viernes, 24 de enero de 2014

"La Cueva De Los Ecos" de H.P. Blavatsky








(para móvil)


En una de las provincias más distantes del Imperio ruso y en una pequeña ciudad fronteriza a la Siberia, ocurrió hace más de treinta años una tragedia misteriosa. Acosa de seis verstas de la ciudad de P…, célebre por la hermosura salvaje de sus campiñas y por la riqueza de sus habitantes, en general propietarios de minas y de fundiciones de hierro, existía una mansión aristocrática. La familia que la habitaba se componía del dueño, solterón viejo y rico, y de su hermano, viudo con dos hijos y tres hijas. Se sabía que el propietario, señor Izvertzoff, había adoptado a los hijos de su hermano, y habiendo tomado un cariño especial por el mayor de sus sobrinos, llamado Nicolás, le instituyó único heredero de sus numerosos Estados.

Pasó el tiempo. El tío envejecía y el sobrino se acercaba a su mayor edad. Los días y los años habían pasado en una serenidad monótona, cuando en el hasta entonces claro horizonte de la familia se formó una nube. En un día desgraciado se le ocurrió a una de las sobrinas aprender a tocar la cítara. Como el instrumento es de origen puramente teutón, y como no podía encontrarse maestro alguno en los alrededores, el complaciente tío envió a buscar uno y otro a San Petersburgo. Después de una investigación minuciosa, sólo pudo darse con un profesor que no tuviera inconveniente en aventurarse a ir tan cerca de la Siberia. Era un artista alemán, anciano, que compartiendo su cariño igualmente entre su instrumento y su hija, rubio y bonito, no quería separarse de ninguno de los dos. Y así sucedió que en una hermosa mañana llegó el profesor a la mansión, con su caja de música debajo del brazo y su linda Minchen apoyándose en el otro.

Desde aquel día la pequeña nube empezó a crecer rápidamente, pues cada vibración del melodioso instrumento encontraba un eco en el corazón del viejo solterón. La música despierta el amor, se dice, y la obra comenzada por la cítara fue completada por los hermosos ojos azules de Minchen. Al cabo de seis meses, la sobrina se había hecho una hábil tocadora de cítara y el tío estaba locamente enamorado.

Una mañana reunió a su familia adoptiva, abrazó a todos muy cariñosamente, prometió recordarlos en su testamento y, por último, se desahogó declarando su resolución inquebrantable de casarse con la Minchen de ojos azules. Después se les echó al cuello y lloró en silencioso arrobamiento. La familia, comprendiendo que. La herencia se le escapaba, lloró también, aunque por causa muy distinta. Después de haber llorado se consolaron y trataron de alegrarse, pues el anciano caballero era amado sinceramente de todos. Sin embargo, no todos se alegraron. Nicolás, que también se había sentido herido en el corazón por la linda alemana, y que de un golpe se veía privado de ella y del dinero de su tío, ni se consoló ni se alegró, sino que desapareció durante todo un día.

1 Esta historia está sacada del relato de un testigo presencial, un señor ruso muy piadoso y digno de crédito. Además, los hechos están copiados de los registros de la Policía de P… El testigo en cuestión los
atribuye, por supuesto, parte a la intervención divina y parte al diablo. – H. P. B.

Mientras tanto el señor Izvertzoff había ordenado que preparasen su coche de viaje para el día siguiente, y se susurró que iba a la capital del distrito, a alguna distancia de su casa, con la intención de variar su testamento. Aunque era muy rico, no tenía ningún administrador de sus Estados y él mismo llevaba sus libros de contabilidad. Aquella misma tarde, después de cenar, se le oyó en su habitación reprendiendo agriamente a un criado que hacía más de treinta años estaba a su servicio. Este hombre, llamado Iván, era natural del Asia del Norte, de Kanischatka; había sido educado por la familia en la religión cristiana, y se le creía muy adicto a su amo. Unos cuantos días después, cuando la primera de las trágicas circunstancias que voy a relatar había traído a aquel sitio a toda la fuerza de la Policía, se recordó que Iván estaba borracho aquella noche; que su amo, que tenía horror a este vicio, le había apaleado paternalmente y le había echado fuera de la habitación, y aun se le vio dando traspiés fuera de la puerta y se le oyeron proferir amenazas.

En el vasto dominio del señor Izvertzoff había una extraña caverna que excitaba la curiosidad de todo el que la visitaba. Existe hoy todavía, y es muy conocida de todos los habitantes de P… Un bosque de pinos comienza a corta distancia de la puerta del jardín y sube en escarpadas laderas a lo largo de cerros rocosos, a los que ciñe con el ancho cinturón de su vegetación impenetrable. La galería que conduce al interior de la caverna, conocida por la Cueva de los Ecos, está situada a media milla de la mansión, desde la cual aparece corno una pequeña excavación de la ladera, oculta por la maleza, aunque no tan completamente que impida ver cualquier persona que entre en ella desde la terraza de la casa. Al penetrar en la gruta, el explorador ve en el fondo de la misma una estrecha abertura, pasada la cual se encuentra una elevadísima caverna, débilmente iluminada por hendiduras en el abovedado techo a cincuenta pies de altura.

La caverna es inmensa, y podría contener holgadamente de dos a tres mil personas. En el tiempo del señor Izvertzoff una parte de ella estaba embaldosada, y en el verano se usaba a menudo como salón de baile en las jiras campestres. Es de forma oval irregular, y se va estrechando gradualmente hasta convertirse en un ancho corredor que se extiende varias millas, ensanchándose a trechos y formando otras estancias tan grandes
y elevadas como la primera, pero con la diferencia de que no pueden cruzarse sino en botes, por estar siempre llenas de agua. Estos receptáculos naturales tienen la reputación de ser insondables.

En la orilla del primero de estos canales existe una pequeña plataforma con algunos asientos rústicos, cubiertos de musgo, convenientemente colocados, y en este sitio es donde se oye en toda su intensidad el fenómeno de los ecos que dan nombre a la gruta.
Una palabra susurrada, y hasta un suspiro, es recogido por infinidad de voces burlonas, y en lugar de disminuir de volumen, como hacen los ecos honrados, el sonido se hace más y más intenso a cada sucesiva repetición, hasta que al fin estalla como la repercusión de un tiro de pistola y retrocede en forma de gemido lastimero a lo largo del corredor.

En el día en cuestión, el señor Izvertzoff había indicado su intención de dar un baile en esta cueva al celebrar su boda, que había fijado para una fecha cercana. Al día siguiente por la mañana, mientras hacía sus preparativos para el viaje,. su familia le vio entrar en la gruta acompañado solamente por su criado siberiano. Media hora después Iván volvió a la mansión por una tabaquera que su amo había dejado olvidada, y regresó con ella a la gruta. Una hora más tarde la casa entera se puso en conmoción por sus grandes gritos. Pálido y chorreando agua, Iván se precipitó dentro como un loco, y declaró que el señor Izvertzoff había desaparecido, pues que no se le encontraba en ninguna parte de la caverna. Creyendo que se habla caído en el lago, se había sumergido en el primer receptáculo en su busca, con peligro inminente de su propia vida.

El día pasó sin que diesen resultado las pesquisas en busca del anciano. La Policía invadió la casa, y el más desesperado parecía ser Nicolás, el sobrino, que a su llegada se había encontrado con la triste noticia. Una negra sospecha recayó sobre Iván el siberiano. Había sido castigado por su amo la noche anterior y se le había oído jurar que tomaría venganza. Le había acompañado solo a la cueva, y cuando registraron su habitación se encontró debajo de la cama una caja llena de riquísimas joyas de familia. En vano fue que el siervo pusiese a Dios por testigo de que la caja le había sido confiada por su amo precisamente antes de que se dirigieran a la cueva; que la intención de su amo era hacer remontar las joyas que destinaba a la novia como regalo, y que él, Iván, daría gustoso su propia vida para devolvérsela a su amo, si supiese que éste estaba muerto. No se le hizo ningún caso, sin embargo, y fue arrestado y metido en la cárcel bajo acusación de asesinato. Allí se le encerró, pues según la legislación rusa, no podía, al menos por aquellos tiempos, ser condenado criminal alguno a muerte, por demostrado que estuviese su delito, siempre que no se hubiese confesado culpable.

Después de una semana de inútiles investigaciones, la familia se vistió de riguroso luto, y como el testamento primitivo no había sido modificado, toda la propiedad pasó a manos del sobrino. El viejo profesor y su hija soportaron este repentino revés de la fortuna con flema verdaderamente germánica, y se prepararon a partir. El anciano cogió su cítara debajo del brazo y se dispuso a marchar con su Minchen, cuando el sobrino le detuvo, ofreciéndose, en lugar de su difunto tío, como esposo de la linda damisela.

Encontraron muy agradable el cambio, y, sin causar gran ruido, fueron casados los dos
Jóvenes. Transcurrieron diez años, y nos encontramos nuevamente a la feliz familia al principio de 1859. La linda Minchen se había puesto gruesa y se había hecho vulgar. Desde el día de la desaparición del anciano, Nicolás se había vuelto áspero y retraído en sus costumbres, admirándose muchos de tal cambio, pues nunca se le veía sonreír. Parecía que el único objeto de su vida era el encontrar al asesino de su tío o, más bien, hacer que Iván confesase su crimen. Pero este hombre persistía aún en que era inocente.
Sólo un hijo había tenido la joven pareja, y por cierto que era un niño extraño. Pequeño, delicado y siempre enfermo, parecía que su frágil vida pendía de un hilo. Cuando sus facciones estaban en reposo era tal su parecido con el tío, que los individuos de la familia a menudo se alejaban de él con terror. Tenía la cara pálida y arrugada de un viejo de sesenta años sobre los hombros de un niño de nueve. Nunca se le vio reír ni jugar. Encaramado en su silla alta, permanecía sentado gravemente, cruzando los brazos de una manera que era peculiar al difunto señor Izvertzoff, y así se pasaba horas y horas inmóviles y adormecidas. A sus nodrizas se les veía a menudo santiguarse furtivamente al acercarse a él por la noche, y ninguna de ellas hubiera consentido en dormir a solas con él en su cuarto. La conducta del padre para con su hijo era aún más extraña. Parecía quererlo apasionadamente y al mismo tiempo odiarlo en extremo. Muy rara vez le besaba o acariciaba, sino que, con semblante lívido y ojos espantados, pasaba largas horas mirándole, mientras que el niño estaba tranquilamente sentado en su rincón, con sus maneras de viejo propias de un duende. El niño no había salido nunca de la hacienda, y pocos de la familia conocían su existencia.
A mediados de julio, un viajero húngaro, de elevada estatura, precedido de una gran reputación de excentricidad, fortuna y poderes misteriosos, llegó a la ciudad de P… desde el Norte, donde había residido muchos años. Se estableció en la pequeña ciudad en compañía de un shamano, o mago de la Siberia del Sur, con quien se decía que verificaba experimentos de magnetismo. Daba comidas y reuniones, e invariablemente exhibía a su shamano, de quien estaba muy orgulloso, para divertir a sus huéspedes. Un día los notables de P… invadieron repentinamente los dominios de Nicolás Izvertzoff solicitando les prestase su cueva para pasar una velada. Nicolás consintió con gran repugnancia, y sólo después de una vacilación aún mayor se dejó persuadir para unirse a la partida.

La primera caverna y la plataforma al lado del insondable lago estaban refulgentes de luz. Centenares de velas y de antorchas de vacilantes llamas, metidas en las hendiduras de las rocas, iluminaban aquel sitio, y ahuyentaban las sombras de ángulos y rincones en donde habían estado agazapadas, sin ser molestadas, durante muchos años. Las estalactitas de las paredes chispeaban brillantemente, y los dormidos ecos fueron repentinamente despertados por alegre confusión de risas y conversaciones.

El shamano, a quien su amigo y patrón no había perdido de vista un momento, estaba sentado en un rincón, y, como de costumbre, hipnotizado, encaramado en una roca saliente a la mitad del camino entre la entrada y el agua. Con su rostro de amarillo limón, lleno de arrugas, su nariz chata y barba rala, parecía más bien un horrible ídolo de piedra que un ser humano. Muchos de la partida se apretaban a su alrededor recibiendo atinadas contestaciones a las preguntas que le dirigían, pues el húngaro sometía gustoso su “sujeto” magnetizado a los interrogatorios.

De pronto una señora hizo la observación de que en aquella misma cueva había desaparecido el señor Izvertzoff hacía diez años. El extranjero pareció interesarse en el caso, mostrando deseos de saber lo acaecido. En su consecuencia, buscaron a Nicolás entre la multitud y le condujeron delante del grupo de curiosos. Era el huésped, y le fue imposible el negarse a hacer la deseada narración. Repitió, pues, el triste relato con voz temblorosa, pálido semblante y viéndosele brillar las lágrimas en sus ojos febriles. Los asistentes se afectaron mucho, murmurando grandes elogios sobre la conducta del amante sobrino, que tan bien honraba la memoria de su tío y bienhechor. Cuando, de repente, la voz de Nicolás se ahogó en su garganta, sus ojos parecieron salir de sus órbitas y, con un gemido ronco, retrocedió tambaleándose. Todos los ojos siguieron con curiosidad su aterrada vista, que se fijó y permaneció clavada sobre una diminuta cara de bruja que se asomaba por detrás del húngaro.

–¿De dónde vienes? ¿Quién te trajo aquí, niño?– balbuceó Nicolás, pálido como la muerte.
–Yo estaba acostado, papá; este hombre vino por mí y me trajo aquí en sus brazos
–contestó con sencillez el muchacho, señalando al shamano, a lado de quien se hallaba en la roca, y el cual seguía con los ojos cerrados, moviéndose de un lado a otro como un péndulo viviente.
–Esto es muy extraño –observó uno de los huéspedes –, pues este hombre no se ha movido de su sitio.
–¡Gran Dios! ¡Qué parecido tan extraordinario!– murmuró un antiguo vecino de la ciudad, amigo de la persona desaparecida.
–¡Mientes, niño!–exclamó con fiereza el padre –Vete a la cama, éste no es sitio para ti.
–Vamos, vamos –dijo el húngaro, interponiéndose con una expresión extraña en su cara, y rodeando con sus brazos la delicada figura del niño–; el pequeño ha visto el doble de mi shamano que a menudo vaga a gran distancia de su cuerpo, y ha tomado al fantasma por el hombre mismo. Dejadlo permanecer un rato con nosotros.
A estas extrañas palabras los asistentes se miraron con muda sorpresa, mientras que algunos hicieron piadosamente el signo de la cruz, presumiendo, indudablemente, que se trataba del diablo y de sus obras.
–Y por otro lado –siguió diciendo el húngaro con un acento de firmeza peculiar, dirigiéndose a la generalidad de los concurrentes más bien que a algunos en particular  ¿por qué no habríamos de tratar, con ayuda de mis shamano de descubrir el misterio que encierra esta tragedia? Está todavía en la cárcel la persona de quien se sospecha.
¿Cómo no ha confesado su delito todavía? Esto es seguramente muy extraño; pero vamos a saber la verdad dentro de algunos minutos. ¡Que todo el mundo guarde silencio!
Se aproximó entonces al tehuktchené, e inmediatamente dio principio a sus manipulaciones, sin siquiera pedir permiso al dueño del lugar. Este último permanecía en su sitio como petrificado de horror y sin poder articular una palabra. La idea encontró una aprobación general, a excepción de él, y especialmente aprobó el pensamiento el inspector de Policía, coronel S.

–Señoras y caballeros –dijo el magnetizador con voz suave–: permitidme que en esta ocasión proceda de una manera distinta de lo que generalmente acostumbro a hacerlo.
Voy a emplear el método de la magia nativa. Es más apropiado a este agreste lugar y de mucho más efecto, corno ustedes verán, que nuestro método europeo de magnetización.

Sin esperar contestación, sacó de un saco que siempre llevaba consigo, primeramente, un pequeño tambor, y después dos redomas pequeñas, una llena de un líquido y la otra vacía. Con el contenido de la primera roció al shamano, quien empezó a temblar y a balancearse más violentamente que nunca. El aire se llenó de un perfume de especias, y la misma atmósfera pareció hacerse más clara. Luego, con horror de los presentes, se acercó al tibetano, y sacando de un bolsillo un puñal en miniatura, le hundió la acerada hoja en el antebrazo y sacó sangre, que recogió en la redoma vacía. Cuando estuvo medio llena oprimió el orificio de la herida con el dedo pulgar, y detuvo la salida de la sangre con la misma facilidad que si hubiera puesto el tapón a una botella, después de lo cual roció la sangre sobre la cabeza del niño. Luego se colgó el tambor al cuello y, con dos palillos de marfil cubiertos de signos y letras mágicas, empezó a tocar una especie de diana para atraer los espíritus, según él decía.

Los circunstantes, medio sorprendidos, medio aterrorizados por este extraordinario procedimiento, se apiñaban ansiosamente a su alrededor, y durante algunos momentos reinó un silencio de muerte en toda la inmensa caverna. Nicolás, con semblante lívido como el de un cadáver, permanecía sin articular palabra. El magnetizador se había colocado entre el shamano y la plataforma, cuando principió a tocar lentamente el tambor. Las primeras notas eran como sordas, y vibraban tan suavemente en el aire, que no despertaron eco alguno; pero el shamano apresuró su movimiento de vaivén y el niño se mostró intranquilo. Entonces el que tocaba el tambor principió un canto lento, bajo, solemne e impresionante.

A medida que aquellas palabras desconocidas salían de sus labios, las llamas de las velas y de las antorchas ondulaban y fluctuaban, hasta que principiaran a bailar al compás del canto. Un viento frío vino silbando de los obscuros corredores, más allá del agua, dejando en pos de sí un eco quejumbroso. Luego una especie de neblina que parecía brotar del suelo y paredes rocosas se condensó en torno del shamano y del muchacho. Alrededor de este último el aura era plateada y transparente, pero la nube que envolvía al primero era roja y siniestra. Aproximándose más a la plataforma, el mago dio un redoble más fuerte en el tambor; redoble que esta vez fue recogido por el eco con un efecto terrorífico. Retumbaba cerca y lejos con estruendo incesante; un clamor más y más ruidoso sucedía a otro, hasta que el estrépito formidable pareció el coro de mil voces de demonios que se levantaban de las insondables profundidades del lago. El agua misma, cuya superficie, iluminada por las muchas luces, había estado hasta entonces tan llana como un cristal, se puso repentinamente agitada, como si una poderosa ráfaga de viento hubiese recorrido su inmóvil superficie.

Otro canto, otro redoble del tambor, y la montaña entera se estremeció hasta sus cimientos, con estruendos parecidos a los de formidables cañonazos disparados en los inacabables y obscuros corredores. El cuerpo del shamano se levantó dos yardas en el aire y, moviendo la cabeza de un lado a otro y balanceándose, apareció sentado y suspendido como una aparición. Pero la transformación que se operó entonces en el muchacho heló de terror a cuantos presenciaban la escena. La nube plateada que rodeaba al niño pareció que le levantaba también en el aire; mas, al contrario del shamano, sus pies no abandonaron el suelo. El muchacho principió a crecer como si la obra de los años se verificase milagrosamente en algunos segundos. Se tornó alto y grande, y sus seniles facciones se hicieron más y más viejas, a la par que su cuerpo.

Unos cuantos segundos más, y la forma juvenil desapareció completamente, absorbida en su totalidad por otra individualidad diferente y con horror de los circunstantes, que conocían su apariencia, esta individualidad era la del viejo Sr. Izvertzoff, quien tenía en la sien una gran herida abierta, de la que caían gruesas gotas de sangre.

El fantasma se movió hacia Nicolás, hasta que se puso directamente enfrente de él, mientras que éste, con el pelo erizado y con los ojos de un loco, miraba a su propio hijo transformado inesperadamente en su tío mismo. El silencio sepulcral fue interrumpido por el húngaro, quien, dirigiéndose al niño–fantasma, le preguntó con voz solemne:

–En nombre del gran Maestro, de Aquel que todo lo puede, contéstanos la verdad y nada más que la verdad. Espíritu intranquilo, ¿te perdiste por accidente, o fuiste cobardemente asesinado?
Los labios del espectro se movieron, pero fue el eco el que contestó en su lugar, diciendo con lúgubres resonancias:

–¡Asesinado! ¡Asesinado! ¡A–se–si–na–do!...
–¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por quién? –preguntó el conjurador.

 La aparición señaló con el dedo a Nicolás, y sin apartar la vista ni bajar el brazo se retiró, andando lentamente de espaldas y hacia el lago. A cada paso que daba el fantasma, Izvertzoff el joven, como obligado por una fascinación irresistible, avanzaba un paso hacia él, hasta que el espectro llegó al lago, viéndosele en seguida deslizarse sobre su superficie. ¡Era una escena de fantasmagoría verdaderamente horrible!

Cuando llegó a dos pasos del borde del abismo de agua, una violenta convulsión agitó el cuerpo del culpable. Arrojándose de rodillas se agarró desesperadamente a uno de los asientos rústicos y, dilatándose sus ojos de una manera salvaje, dio un grande y penetrante grito de agonía. El fantasma entonces permaneció inmóvil sobre el agua y, doblando lentamente su dedo extendido, le ordenó acercarse. Agazapado, presa de un terror abyecto, el miserable gritaba hasta que la caverna resonó una y otra vez:

–¡No fui yo…, no; yo no os asesiné!

 Entonces se oyó una caída; era el muchacho que apareció sobre las obscuras aguas luchando por su vida en medio del lago, viéndose a la inmóvil y terrible aparición inclinada sobre él.

–¡Papá, papá, sálvame… que me ahogo!…–exclamó una débil voz lastimera en medio del ruido de los burlones ecos.
–¡Mi hijo!–gritó Nicolás con el acento de un loco y poniéndose en pie de un salto –. ¡Mi
hijo! ¡Salvadlo! ¡Oh! ¡Salvadlo!… ¡Sí, confieso. ¡Yo soy el asesino!… ¡Yo fui quien le mató!

Otra caída en el agua, y el fantasma desapareció. Dando un grito de horror los circunstantes se precipitaron hacia la plataforma; pero sus pies se clavaron repentinamente en el suelo al ver, en medio de los remolinos, una masa blanquecina e informe enlazando al asesino y al niño en un estrecho abrazo y hundiéndose lentamente en el insondable lago.

A la mañana siguiente, cuando, después de una noche de insomnio, algunos de la partida visitaron la residencia del húngaro, la encontraron cerrada y desierta. Él y el shamano habían desaparecido. Muchos son los habitantes de P… que recuerdan el caso todavía. El Inspector de Policía, Coronel S., murió algunos años después en la completa seguridad de que el noble viajero era el diablo. La consternación general creció de punto al ver convertida en llamas la mansión Izvertzoff aquella misma noche. El Arzobispo ejecutó la ceremonia del exorcismo; pero aquel lugar se considera maldito hasta el presente. En cuanto al Gobierno, investigó los hechos y… ordenó el silencio.


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