemente no quería tener que explicar la presencia de un efebo en aquel horno crematorio.
–Deja que vaya a buscar una tirita...
Gavin volvió al pasillo.
Detrás de la puerta de la cocina Reynolds le decía que no, pero el putón no le oyó. No habrían cambiado las cosas de haberlo oído. Para él, «no» era una incitación.
Reynolds apoyó la espalda contra la puerta de la cocina y trató de levantarse utilizando el pomo de apoyo. Pero la cabeza le daba vueltas: era como un horroroso carrusel girando y girando y en el que cada uno de los caballos fuera más espantoso que el anterior. Las piernas se le doblaron y cayó al suelo como el idiota senil que era.
Mierda. Mierda. Mierda,
Gavin oyó la caída de Reynolds, pero estaba demasiado ocupado armándose para volver a entrar en la cocina. Si el intruso que había atacado a Ken seguía en el piso, quería estar preparado para defenderse. Rebuscó entre los informes de la mesa del despacho y descubrió un abrecartas junto a un montón de correspondencia por abrir. Dando gracias a Dios por el hallazgo, se apoderó de él. Era ligero y la hoja fina y quebradiza, pero bien clavado debía de ser letal.
Volvió al pasillo con el corazón más ligero y se detuvo un momento para planear sus movimientos. Lo primero era localizar el cuarto de baño, con suerte podría encontrar una tirita para Reynolds. Bastaría con una toalla limpia. A lo mejor así podría despabilar al tipo, incluso obligarle a que le diera alguna explicación.
Detrás de la cocina, el pasillo describía una curva cerrada hacia la izquierda. Gavin dobló la esquina y se encontró con la puerta entornada. Dentro había una luz encendida: el agua se reflejaba sobre los baldosines. Era el cuarto de baño.
Asegurándose la mano derecha que sujetaba el abrecartas, Gavin se acercó a la puerta. Tenía los músculos de los brazos rígidos de miedo: ¿le serviría eso de ayuda en caso de que tuviera que asestar un navajazo?, pensó. Se sentía inepto, sin gracia, ligeramente estúpido.
Había sangre en la jamba de la puerta, la marca de una mano que era sin lugar a dudas de Reynolds. Ahí había ocurrido todo: Reynolds extendería una mano para no caerse ante la embestida del asaltante. Si el agresor seguía en el piso tenía que estar ahí. No había ningún escondite más en la casa.
Más tarde, si es que había «más tarde», probablemente analizaría la situación y le parecería idiota por su parte haber abierto la puerta de una patada, haber provocado el enfrentamiento. Pero meditaba sobre la estupidez de la acción mientras la llevaba a cabo, abriendo la puerta con suavidad por encima de baldosas encharcadas de sangre. En cualquier momento surgiría una figura con un gancho por mano, desafiándolo a gritos.
No. No ocurrió nada de eso. El asaltante no estaba dentro, y si no estaba dentro es que no estaba en el piso.
Gavin exhaló un suspiro largo y lento. El cuchillo se le aflojó en la mano; ya no iba a usarlo. Ahora, a pesar del sudor, de su terror, se sentía defraudado. La vida le había vuelto a fallar, el destino se había burlado de él y le había dejado con una fregona en la mano en lugar de una medalla. Todo lo que podía hacer era jugar a la enfermera con el viejo y seguir su camino.
El cuarto de baño estaba decorado en tonos de color lima: la sangre y las baldosas conjuntaban perfectamente. La transparente cortina de la ducha, luciendo estilizados peces y plantas marinas, estaba parcialmente corrida. Tenía el aspecto de un asesinato de película: no resultaba del todo creíble. La sangre era demasiado brillante, la luz demasiado mate.
Gavin dejó caer el cuchillo en el lavabo y abrió el armario cubierto de espejos. Estaba bien provisto de enjuagues bucales, complejos vitamínicos y tubos de dentífrico desechados, pero la única medicina que había era una lata de Elastoplast. Al cerrar la puerta del armario se encontró con el reflejo de sus propios rasgos, los rasgos de una cara fatigada. Abrió el grifo de agua fría; un chapuzón disiparía el vodka y devolvería algo de color a sus mejillas.
Mientras recogía el agua con ambas manos oyó ruido a su espalda. Se irguió con el corazón sobresaltado y cerró el grifo. El agua le resbaló por la barbilla y las cejas y borboteó al desaparecer por la tubería de salida.
El cuchillo seguía en la pila; le bastaría con alargar el brazo. El ruido procedía de la bañera, de dentro de la bañera; era el chapoteo inofensivo del agua.
La inquietud le había inyectado mucha adrenalina y percibía los detalles con una precisión nueva. El aroma penetrante del jabón con olor a limón, el brillo del angelote turquesa que revoloteaba por las algas marinas sobre la cortina de la ducha, las gotitas frías sobre el rostro, el calor que sentía en la cabeza: no eran más que experiencias repentinas, detalles que le habían pasado inadvertidos hasta ese momento, demasiado perezoso como estaba para ver, oler y sentir hasta el limite de sus posibilidades.
Estás en un mundo real, le decía su cabeza (fue toda una revelación) y, si no te andas con ojo, vas a morir aquí.
¿Por qué no había mirado la bañera? Gilipollas. ¿Por qué la descuidó?
–¿Quién hay? –preguntó, con la ridícula esperanza de que Reynolds tuviera una nutria bañándose tranquilamente. Ridícula esperanza. Había sangre, por el amor de Dios.
Apartó la vista del espejo cuando remitió el chapoteo –¡hazlo!, ¡hazlo!– y corrió la cortina gracias a sus arandelas de plástico. En su prisa por desvelar el misterio olvidó el cuchillo en la pila. Ya era demasiado tarde: los angelotes turquesas bailoteaban frenéticamente y él contemplaba el agua.
Había mucha, llegaba hasta unos tres centímetros del borde de la bañera, y estaba oscura. Una escoria marrón subía en espirales hasta la superficie y despedía un olor levemente animal, como de pelos de perro mojados. Nada salía a la superficie del agua.
Gavin se inclinó aún más, intentando discernir la forma que había en el fondo, y vio su propio reflejo flotando entre la escoria. Se agachó un poco más, incapaz de comprender la relación de los diferentes volúmenes que había entre el limo, hasta que reconoció los toscos dedos de una mano y comprendió que estaba mirando una forma humana doblada sobre sí misma como un feto, absolutamente inmóvil dentro del agua mugrienta.
Pasó la mano sobre la superficie para disipar el cieno, su reflejo se rompió en pedazos y el ocupante de la bañera se hizo visible. Era una estatua, esculpida en forma de figura durmiente, con el detalle de que la cabeza, en lugar de reposar de lado, estaba doblada para mirar a través del velo de sedimentos a la superficie del agua. Tenía los ojos abiertos como dos toscas burbujas sobre un rostro mal cincelado; la boca era una raja y las orejas parecían ridículas asas de una cabeza calva. Estaba desnudo: su anatomía era tan imperfecta como sus rasgos: era obra de un aprendiz de escultor. La pintura se deshacía en algunos lugares, quizá por la acción del agua, y se le desprendía del torso en desconchones grises y circulares. Debajo, se discernía un corazón de madera oscura.
No había nada que infundiera miedo en la estatua. Era un objet d’art en una bañera, sumergido en el agua para que se le borrara una capa de pintura de brocha gorda. El chapoteo que había escuchado mientras se refrescaba no había sido más que burbujas que soltaba la pieza, causadas por una reacción química. Ya estaba: todo explicado. No había motivo para que a nadie le entrara pánico. «Me mantiene el corazón vivo», como solía decir el camarero del Ambassador cuando salía a escena una nueva belleza.
Gavin se sonrió ante la ironía del símil: éste no tenía nada de Adonis.
–Olvida que lo has visto.
Reynolds estaba junto a la puerta. La herida, restañada por un asqueroso jirón de pañuelo apretado contra la cara, había dejado de sangrar. La luz que reflejaban las baldosas daba color de bilis a su cara: su lividez habría asustado a un cadáver.
–¿Te encuentras bien? No lo parece.
–Me pondré bien... tú limítate a marcharte, por favor.
–¿Qué ha ocurrido?
–Resbalé. Había un poco de agua en el suelo y resbalé, eso es todo.
–Pero el ruido...
Gavin volvió a mirar la bañera. Había algo en la estatua que lo fascinaba. Tal vez su desnudez y ese despojarse por segunda vez de la ropa debajo del agua: el último striptease: fuera la piel.
–Vecinos, sólo eso.
–¿Qué es esto? –preguntó Gavin, sin dejar de contemplar la cara de muñeca que se veía en el agua.
–Nada que te importe.
–¿Por qué está enroscado de esa manera? ¿Se estaba resecando?
Gavin volvió a mirar a Reynolds para leer la respuesta en su cara, grabada con la más amarga de las sonrisas.
–Querrás dinero.
–No.
–¡Maldito seas! ¿Estás trabajando, no? Hay billetes al lado de la cama; coge lo que creas que te has ganado por haber perdido el tiempo... –Lo estaba tasando con la mirada– ... y por tu silencio.
Otra vez la estatua: Gavin no podía apartar los ojos de ella, de su tosquedad. Su propia cara, perpleja, flotaba sobre la piel del agua, ridiculizando la obra del artista por su falta de proporciones.
–No te extrañes –dijo Reynolds.
–No puedo evitarlo.
–No es nada que te importe.
–Lo robaste... ¿no es cierto? Vale una fortuna y lo has robado.
Reynolds meditó la pregunta y pareció finalmente demasiado cansado como para empezar a mentir.
–Sí. Lo robé.
–Y esta noche ha vuelto alguien a por él.
Reynolds se encogió de hombros.
–... ¿no es eso? ¿No ha vuelto alguien a por él?
–Eso es. Lo robé... –Reynolds repetía el papel de memoria– ... y esta noche ha vuelto alguien a por él.
–Es todo lo que quería saber.
–No vuelvas por aquí, Gavin como-quiera-que-te-llames. Y no intentes hacerte el listillo, porque me habré ido.
–¿Quieres decir que no te chantajee? –replicó Gavin–, no soy un ladrón.
La mirada escrutadora de Reynolds se tiñó de desprecio.
–Seas o no ladrón, sé agradecido. Si puedes tener un sentimiento parecido. –Reynolds se apartó para ceder el paso a Gavin. Éste no se movió.
–¿Agradecido por qué? –preguntó. Estaba ligeramente enfadado; se sentía, de una manera absurda, rechazado, como si le estuvieran endosando una verdad a medias porque no fuera capaz de compartir un secreto.
A Reynolds ya no le quedaban fuerzas para más explicaciones. Estaba desplomado contra el marco de la puerta, exhausto.
–Vete –dijo.
Gavin asintió y dejó al tipo junto a la puerta. Cuando salió al pasillo la estatua debió soltar un desconchón de pintura. Oyó cómo emergía del agua, un chapoteo en el borde de la bañera y vio mentalmente cómo las olas enturbiaban la estatua.
–Buenas noches –dijo Reynolds como despedida.
Gavin no le replicó, como tampoco cogió dinero antes de salir. Que se quedara con sus lápidas y sus secretos.
Camino de la puerta principal entró en el salón para recoger su chaqueta. La cara de Flavinus el portaestandarte le miraba desde la pared. Debía haber sido un héroe, pensó Gavin. Sólo se podía honrar de esa manera a un héroe. Él no tendría esas pompas; ningún retrato en piedra daría testimonio de su paso por este mundo.
Cerró la puerta principal detrás de él, consciente de que le volvía a doler el diente, y, al cerrarla, el ruido volvió a escucharse, el golpeteo de un puño contra una pared.
Peor aún, la furia desencadenada de un corazón recién despertado.


El día siguiente el dolor de muelas era atroz y fue a media mañana al dentista con la esperanza de conseguir que la auxiliar le diera una cita inmediata. Pero su encanto había perdido muchos enteros y sus ojos no relucían tan vivamente como de costumbre. Le dijo que tendría que esperar al viernes siguiente, a no ser que fuera una emergencia. Él le replicó que lo era; ella dijo que no. Iba a ser un mal día: un diente dolorido, una auxiliar de dentista lesbiana, charcos helados, mujeres cotilleando en todas las esquinas, niños feos, cielo feo.
Ése fue el día en que empezó la persecución.
A Gavin le habían perseguido antes los admiradores, pero nunca de una manera tan sutil, tan subrepticia. Había tenido a gente detrás de él durante días, de un bar a otro, de una calle a otra, con una sumisión tan perruna que le enervaba. Ver la misma cara de tristeza noche tras noche, haciendo acopio de valor para invitarle a una copa, ofrecerle un reloj, cocaína, una semana en Túnez, cualquier cosa. Execraba esa adoración pegajosa que se cortaba tan rápido como la leche y apestaba a bobaliconería. Uno de sus admiradores más ardientes –un actor nombrado «sir», le había dicho–, nunca se le acercaba, sólo le seguía y le seguía, mirando y mirando. Al principio le había adulado tanta atención, pero el placer pronto se volvió irritación, y al final acorraló al tipo en un bar y le amenazó con partirle la cabeza. Estaba tan jodido aquella noche, tan mareado de que todo el mundo lo devorara con la mirada que habría dejado malparado a aquel lamentable tipo si no se hubiera dado el bote. Nunca lo volvió a ver; supuso que se habría ido a casa y se habría ahorcado.
Pero esta persecución no era tan notoria, ni mucho menos; apenas si era algo más que una sensación. No tenía ninguna prueba irrefutable de que alguien le pisara los talones, tan sólo la molesta sospecha, cada vez que echaba una ojeada por encima del hombro, de que alguien se refugiaba en las sombras o de que en un callejón lóbrego un paseante andaba a su mismo ritmo, reproduciendo todos los chasquidos de sus tacones, todas las vacilaciones de su andar. Era algo semejante a una paranoia, pero él no era un paranoico. Si fuera un paranoico, se decía, ya se lo habría dicho alguien.
Además, ocurrían cosas extrañas. Una mañana la arpía que vivía en el rellano del piso de abajo le preguntó distraídamente quién era su visitante: el tipo estrafalario que entró a altas horas de la noche y estuvo sentado en las escaleras varias horas contemplando su habitación. No había tenido visita y no conocía a nadie que se ajustara a la descripción.
Otro día, en un calle concurrida, salió de entre la multitud para meterse en el portal de una tienda vacía a encender un cigarrillo y, mientras lo hacia, le llamó la atención un reflejo, distorsionado por la suciedad del cristal. La cerilla le quemó el dedo. Miró hacia abajo al dejarla caer y cuando volvió a levantar la vista el gentío se había tragado a su espía como un océano hambriento.
Era una sensación verdaderamente desagradable: pero aún había de depararle muchas sorpresas.


Gavin no había hablado jamás con Preetorius, aunque intercambiaban algún gesto de vez en cuando en la calle y ambos se interesaran por el otro en compañía de amistades comunes como si fueran caros amigos. Preetorius era negro, tendría entre cuarenta y cinco años y la edad idónea para hacer de fiambre, un proxeneta que se vanagloriaba de ser descendiente de Napoleón. Llevaba dirigiendo un negocio de mujeres y tres o cuatro muchachos durante casi una década y ganaba bastante dinero. Cuando empezó a trabajar, a Gavin le recomendaron encarecidamente que buscara la protección de Preetorius, pero siempre había sido demasiado independiente como para recurrir a una ayuda de ese tipo. Como consecuencia de ello, Preetorius y su clan nunca le habían visto con buenos ojos. Sin embargo, en cuanto se convirtió en personaje habitual del mundillo nadie puso en duda su derecho de ser su propio jefe. Se decía incluso que Preetorius confesaba sentir cierta admiración por la codicia de Gavin.
Con admiración o sin ella, el día en que Preetorius rompió el silencio y se dirigió a Gavin debía estar helando en el infierno.
–Blanco.
Serían las once, y Gavin acababa de salir de un bar de St. Martin’s Lane y se encaminaba hacia un club del Covent Garden. La calle todavía estaba concurrida: entre los espectadores de cine y de teatro había clientes potenciales, pero no tenía ganas de ligar esa noche. Llevaba cien billetes en el bolsillo, ganados el día anterior y que no se había molestado en meter en el banco. De sobra para darse una vuelta.
Lo primero que se le ocurrió al ver a Preetorius y sus pecosos secuaces cerrarle el paso fue que querían su dinero.
–Blanco.
Pero luego reconoció la cara inexpresiva y brillante de Preetorius: no era un ladrón callejero, nunca lo había sido y nunca lo sería.
–Blanco, tengo algo que decirte.
Preetorius se sacó una nuez del bolsillo, la partió con la palma de la mano y se la metió en su amplia boca.
–No te importa, ¿verdad?
–¿Qué quieres?
–Lo que te he dicho, contarte algo. No es demasiado pedir, ¿no es cierto?
–De acuerdo. ¿Qué?
–Aquí no.
Gavin ponderó la cohorte de Preetorius. No eran gorilas, ése no era el estilo del negro, pero tampoco criaturitas de cuarenta y cinco kilos. El espectáculo no parecía en conjunto demasiado alentador.
–Gracias, pero no me interesa. –Gavin empezó a dar rápidas zancadas para alejarse del trío. Ellos lo seguían. Deseó con toda su alma que no lo hicieran, pero lo siguieron. Preetorius le habló por la espalda.
–Escucha. He oído malas cosas de ti.
–¿Ah, sí?
–Me temo que sí. Me han dicho que has atacado a uno de mis muchachos.
Gavin dio seis pasos antes de contestar.
–Yo no he sido. Te has equivocado de hombre.
–Te reconoció, basura. Le has hecho daño de verdad.
–Ya te lo he dicho: yo no he sido.
–Estás chiflado, ¿lo sabías? Tendrían que encerrarte, coño.
Preetorius levantaba la voz. La gente cambiaba de acera para no verse complicados en la pelea que se avecinaba.
Sin pensarlo dos veces, Gavin salió de St. Martin’s Lane hacia Long Acre, y se dio cuenta en seguida de que había cometido un error táctico. Había mucha menos gente por ese lado, y le quedaba mucho por andar a través de las calles de Covent Garden antes de poder llegar a otro centro de actividad. Tendría que haber girado a la derecha en lugar de a la izquierda; así habría llegado a Charing Cross Road, donde se habría encontrado más seguro. Maldita sea, no podía darse la vuelta y tropezarse con ellos ahora. Todo lo que podía hacer era andar (y no correr; nunca se debía correr con un perro loco en los talones) con la esperanza de mantener una conversación lo más sosegada posible.
Preetorius:
–Me has costado mucho dinero.
–No comprendo...
–Has dejado a uno de mis mejores muchachos fuera de servicio. Va a pasar mucho tiempo antes de que pueda volver a poner al chaval en la calle. Está acojonado, ¿comprendes?
–Mira... Yo no le he hecho nada a nadie.
–¿Por qué coño me mientes, basura? ¿Qué te he hecho yo para que me trates así?
Preetorius alargó el paso y se puso a la altura de Gavin, dejando a sus socios detrás.
–Mira...–le susurró–, comprendo que chavales como él puedan resultar tentadores. Es normal. Lo puedo entender. Si me pones a un bombón en el plato yo no voy a hacerle ascos. Pero le hiciste daño: y cuando alguien pega a uno de mis chicos, yo también sangro.
–Si hubiera hecho eso, como dices, ¿crees que habría salido a la calle?
–No debes estar en tus cabales. No estamos hablando de un par de magulladuras, tío. Lo que digo es que te duchaste con la sangre de ese chaval, eso es lo que digo. Lo colgaste y le cortaste todo el cuerpo, y luego lo dejaste en mi escalera con un jodido par de calcetines por toda vestimenta, ¿Captas ahora mi mensaje, blanco? ¿Lo captas?
Una rabia genuina se apoderó de Preetorius mientras describía los crímenes que le imputaba, y Gavin no sabía exactamente cómo enfrentarse a ella. Se calló y continuó andando.
–Ese chico te idolatraba, ¿sabes? Pensaba que eras una referencia obligada para todo aspirante a chapista. ¿Qué te parece?
–Mal.
–Tendrías que sentirte aduladísimo, colega, porque eso es todo lo que vas a conseguir en tu puñetera vida.
–Gracias.
–Has hecho una buena carrera. Lástima que se haya acabado.
Gavin sintió plomo en las entrañas: esperaba que Preetorius se contentara con una advertencia: por lo visto no iba a ser así. Estaban ahí para darle una paliza: Dios, le iban a pegar por algo que no había hecho y de lo que ni siquiera había oído hablar.
–Te vamos a sacar de la calle, blanco. Para siempre.
–Yo no he hecho nada.
–El chaval te conocía. Te reconoció aunque llevaras una media en la cabeza. La voz, la ropa: todo coincidía. Afróntalo: te reconoció, Ahora sufre las consecuencias.
–Vete al carajo.
Gavin echó a correr. A los dieciocho años había corrido en distancias cortas en representación de su país: ahora volvía a necesitar aquella velocidad. Detrás de él Preetorius se echó a reír (¡qué divertido!) y dos pares de pies resonaron sobre la acera. Estaban cerca, cada vez más cerca, y Gavin estaba en un estado de forma pésimo. A los doce metros le dolían los muslos y los vaqueros eran demasiado ceñidos para correr con comodidad. La persecución estaba perdida antes de comenzar.
–Nadie te ha dicho que te fueras –se mofó el mentecato blanco, agarrándolo por el bíceps con sus dedos picados.
–Bonito intento –Preetorius se acercaba lentamente y sonriendo hacia los sabuesos y la liebre jadeante. Le hizo una seña casi imperceptible al otro mentecato.
–¿Christian? –preguntó.
Ante la invitación, Christian le pegó un puñetazo a Gavin en los riñones. El golpe le hizo retorcerse y escupir amenazas.
Christian dijo:
–Ahí.
Preetorius le pidió que se diera prisa, y de repente lo estaban arrastrando fuera de la vista, a un pasadizo. Se le desgarraron la camisa y la chaqueta, sus caros zapatos se llenaron de barro, antes de que lo levantaran gruñendo. El pasadizo estaba oscuro y los ojos de Preetorius danzaban, desencajados, delante de él.
–Aquí estamos otra vez –dijo–. Todos contentos.
–Yo... no lo he tocado –boqueó Gavin.
El secuaz sin nombre, No-Christian, le atizó un puñetazo en mitad del pecho que lo tiró contra la pared opuesta del pasadizo. El tacón se deslizó en el barro y por mucho que trató de mantenerse derecho, las piernas se le habían vuelto de gelatina, igual que su ego: no era momento de hacerse el valiente. Suplicaría, se arrodillaría y les lamería la planta de los pies si era necesario, cualquier cosa con tal de que no se cebaran con él. Cualquier cosa con tal de que no le marcaran la cara.
Ése era el pasatiempo favorito de Preetorius, o eso se decía en la calle: marcar a las bellezas. Tenía una habilidad especial, podía dejar a alguien tullido sin esperanza de curación con sólo tres cuchilladas, y hacer que la víctima se guardara sus propios labios como recuerdo.
Gavin trastabilló y cayó golpeando el suelo húmedo con las palmas de las manos. Algo tan suave como si estuviera podrido se le desprendió de la piel y le goteó por las manos.
No-Christian cruzó una risita con Preetorius.
–¿No está delicioso? –dijo.
Preetorius estaba mascando una nuez.
–Me parece... –señaló– ...que por fin ha descubierto cuál es su lugar en la vida.
–Yo no lo toqué –suplicó Gavin. Sólo podía negarlo y volverlo a negar, aunque fuera una causa perdida.
–La mierda te llega hasta el cuello –dijo No-Christian.
–Por favor
–Me gustaría de veras acabar con esto lo antes posible –dijo Preetorius, echando una ojeada a su reloj–, tengo que resolver unos asuntos, complacer a cierta gente.
Gavin levantó la mirada y contempló a sus torturadores. La calle iluminada por faroles de sodio estaba a una escapada de veinticinco metros, si lograba superar el cordón de cuerpos que lo rodeaban.
–Deja que te arregle la cara un poco. No será más que un pequeño atentado a la belleza.
Preetorius tenía una navaja en la mano. No-Christian se había sacado del bolsillo una cuerda que acababa en una pelota. La pelota se mete dentro de la boca, la cuerda alrededor del cuello: nadie gritaba si su vida dependía de ello. Ese era el procedimiento.
¡Ya!
Gavin salió de su postura servil como un esprínter de la línea de salida, pero tenía los tacones enfangados y perdió el equilibrio. En lugar de escapar hacia la calle dio unos cuantos tumbos y se estrelló contra Christian, que se cayó al suelo.
Hubo un forcejeo desesperado hasta que se interpuso Preetorius, agarró a la basura blanca y la levantó, ensuciándose las manos.
–Esto no tiene remedio, cabrón –dijo, clavándole la punta de la hoja en la barbilla, justo en la zona en que más sobresale el hueso, y empezando el tajo sin pensárselo dos veces. Dibujó el contorno de la mandíbula, demasiado excitado para preocuparse por amordazarlo.
Al sentir que la sangre le caía a borbotones, Gavin aulló, pero sus gritos fueron atajados por unos dedos regordetes que le cogieron la lengua y se la sujetaron con firmeza.
Las sienes le empezaron a latir y vio cómo en su conciencia se iba abriendo ventana tras ventana, que a medida que se abrían lo iban sumiendo paulatinamente en la inconsciencia.
Mejor morir. Mejor morir.
Le iban a destrozar la cara: mejor sería que lo mataran.
Luego escuchó un nuevo grito, sólo que esta vez no estaba seguro de que fuera suyo. Intentó reconocer la voz pese al torrente que le anegaba los oídos, y comprendió que quien gritaba no era sino Preetorius.
Le soltaron la lengua, vomitó espontáneamente y se apartó dando tumbos de un embrollo de seres que forcejeaban delante de él. Una o varias personas desconocidas habían impedido que completaran la ruina de su rostro. Un cuerpo, boca arriba, estaba tirado en el suelo. No-Christian, con los ojos abiertos y la vida truncada. Dios santo: alguien había matado para él. Para él.
Se palpó el rostro cautelosamente para calibrar la herida. Tenía un profundo tajo desde la mitad de la barbilla hasta unos tres centímetros de la oreja. Era mal lugar, pero Preetorius, el escrupuloso Preetorius, había dejado los placeres refinados para el postre y fue interrumpido antes de tener ocasiones de rajarle las fosas nasales o de arrancarle los labios. Una cicatriz a lo largo de la mandíbula no le favorecería, pero no era desastrosa.
Alguien salió trastabillando de la mêlée... era Preetorius, con lágrimas en la cara y los ojos como pelotas de golf.
Detrás de él Christian, con los brazos colgando, se alejaba dando tumbos hacia la calle.
Preetorius no le seguía, ¿por qué?
Abrió la boca; un elástico hilo de saliva, engastado con perlas, le pendía del labio inferior.
–Ayúdame –le imploró, como si Gavin tuviera algún poder sobre su vida. Se levantó una mano inmensa en el aire para acabar con el eco de la súplica, pero fue el otro brazo el que asestó el golpe, levantándose por encima del hombro y clavando un arma, una hoja desnuda, en la boca del negro. Éste gorgojeó un momento, como si la garganta quisiera acoplarse al filo y el tamaño del cuchillo, antes de que el agresor se lo hundiera en la cabeza y lo sacara, sujetando el cuello de Preetorius para que no se moviera. La cara de asombro se le abrió por la mitad y del interior de su cuerpo brotó una ola de calor que envolvió a Gavin.
El arma cayó sobre el suelo del pasadizo con un estertor metálico. Gavin la miró. Una pequeña navaja de hoja grande.
Volvió la mirada hacia el muerto.
Preetorius estaba de pie, sujeto tan sólo por el brazo de su ejecutor. La cabeza hollada cayó hacia adelante, y el asesino interpretó la reverencia como una señal, dejando caer cuidadosamente el cuerpo de su víctima a los pies de Gavin. Sin que lo tapara ya el cadáver, el salvador de Gavin se encontró cara a cara con él.
Reconoció en seguida esos rasgos primitivos: los ojos asombrados y mortecinos, la cuchillada por boca, las orejas como asas de jarrón. Era la estatua de Reynolds. Le sonreía con unos dientes demasiado pequeños para tanta cabeza. Dientes de leche, que todavía no eran de adulto. Sin embargo, su aspecto había mejorado algo, lo apreciaba por entre la penumbra. La frente se había hinchado; la cara estaba más proporcionada en conjunto. No por ello dejaba de ser un monigote pintado, aunque un monigote lleno de pretensiones.
La estatua se inclinó con rigidez y sus articulaciones crujieron sonoramente. La extravagancia de la situación aterró a Gavin. Se inclinaba, maldita sea, sonreía, asesinaba y, sin embargo, no podía estar viva, ¿o sí? Más tarde no creería en lo que había visto, se lo prometió. Más tarde buscaría mil razones para no aceptar la realidad que tenía ante él; lo achacaría todo a su cerebro mal irrigado, a su confusión, a su pánico. De una manera u otra se convencería de no haber presenciado ese fantástico espectáculo, y sería como si no hubiera ocurrido nada.
Si sobrevivía ante él unos cuantos minutos más.
La visión alargó el brazo y tocó la mandíbula de Gavin con delicadeza, paseando los dedos mal esculpidos por los labios de la herida que le había infligido Preetorius. Un anillo sobre el meñique reflejó la luz: era idéntico al suyo.
–Nos va a salir una cicatriz –dijo.
Gavin reconoció la voz.
–Lo lamento, querido –decía. Estaba hablando con su voz–. Pero podía haber sido peor.
La voz de Gavin. Dios, su voz, su propia voz.
–Sí –dijo, dándole a entender que había adivinado lo que ocurría.
–Yo no –contestó Gavin.
–Sí.
–¿Por qué?
Llevó la mano desde la mandíbula de Gavin a la suya, recorriendo la parte en que debería tener la herida y, a medida que hacía ese movimiento, la piel se iba abriendo y convirtiéndose inmediatamente en cicatriz. No manó nada de sangre, pues no la tenía.
Y, sin embargo, ¿no era su propia frente, sus ojos penetrantes, lo que estaba emulando? ¿No se estaba apropiando de su encantadora boca?
–¿El muchacho? –dijo Gavin, tratando de reconstruir los acontecimientos.
–Oh, el muchacho... –Levantó los ojos, todavía imperfectos, al cielo–. Era una preciosidad. Y cómo rugía.
–¿Te bañaste en su sangre?
–Lo necesito –se arrodilló ante el cuerpo de Preetorius y metió los dedos en la cabeza partida–. Esta sangre es vieja, pero servirá. El chico estaba mejor.
Se embadurnó las mejillas con la sangre de Preetorius como si fuera pintura de guerra. Gavin no pudo disimular el asco que le daba.
–¿Es una pérdida tan grave? –preguntó la efigie.
La respuesta era negativa, naturalmente. La muerte de Preetorius no suponía ninguna pérdida, no suponía ninguna pérdida que un chupapollas drogado hubiera perdido la sangre y la vida porque aquel milagro pintarrajeado necesitara alimentar su crecimiento. Todos los días ocurrían cosas peores en algún lugar; horrores inenarrables. Y sin embargo...
–No puedes condenarme –le espetó– porque tú no tengas que hacerlo. Yo también dejaré de hacerlo pronto. Abandonaré esta vida de torturador de niños, porque veré a través de tus ojos, compartiré tu humanidad...
Se levantó con movimientos que todavía carecían de flexibilidad.
–Mientras tanto, tendré que comportarme como considere oportuno.
La zona de la mejilla untada con la sangre de Preetorius se estaba volviendo más moldeable, perdía la apariencia de madera pintada.
–Soy una cosa innombrable –dijo–, soy una herida en el costado del mundo. Pero soy al mismo tiempo el extraño a quien rogabas de niño que viniera a recogerte, llamarte hermosura y llevarte desnudo por la calle hasta el paraíso. ¿No es cierto? ¿No es cierto?
¿Cómo conocía los sueños de su infancia? ¿Cómo conocía ese símbolo tan suyo, el deseo de que le sacaran de una calle apestada para llevarle a una casa que era el cielo?
–Porque yo soy tú –dijo como respuesta a la pregunta no formulada–, moldeado a tu imagen y semejanza.
Gavin señaló los cadáveres.
–No puedes ser yo. Yo jamás habría hecho esto.
Parecía poco delicado condenarlo por su intervención, pero no dejaba de ser cierto.
–¿No lo habrías hecho? –dijo el otro–. Pues yo creo que sí.
Gavin recordó las palabras de Preetorius. «Un atentado a la belleza.» Volvió a sentir la navaja clavada en la barbilla, las náuseas, la impotencia. Claro que lo habría hecho, hasta doce veces seguidas, y lo habría considerado de justicia.
Al monstruo no le hacía falta oír su conformidad; era manifiesta.
–Volveré a verte –dijo la cara pintada–. Mientras tanto, yo en tu lugar... –y se echó a reír– ... pondría tierra por medio.
Gavin cerró los ojos al punto, como si dudara de lo que le decía, y luego se dirigió hacia la carretera.
–Por ahí no. ¡Por aquí!
Le indicó una puerta en la pared, oculta casi por completo por bolsas de basura en descomposición. Por ahí había entrado tan sigilosamente y con tanta rapidez.
–Evita las calles principales y desaparece de la vista. Te volveré a encontrar cuando esté listo.
Gavin no esperó ninguna recomendación más. Fuera cual fuese la explicación de los acontecimientos de esa noche, los crímenes ya se habían cometido. No era momento de preguntas.
Se deslizó por la puerta sin volver la vista: pero lo que oyó bastó para revolverle el estómago. El resonar de liquido sobre el suelo, los gemidos de placer del bellaco: todos esos ruidos le permitieron imaginar en qué consistía su aseo personal.


Nada de lo que había ocurrido la noche anterior tenía sentido la mañana siguiente. No comprendía la naturaleza del sueño que había soñado despierto. Tan sólo hubo una serie de hechos consumados.
Frente al espejo, el hecho del tajo en la mandíbula, hinchado y más doloroso que la muela que tenía podrida.
En los periódicos, el informe del hallazgo de dos cuerpos en el área de Covent Garden, dos conocidos criminales habían sido asesinados y descuartizados en lo que la policía describió como «un ajuste de cuentas entre bandas rivales».
En su interior, la clara convicción de que lo encontrarían tarde o temprano. Sin duda alguien lo habría visto con Preetorius e iría con el cuento a la policía. A lo mejor Christian, si es que lo pescaban y le amenazaban con mandamientos judiciales y esposas. En ese caso, ¿qué les podría decir él como respuesta a sus acusaciones? ¿Que el hombre que lo había hecho no tenía nada de hombre, sino que era una especie de efigie que se estaba volviendo poco a poco una réplica de sí mismo? La cuestión no consistía en saber si lo encarcelarían, sino en qué agujero lo meterían, en la prisión o en el frenopático.
Oscilando entre la desesperación y el escepticismo, fue a la casa de socorro a que le vieran la cara. Estuvo esperando tres horas y media junto a otros heridos.
El doctor no le hizo demasiado caso. Dijo que no servirían de nada los puntos ahora que ya estaba hecho el daño: podía y debía lavarse y taparse la herida, pero era inevitable que le quedara una cicatriz. «¿Por qué no vino ayer por la noche, en cuanto ocurrió?», le preguntó la enfermera. Él se encogió de hombros: ¿y a ellos qué narices les importaba? La compasión fingida no le valía para nada.
Al doblar la esquina de su calle vio coches delante de su casa, luces azules y a los vecinos arracimados cotilleando con sonrisitas maliciosas. Era demasiado tarde para recuperar nada de su vida anterior. A esas alturas ya se habrían hecho con su ropa, sus peines, sus perfumes, sus cartas –y las estarían registrando como monos en busca de piojos–. Sabía lo expeditivos que podían ser esos bastardos cuando les convenía, con cuánta eficacia podían apoderarse de la identidad de un hombre y empaquetarla, tragársela y digerirla: te podían aniquilar con la misma facilidad que un disparo, pero dejarte al mismo tiempo hecho un cero a la izquierda, aunque, eso sí, vivo.
No había nada que hacer. La vida de Gavin estaba en sus manos, podían reírse de ella y salivar con sus actos: incluso podía ser que uno o dos tuvieran una pequeña crisis nerviosa al ver su fotografía y pensar que quizás habían pagado alguna vez por ese joven, una noche de calentura.
Que se quedaran con todo. Allá ellos. De ahora en adelante viviría al margen de la ley, porque las leyes protegen la propiedad y él no tenía ninguna propiedad. Le habían arrebatado todo, o casi todo: no tenía sitio en que vivir ni nada que considerar suyo. Ni siquiera, y eso era lo más extraño, tenía miedo.
Dio la espalda a la calle y a la casa en que había vivido cuatro años sintiendo algo muy parecido al alivio, a la alegría de que le obligaran a dejar una vida tan poco gratificante. Se sentía muy ligero.
Dos horas más tarde y a kilómetros de distancia se tomó el tiempo de registrarse los bolsillos. Llevaba una tarjeta bancaria, casi cien libras sueltas, unas cuantas fotografías, de sus padres y de su hermana, pero sobre todo de sí mismo; un reloj, un anillo y una cadena de oro alrededor del cuello. Podría resultar peligroso utilizar la tarjeta: seguramente ya habrían prevenido al banco. Lo mejor sería empeñar el anillo y la cadena y hacer autoestop hacia el norte. Tenía unos amigos en Aberdeen que lo ocultarían una temporada.
Pero antes que nada, Reynolds.


Le costó una hora encontrar la casa que habitaba Reynolds. Hacía casi veinticuatro horas que no comía y el estómago le empezó a rugir cuando llegó a las mansiones Livingstone. Le ordenó que se comportara y se deslizó en el edificio. A la luz del día el interior parecía mucho menos deslumbrante. La tela de la alfombra de la escalera estaba desgastada y la pintura de la balaustrada mugrienta.
Tomándose su tiempo, subió los tres pisos hasta el apartamento de Reynolds y llamó a la puerta.
Nadie le contestó ni se oyeron ruidos en el interior. Claro que Reynolds le aconsejó que no volviera porque no lo encontraría. ¿Habría previsto las consecuencias de echar a ese ser al mundo?
Gavin volvió a golpear la puerta, y esta vez estaba seguro de que alguien respiraba del otro lado.
–Reynolds... –dijo, empujando la puerta–, te estoy oyendo.
Nadie le contestó, pero dentro había alguien, de eso estaba seguro. Pegó un manotazo a la puerta.
–Vamos, abre. Abre, bastardo.
Un corto silencio y luego una voz amortiguada.
–Vete.
–Quiero hablar contigo.
–Vete, te he dicho, largo. No tengo nada que decirte.
–Me debes una explicación, por el amor de Dios. Si no abres esta maldita puerta, iré a buscar a alguien que lo haga.
Una amenaza vana, pero Reynolds le contestó:
–¡No! Espera. Espera.
Se oyó el ruido de una llave entrando en la cerradura y la puerta se entreabrió unos centímetros. Detrás de la cabeza roñosa de Reynolds que le contemplaba, la casa estaba a oscuras. Sin duda era él, pero estaba sin afeitar y andrajoso. Por la rendija de la puerta olía a sucio. Sólo llevaba una camisa manchada y anudada sobre los pantalones.
–No te puedo ayudar. Vete.
–Si me dejas que te explique... –Gavin empujó la puerta y Reynolds, demasiado débil o demasiado atontado, fue incapaz de evitar que la abriera. Retrocedió tambaleándose por el pasillo a oscuras.
–¿Qué coño ha pasado aquí?
La casa apestaba a comida podrida. El aire era irrespirable. Reynolds dejó que Gavin cerrara la puerta de un portazo antes de sacar un cuchillo de los manchados pantalones.
–No me vas a engañar –le previno–, sé lo que has hecho. Muy bien. Muy astuto.
–¿Te refieres a los asesinatos? No fui yo.
Reynolds apuntó con el cuchillo a Gavin.
–¿Cuántos baños de sangre te han hecho falta? –dijo con lágrimas en los ojos–. ¿Seis? ¿Diez?
–Yo no he matado a nadie.
–... monstruo.
Reynolds, con el cuchillo que tenía en la mano, y que era el mismo que blandió Gavin, se acercó a éste. No cabía duda: tenía la intención de utilizarlo. Gavin se acobardó y a Reynolds le envalentonó su miedo.
–¿Has olvidado lo que es tener carne y sangre?
El tipo no estaba en sus cabales.
–Mira... he venido aquí a hablar.
–Has venido a matarme. Yo podría descubrirte... por eso has venido a matarme.
–¿Sabes quién soy? –dijo Gavin.
Reynolds hizo una mueca.
–No eres el mariquita. Lo pareces, pero no lo eres.
–Por Dios... soy Gavin... Gavin.
No se le ocurría qué decir para evitar que el cuchillo se le acercara más.
–Gavin... ¿te acuerdas de mí? –fue todo lo que pudo decir.
Reynolds vaciló un momento al observar detenidamente la cara de éste.
–Estás sudando –dijo, y dejó de mirarlo amenazadoramente.
Gavin tenía la boca tan seca que sólo pudo asentir.
–Veo –continuó– que estás sudando.
Dejó caer el cuchillo.
–Eso no puede sudar –precisó–, nunca lo ha hecho, nunca le cogerá el tranquillo. Tú eres el muchacho, no el monstruo. El muchacho.
La cara se le relajó, se convirtió en una bolsa casi vacía.
–Necesito ayuda –dijo Gavin con la voz ronca–. Tienes que decirme qué está ocurriendo.
–¿Quieres una explicación? –replicó Reynolds–, entra y búscala tú mismo.
Le cedió el paso y lo acompañó hasta el salón. Las cortinas estaban corridas, pero a pesar de la penumbra Gavin descubrió que todas las piezas que atesoraba estaban destrozadas y no se podrían reparar. Los fragmentos de cerámica se habían convertido en fragmentos aún más pequeños, y esos fragmentos se habían reducido luego a polvo. Los bajorrelieves estaban destruidos y la lápida de Flavinus hecha escombros.
–¿Quién ha hecho esto?
–Yo –dijo Reynolds.
–¿Porqué?
Reynolds atravesó perezosamente los escombros, se acercó a la ventana y se asomó a un desgarrón que tenía la cortina de terciopelo.
–Volverá, ¿sabes? –le contestó, haciendo caso omiso de su pregunta.
Gavin insistió:
–¿Por qué destrozarlo todo?
–Es un tumor –replicó Reynolds– que necesita vivir en el pasado.
Apartó los ojos de la ventana.
–Llevo muchos años –prosiguió– robando estas piezas. Me otorgaron toda su confianza y yo les he defraudado.
Dio una patada a un cascote de considerable tamaño, que levantó polvo.
–Flavinus vivió y murió. No hay más que decir. Conocer su nombre no significa nada, o casi nada. No convierte de nuevo a Flavinus en un ser real: está muerto y es feliz.
–¿Y la estatua de la bañera?
Reynolds se quedó sin aliento un segundo al recordar la cara pintada.
–¿Creíste que era yo, verdad? Cuando llamé a la puerta.
–Sí. Creí que había acabado con sus asuntos.
–Imita.
Reynolds asintió.
–En la medida en que conozco su naturaleza, puedo decir que sí, que imita.
–¿Dónde la encontraste?
–Cerca de Carlisle. Dirigía una excavación. La encontramos en la habitación de los baños, una estatua apelotonada junto a los restos de un hombre adulto. Era como un acertijo. Un hombre muerto y una estatua juntos en una sala de baños. No me preguntes qué fue lo que me atrajo de ella, porque no lo sé. Tal vez impone su voluntad a través de la mente como a través del cuerpo. Lo robé y me lo traje a casa.
–¿Y lo alimentaste?
Reynolds se puso rígido.
–No hagas preguntas.
–Las estoy haciendo. ¿Lo alimentaste?
–Sí.
–Querías sangrarme, ¿no es cierto? Para eso me trajiste aquí: para matarme y que él pudiera bañarse en...
Gavin recordó los puñetazos de la criatura contra los bordes de la bañera, su forma indignada de exigir comida, como un bebé pataleando en la cuna. Había estado muy cerca de que lo devorara también a él, como si de un cordero se tratara.
–¿Por qué no me atacó a mí como a ti? ¿Por qué no saltó de la bañera y se alimentó con mi sangre?
Reynolds se secó la boca con la palma de la mano.
–Es que vio tu cara.
Vio mi cara y la quiso para él y, como no podía robar la cara de un hombre muerto, me dejó con vida. Ahora que lo comprendía, le fascinaba el encadenamiento lógico de su comportamiento, y le encontró interés a la pasión de Reynolds, desvelar misterios.
–El hombre de la sala de baños. El que descubriste en la excavación.
–¿Sí...?
–Consiguió que no hiciera lo mismo con él, ¿no es cierto?
–Probablemente por eso se quedó paralizado, inmóvil. Nadie se dio cuenta de que había muerto luchando con una criatura que le estaba arrebatando la vida.
El cuadro estaba casi completo; sólo faltaba que desahogara su furia.
Ese hombre había estado a punto de asesinarlo para alimentar a la efigie. La cólera de Gavin estalló. Agarró a Reynolds por la camisa y la piel y lo zarandeó. ¿Fueron sus huesos o sus dientes los que rechinaron?
–Ya casi se ha hecho con mi rostro –miró los ojos inyectados en sangre de Reynolds–. ¿Qué pasa cuando lo consigue?
–No lo se.
–Me lo contarás todo. ¡Vamos!
–Sólo son suposiciones –replicó Reynolds.
–¡Entonces hazlas!
–Cuando su apariencia física sea perfecta, creo que robará lo único que no puede imitar: tu alma.
Reynolds no tenía por qué temer a Gavin. Había suavizado el tono de su voz como si le estuviera hablando a un condenado. Hasta sonreía.
–¡Cabrón!
Gavin atrajo aún más la cara de Reynolds hacia la suya. Las mejillas del viejo estaban cubiertas de saliva blanca.
–¡No te importa! ¡Te la trae al pairo!
Le golpeó una, dos veces, y luego una vez y otra más en la cara, hasta que se cansó.
El viejo recibió la paliza sin decir nada, girando la cara después de un golpe para recibir el siguiente, sacándose la sangre de los ojos hinchados sólo para que se los volvieran a llenar de sangre.
Finalmente dejó de golpearle.
Reynolds, de rodillas, se sacó de la lengua trozos de dientes.
–Me lo merecía –murmuró.
–¿Cómo puedo detenerlo? –dijo Gavin.
Reynolds agitó la cabeza.
–Imposible –susurró, cogiendo la mano de Gavin–. Por favor –dijo, abriendo el puño y besándole la palma de la mano.
Gavin dejó a Reynolds entre las ruinas de Roma y salió a la calle. La conversación con éste le había enseñado pocas cosas que no hubiera imaginado previamente. Lo único que podía hacer ahora era encontrar a esa bestia que se había apoderado de su belleza y vencerla. Fracasar supondría perder el único atributo que le caracterizaba: un rostro maravilloso. Las charlas acerca del alma y la humanidad no eran para él más que música celestial. Quería su cara.
Al cruzar Kensington lo hizo con una determinación desacostumbrada. Después de años de ser víctima de las circunstancias las veía por fin encarnadas en un ser. Sacaría provecho de la situación o moriría en el intento.


En su piso, Reynolds corrió la cortina para contemplar la imagen de la noche cayendo sobre la imagen de una ciudad.
Una noche que no viviría, una ciudad por la que nunca volvería a pasear. Sin suspirar porque ya no le quedaban suspiros, dejó caer la cortina y cogió una pequeña espada punzante. Puso la punta contra su pecho.
–Vamos –se dijo a sí mismo y a la espada, y empujó la empuñadura. Pero el daño que le produjo la hoja al penetrarle en el cuerpo tan sólo un centímetro bastó para que la cabeza le diera vueltas: sabía que se desmayaría antes de acabar la faena. Así que se acercó a la pared, sujetó el mango contra la misma y dejó que fuera el peso de su propio cuerpo el que la atravesara. Con eso bastó. No estaba seguro de que la espada le hubiera atravesado por completo, pero, a juzgar por la cantidad de sangre que soltaba, seguramente se habría matado. Aunque trató de volverse para que la hoja le penetrara por completo al caer sobre ella, falló en su intento y, en lugar de eso, cayó de lado. El golpe le hizo sentir la espada dentro de su cuerpo como una presencia rígida y despiadada que lo paralizaba totalmente.
Le costó más de diez minutos morir; pero en ese intervalo, pese al dolor, se sintió satisfecho. Fueran cuales fuesen los errores que había cometido en cincuenta y siete años, y eran muchos, sentía que estaba muriendo de una manera que habría enorgullecido a su querido Flavinus.
Hacia el final empezó a llover y el ruido del tejado le hizo creer que Dios estaba enterrando la casa, sellándolo para siempre. Y en el instante de su muerte tuvo una magnifica visión: una mano con una antorcha y precedida por voces atravesó la pared, permitiendo que los fantasmas del futuro excavaran en su historia. Sonrió para darles la bienvenida y estaba a punto de preguntarles en qué año estaba cuando comprendió que había muerto.


A la criatura le resultó mucho más fácil eludir a Gavin de lo que le había costado a éste hacer lo propio. Transcurrieron tres días sin que Gavin lograra siquiera vislumbraría.
Pero era indiscutible que estaba cerca, aunque nunca lo suficiente. En un bar alguien le decía: «Te vi la otra noche en Edgare Road», cuando no se había acercado por allí, o «¿Así que qué tal te fue con el árabe?», o «¿Ya no te hablas con tus amigos?»
Y, vive Dios, pronto le empezó a gustar esa sensación. La inquietud dejó paso a un placer olvidado desde que tenía dos años: la tranquilidad.
Qué más daba que alguien estuviera trabajando en su zona, burlando a la ley y a los matones callejeros al mismo tiempo; qué más daba que ese doble arrogante trinchara a sus amigos (¿y qué amigos? sólo Leeches), qué más daba que le hubieran quitado la vida pública y que estuvieran abusando de ella en su nombre. Podía dormir tranquilo sabiendo que él, o algo que se le parecía tanto que podía pasar por él, pasaba las noches despierto y haciéndose adorar. Empezó a ver en la criatura no a un monstruo que lo aterrorizaba sino a un instrumento, casi su personalidad pública. Era su sombra; una sombra material.


Se despertó en mitad de un sueño.
Eran las cuatro y cuarto de la tarde y el gemido del tráfico era intenso. Un cuarto en penumbra; el aire, inspirado una y otra vez, olía a sus pulmones. Hacía una semana que había dejado a Reynolds entre las ruinas y durante ese tiempo sólo había salido de su alojamiento (un pequeño dormitorio, cocina y baño) tres veces. El sueño era ahora más importante que la comida o el ejercicio. Tenía bastante droga para animarse cuando no le entraba sueño, lo que era excepcional, y se había acostumbrado al aire viciado, a la luz que entraba por la ventana sin cortina, a su parcela de un mundo en el que, por lo demás, no tenía ni arte ni parte.
Ese día se había dicho que le convenía salir a tomar un poco de aire fresco, pero no había conseguido reunir el entusiasmo necesario. Quizá más tarde, mucho más tarde, cuando se empezaran a vaciar los bares y nadie se fijara en su presencia, saliera de su capullo a ver lo que había que ver. De momento tenía cosas que soñar...
Agua.
Soñó con agua; se vio sentado al lado de una piscina en Fort Lauderdale, una piscina llena de peces. Oía el rumor interminable que producían sus saltos e inmersiones. ¿O era al revés? Sí; mientras dormía, había oído correr agua, y el inconsciente había creado una ilustración para acompañar el ruido. Al despertarse continuó el ruido.
Procedía del cuarto de baño contiguo: ya no corría, sino que salpicaba. Era obvio que alguien había entrado mientras dormía y se estaba dando un baño. Repasó la lista de posibles intrusos, de los pocos que sabían que estaba ahí. Paul, un chapista principiante que durmió en el suelo dos noches antes; Chink, el traficante de drogas, y una chica del piso de abajo que se llamaba, creía, Michelle. ¿A quién le había tomado él el pelo? Nadie de ellos habría roto la cerradura para entrar. Sabía perfectamente de quién se trataba. Tan sólo estaba jugando consigo, disfrutando con el proceso de eliminación hasta que las opciones quedaran reducidas a una.
Con ganas de reunirse con él, salió de su piel de sábanas y plumón. Se le puso la carne de gallina cuando le sacudió una ráfaga de aire frío y le desapareció la erección provocada por el sueño. Al cruzar la habitación para coger la bata que colgaba de la puerta sorprendió su reflejo en el espejo. Era como una fotografía congelada de una película de terror, un alfeñique encogido por el frío e iluminado por la luz de un día de lluvia. El reflejo aparecía y desaparecía, insustancial.
Envuelto en la bata, la única prenda que había comprado recientemente, se dirigió al cuarto de baño. Ya no había ruido de agua. Empujó la puerta.
El linóleo deformado le estaba helando los pies; sólo quería ver a su amigo y luego meterse otra vez en la cama. Pero para satisfacer su curiosidad tendría que hacer algo más: tendría que hacer preguntas.
La luz que atravesaba el gélido ventanal se había oscurecido rápidamente; en tres minutos, la caída de la noche y una tormenta le dejaron en la penumbra. Ante él, la bañera estaba llena hasta los bordes, la superficie era tan regular como la de una mancha de aceite y estaba negra. Como la otra vez, nada alteró la superficie. Estaba tumbado en el fondo, oculto.
¿Cuánto tiempo había pasado: desde que se asomó a una bañera verde como el cieno en un cuarto de baño verde como el cieno? Podía haber ocurrido ayer perfectamente: la vida desde aquel día hasta el que estaba viviendo no había sido más que una larga noche. Bajó la vista. Ahí estaba, hecho una bola como la última vez, y durmiendo con toda la ropa puesta, como si no hubiera tenido tiempo de desvestirse antes de esconderse. Donde había estado la calva se veía ahora una exuberante cabellera y tenía los rasgos perfectamente dibujados. No quedaba ningún rastro de la cara pintada: tenía una belleza plástica que era suya por completo, hasta la última muela. Las manos, perfectamente acabadas, descansaban sobre su pecho.
La noche se hizo más profunda. No tenía más que hacer que velar su sueño, y eso acabó por aburrirle. Si le había seguido hasta ahí, no era probable que se fuera, así que podía volver a la cama. En el exterior la lluvia entorpecía el regreso de los viajeros a casa, se producían accidentes, algunos mortales; los motores se recalentaban, los corazones también. Escuchó el ajetreo mientras le entraba sueño. Hacia la mitad de la noche la sed le volvió a despertar: estaba soñando con agua y se oía el mismo ruido de la última vez. La criatura estaba saliendo de la bañera, poniendo las manos sobre la puerta y abriéndola.
Se quedó de pie. La única luz que había en el dormitorio procedía de la calle y apenas si podía iluminar al visitante.
–¿Gavin? ¿Estás despierto?
–Sí.
–¿Me quieres ayudar? –preguntó. El tono de su voz no tenía nada de amenazante, estaba haciendo una pregunta de la misma manera en que cualquier hombre se la haría a su hermano, con la confianza del parentesco.
–¿Qué quieres?
–Tiempo para curarme.
–¿Curarte?
–Enciende la luz.
Gavin enchufó la lámpara que tenía junto a la cama y contempló la figura enmarcada por la puerta. Ya no tenía los brazos cruzados sobre el pecho, y Gavin vio que de esa manera tapaba una terrible herida de bala en el pecho. Tenía la carne desgarrada de tal forma que se le veían las entrañas incoloras. No había sangre, naturalmente: jamás la tendría. Tampoco pudo distinguir Gavin nada en su interior que recordara a la anatomía humana.
–Dios bendito –dijo.
–Preetorius tenía amigos –dijo el otro tocándose los bordes de la herida con los dedos. El gesto le recordó a un cuadro colgado en casa de su madre. La Gloria de Jesucristo –el Sagrado Corazón flotando en el interior del Salvador– mientras sus dedos, señalando los padecimientos que sufrió, decía: «Esto fue por vosotros».
–¿Por qué no estás muerto?
–Porque todavía no estoy vivo –contestó.
«Todavía no, acuérdate de eso», pensó Gavin. «Tiene pretensiones de volverse mortal.»
–¿Te duele?
–No –dijo tristemente, como si deseara conocer el dolor con toda su alma–, no siento nada. Todos los signos de vida que tengo son superficiales. Pero estoy aprendiendo. –Sonrió–. Ya sé bostezar y tirarme pedos. –La idea era al mismo tiempo absurda y enternecedora; pensar que aspirara a peerse, que un cómico fallo del sistema digestivo fuera para él un precioso signo de humanidad.
–¿Y la herida?
–... esta sanando. Se curará por completo con el tiempo. Gavin no dijo nada.
–¿Te doy asco? –preguntó con un tono de voz neutro.
–No.
Miraba a Gavin con unos ojos perfectos, sus propios ojos.
–¿Qué te dijo Reynolds? –preguntó.
Gavin se encogió de hombros.
–Muy poco.
–¿Que soy un monstruo? ¿Que arrebato el espíritu a los hombres?
–No exactamente.
–Más o menos.
–Más o menos –concedió Gavin.
Asintió.
–Tiene razón –dijo–. A su manera, tiene razón. Necesito sangre y eso me hace monstruoso. Hace un mes, cuando era joven, me bañaba en ella. Su contacto le daba a la madera la apariencia de carne. Pero ahora ya no la necesito: el proceso casi ha concluido. Todo lo que necesito ahora...
Vaciló; en opinión de Gavin, no fue debido a que tratara de mentir, sino a que le faltaban palabras para describir su condición.
–¿Qué necesitas? –le instó éste.
Agitó la cabeza, mirando la alfombra.
–He vivido varias veces, ¿sabes? A veces he robado vidas y luego me he desembarazado de ellas. He vivido una vida normal y luego me he quitado esa cara y me he buscado otra. En ocasiones, como la última vez, me han desafiado y vencido...
–¿Eres una especie de máquina?
–No.
–¿Qué eres entonces?
–Soy lo que soy. No conozco a nadie de mi especie, aunque, ¿por qué habría de ser el único? Tal vez haya más, muchos más: sencillamente, todavía no sé nada de ellos. Así que vivo, muero y vuelvo a vivir, sin aprender nada... –dijo con amargura–... acerca de mí mismo. ¿Comprendes? Tú sabes lo que eres porque ves a otros como tú. Si estuvieras solo en la Tierra, ¿qué sabrías? Lo que te dijera el espejo, eso es todo. Lo demás no serían más que mitos y conjeturas.
Hizo ese comentario sin exaltarse.
–¿Puedo tumbarme? –preguntó.
Echó a andar hacia él y Gavin pudo ver mejor cómo le hormigueaba la cavidad pectoral, las figuras incoherentes que se agitaban, incansables, en lugar del corazón. Suspirando, se desplomó cabeza abajo sobre el lecho con la ropa empapada y cerró los ojos.
–Me curaré –dijo–, dame sólo un poco de tiempo.
Gavin fue hasta la puerta del piso y echó el cerrojo. Luego arrastró una mesa y la puso debajo del pomo. Nadie podría entrar y atacarlo mientras dormía: él y la criatura, él y él mismo se quedarían juntos y resguardados. Revisada la fortificación, hizo un poco de café y se sentó en una silla para ver dormir al monstruo.
La lluvia azotó los cristales durante una hora y se hizo más suave después. El viento arrastraba hojas empapadas contra el ventanal, sobre el que se quedaban colgadas como curiosas polillas; cuando se cansaba de observarse a sí mismo les echaba un vistazo, pero en seguida quería volver a contemplar la belleza descuidada de su brazo extendido, cuya muñeca estaba iluminada, los párpados. Hacia las doce se quedó dormido en la silla, al son del quejido de una ambulancia y de la lluvia que volvía a arreciar.
No estaba demasiado cómodo en la silla, y se despertaba cada pocos minutos, abriendo ligeramente los ojos. La criatura se había levantado: estaba sentada junto a la ventana, o en frente del espejo, o en la cocina. Caía agua: soñó con agua. La criatura se desvistió: soñó con sexo. La tenía encima, con el pecho descubierto, y su presencia lo tranquilizaba: soñó, tan sólo un segundo, que lo sacaban de una calle y lo introducían por una ventana en el cielo. La criatura se vestía con sus ropas, y él murmuró que consentía el robo mientras dormía. Se puso a silbar: los primeros albores del día entraban por la ventana, pero se sentía demasiado vago para despertarse y le alegraba que un joven que silbaba se pusiera su ropa y viviera en su lugar.
Finalmente la criatura se inclinó sobre la silla y le besó los labios con un beso de hermano. Luego se marchó. Oyó cómo cerraba la puerta.


Después de aquello, pasó algunos días, no sabía cuántos, encerrado en el cuarto y todo lo que hizo fue beber agua. Tenía una sed insaciable. Beber y dormir, beber y dormir, una noche tras otra.
La cama en que dormía estaba húmeda al principio en el lugar en que se había acostado la criatura, y no quiso cambiar las sábanas. Por el contrario, le encantaba el lino mojado y lamentó que su cuerpo lo secara demasiado pronto. Se bañó en el agua en que había reposado el monstruo y volvió goteando a la cama, con la piel arrugada de frío y envuelto en una nube que olía a moho. Más tarde, demasiado hastiado para moverse, dio rienda suelta a su vejiga tumbado en la cama, y el liquido se enfrió con el tiempo y acabó por secarse gracias al calor cada vez más apagado de su cuerpo.
Pero por alguna razón, a pesar de que la habitación estuviera helada y él desnudo y hambriento, no podía morir.
Al sexto o séptimo día se levantó por la noche y se sentó al borde de la cama para calibrar su resolución. Como no llegaba a ninguna parte, se puso a andar por la habitación arrastrando los pies de una manera muy similar a la de la criatura, parándose delante del espejo para mirar los lamentables cambios de su cuerpo, viendo los copos de nieve caer y derretirse sobre el alféizar.
Una vez encontró casualmente un retrato de sus padres que, recordó, el monstruo había estado contemplando. ¿O lo había soñado? Decidió que no: tenía grabada la imagen precisa de la estatua cogiéndolo y estudiándolo.
El retrato: ése era, naturalmente, el principal obstáculo de su suicidio. Había respetos que presentar. Hasta entonces, ¿cómo podía abrigar esperanzas de morir?


Bajo la nieve, se dirigió hacia el cementerio, vestido tan sólo con unos pantalones y una camiseta. Hizo oídos sordos a los comentarios de mujeres de mediana edad y de escolares. ¿A quién había de importarle sino a él que andar descalzo lo matara? El aguanieve caía y amainaba, en ocasiones espesándose, pero sin conseguir hacerse nieve.
Había oficio en la iglesia y una columna de frágiles coches de color estaba aparcada a la entrada. La contorneó y entró en el camposanto. Era hermoso, aunque hoy lo turbaba un velo de aguanieve, que sin embargo no le tapaba la vista de los trenes y los rascacielos; las interminables filas de tejados. Deambuló por las lápidas, sin saber exactamente por dónde buscar la tumba de su padre. Fue hace dieciséis años; y el día no resultó nada memorable. Nadie dijo nada revelador acerca de la muerte en general ni de la de su padre en particular, ni siquiera hubo una metedura de pata que destacar: ninguna tía se tiró un cuesco durante la merienda, ninguna prima se escondió con él para desnudársele delante.
Pensó si el resto de la familia habría venido de vez en cuando a ese lugar, o si seguían de verdad en el campo. Su hermana siempre había amenazado con irse del país, a Nueva Zelanda, a empezar de nuevo. Su madre, pobre cerda, se estaría desembarazando de su cuarto marido, aunque tal vez fuera a ella a quien había que tener lástima. Su parloteo interminable apenas si podía encubrir el pánico.
Ahí estaba la piedra. Y, efectivamente, había flores recientes en la urna de mármol que descansaba entre las lascas de mármol verde. El viejo cabrón no había pasado inadvertido; no le habían dejado disfrutar a solas de la vista. Era evidente que alguien, probablemente su hermana, había venido a buscar un poco de consuelo junto a su padre. Gavin recorrió el nombre, la fecha, la frase hecha con los dedos. No era nada excepcional, lo que resultaba justo y correcto, porque no tuvo nada de excepcional.
Contemplando la piedra le brotó un torrente de palabras, como si Padre estuviera sentado al borde de la tumba con los pies colgando y acomodándose el pelo sobre la reluciente calva, simulando, como había hecho siempre, que le importaba lo que le decían.
–¿Qué te parece, eh?
Padre no estaba impresionado.
–No soy gran cosa, ¿verdad?
–Tú lo has dicho, hijo.
–Bueno, siempre he andado con cuidado, como me decías tú. No quedan bastardos; nadie me va a pedir cuentas de nada.
Eso le encantó.
–No sería un hallazgo agradable para nadie, ¿no es cierto?
Padre estornudó y se sonó tres veces la nariz. De izquierda a derecha, otra vez de izquierda a derecha, y la última de derecha a izquierda. Siempre igual. Luego desapareció.
–Mierda de basurero.
Un tren de juguete pegó un largo e intenso bocinazo al pasar y Gavin levantó la vista. Ahí estaba –él mismo–, a unos cuantos metros, completamente inmóvil. Llevaba la misma ropa con que salió del piso hacía una semana. El uso constante la había raído y arrugado. Pero ¡qué carne! Tenía la carne más radiante de lo que jamás la hubiera tenido él. A la escasa luz de la llovizna casi relumbraba; y las lágrimas que su sosias tenía sobre las mejillas realzaban la belleza de sus rasgos.
–¿Qué te pasa? –preguntó Gavin.
–Siempre lloro cuando vengo aquí. –Se acercó hacia él sorteando las tumbas; la grava crujía a su paso y la hierba se volvía mullida. Un efecto totalmente conseguido.
–¿Has estado antes aquí?
–Sí. Muchas veces con los años...
¿Con los años? ¿Qué quería decir con eso de «con los años»? ¿Había llorado en ese cementerio a las personas que había matado?
A guisa de respuesta le dijo:
–... vengo a visitar a Padre. Dos o tres veces al año.
–No es tu padre –precisó Gavin, divertido por el equívoco–. Es el mío.
–No veo lágrimas en tu rostro –dijo el otro.
–Siento...
–No sientes nada –le acusó su otro yo–. Para ser sincero contigo mismo, no sientes nada de nada.
Era la pura verdad.
–Mientras que yo... –empezaron a rodarle las lágrimas, le goteó la nariz–, lo echaré de menos hasta que me muera.
No estaba haciendo indudablemente más que teatro, pero aun así tenía los ojos anegados de dolor y los rasgos arrugados hasta hacerse feos de tanto llorar. Gavin sólo había cedido a las lágrimas en contadas ocasiones: le hacían sentirse débil y ridículo. Pero su doble estaba orgulloso de llorar, exultaba al hacerlo. Era el exponente de su triunfo.
Ni siquiera cuando Gavin comprendió que había sido vencido pudo encontrar en su fuero interno algo remotamente parecido al dolor.
–Adelante –dijo–. Haz pucheros. No te cortes.
La criatura no le escuchaba.
–¿Por qué es todo tan doloroso? –dijo después de una pausa–. ¿Por qué es la ausencia de alguien lo que me hace humano?
Gavin se encogió de hombros. ¿Y él qué sabía o por qué le había de importar el delicado arte de ser humano? La criatura se sonó la nariz con la manga, sorbió el moquillo y trató de sonreír pese a su desdicha.
–Lo siento –dijo–, estoy haciendo el ridículo. Perdóname, por favor.
Aspiró con intensidad, tratando de recobrar la compostura.
–No te preocupes –contestó Gavin. Esa demostración le incomodaba; de buena gana se habría marchado.
–¿Son tus flores? –le preguntó al dar la espalda a la tumba.
Asintió.
–Odiaba las flores.
La criatura retrocedió.
–Ah.
–De todas formas, ¿qué sabrá él?
Sin echarle una última mirada a la efigie, se dio la vuelta y tomó el camino que pasaba junto a la iglesia. A los pocos metros, su otro yo le gritó:
–¿Puedes recomendarme un dentista?
Gavin hizo una mueca y continuó andando.


Ya casi era la hora de salida del trabajo. La arteria que pasaba junto a la iglesia estaba atestada de coches: tal vez fuera viernes y los primeros fugados se apresuraban a llegar a casa. Faros deslumbrantes pasaban a toda velocidad; las bocinas sonaban.
Gavin se metió en medio del tráfico sin mirar a un lado o a otro, ignorando los chirridos de los frenazos y las maldiciones, y se puso a deambular por entre los coches como si estuviera paseando por el campo.
La aleta de un coche lanzado le rozó la pierna, otro estuvo a punto de arrollarlo. Sus prisas por llegar a alguna parte, por llegar a un lugar del que anhelarían inmediatamente volver a partir, resultaban cómicas. Que se enfurecieran con él, que lo aborrecieran, que vislumbraran su rostro desprovisto de rasgos y llegaran a casa con pesadillas. Si todo salía bien, aterrorizaría a alguien que pegaría un volantazo y lo atropellaría. Qué más daba. En lo sucesivo se ponía en manos del azar, iba a ser su portaestandarte.

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