domingo, 1 de noviembre de 2015

Cuento: "REBECA" primera parte de Fernando Edmundo Sobenes Buitrón








Hola hoy quiero invitarte a leer la primera parte de este cuento, ojalá te agrade...






Rebeca


Solo para adultos.


Fernando Edmundo Sobenes Buitrón

REBECA

Habían pasado quince minutos luego de la medianoche cuando Rebeca aún continuaba sentada en el comedor inclinada sobre el álbum de fotos que había estado observando desde hacía casi cuatro horas. Durante la cuales regresó al pasado en un trágico y emotivo viaje que la trasladó como una máquina del tiempo a diversos lugares, evocando sucesos que pensaba haber olvidado. Que creía haber sepultado en el más recóndito y oscuro rincón de su mente. Más; por desgracia, aquellas memorias consiguieron abrirse paso a través de la penumbra y el olvido, emergiendo como témpanos de hielo desde el profundo abismo de sus recuerdos. Trayendo consigo una mezcla de emociones que la atraparon en un aura de tristeza; rabia y desesperación. Los sentimientos a flor de piel fluían con libertad y violencia como torrentes a través de sus poros ocasionando que las lágrimas emergieran sin control bañando su rostro. Al tiempo que la añoranza: demoledora, fría e inmisericorde; hacía su trabajo invadiendo su espíritu, colmándolo de angustia. Miraba aquellas fotografías que la forzaban a revivir aquellos momentos indelebles y miserables de su existencia. Eran cicatrices infligidas a su alma por circunstancias de la vida y que en ese momento la azotaban nuevamente con inusitada crueldad.



En ese instante miraba un retrato desgastado y antiguo en blanco y negro, que mostraba una fecha en la parte superior izquierda: mil novecientos treintaiocho. En ésta se apreciaba el rostro claro de una niña de ocho años; con un moño blanco en la cabeza, de ojos negros, rostro adusto y mirada triste, que no concordaba con una persona de su edad. No mostraba la candidez y alegría que dan los primeros años de vida. Rebeca miraba las facciones de aquella niña afligida y temerosa.


¡Cómo le hubiera gustado volver al pasado y rescatarla del horror que venía sufriendo desde los siete años y se prolongaría hasta cumplir los quince!

Pudo sentir de forma casi instantánea que la piel de su cuerpo comenzó a erizarse mientras el temblor la dominaba, al recordar con terror aquella noche de otoño la ocasión en que su padre; totalmente ebrio, se introdujo en su cama, despertándola y comenzó a “jugar” con ella. Al principio fueron solo cosquillas. La niña reía al sentir los dedos del hombre tocándola por diversos lugares: en las axilas, los pies, la cintura. Pero esto solo duró un instante y aquel “inocente juego” dio paso a una aberrante situación. Su padre hizo que se desnudara y luego… El miedo la atrapó entre sus poderosas redes y la fuerza adulta y masculina le impidió oponer resistencia. La inicial risa dio paso a las lágrimas, al dolor y al horror. Aquel día perdió la inocencia. Fue el momento en que se abrió una puerta que la condujo por los aterradores laberintos del infierno del que no podría escapar; y supo por primera vez que los monstruos no eran muñecos que podían aparecer bajo la cama, o sombras de la noche que se reflejaban a través de las ventanas creando siluetas fantasmales a causa de su candorosa imaginación. Tomó consciencia de que los monstruos existían, que eran de carne y hueso. Que podían tocarla con rudeza, que apestaban, y eran capaces de hacer daño; de causar mucho dolor. Desde aquel desdichado día aprendió lo que era el espanto, el miedo en la figura de un ser que representaba a todos los monstruos y seres espeluznantes imaginables: Su padre. Esta situación se volvió rutinaria; cada vez que su progenitor se embriagaba, la niña sufría los aberrantes embates sexuales del infame abusador.


En otra de las imágenes podía contemplar a la niña al lado de una mujer delgada y de mediana estatura. De profundas ojeras, rostro pálido y enfermizo que se esforzaba en sonreír sin lograrlo. Se podía observar la fragilidad de su cuerpo y los ojos profundos y negros mostraban la tristeza y quebranto que habitaban como fantasmas su débil humanidad.


—«Mi pobre madre…»—pensó la mujer—, mientras sentía que el corazón iba encogiéndose. Sentía que tenía en la garganta un puñado de tachuelas que la hacían tragar con dificultad y perlas líquidas escapaban de sus ojos cayendo sin control sobre el ajado retrato amarillento.


Su madre, siempre enferma. Constantemente en cama, casi nunca podía estar en pie debido a la esclerosis que la había incapacitado. Rebeca nunca le contó acerca de las violaciones de las que era víctima. ¡Tenía terror de su padre! y cada día que pasaba, veía cómo la mujer se consumía, marchitándose sin poder hacer nada para evitarlo.


El día que su madre falleció, fue uno de las más tristes de su vida. Mientras el sarcófago marrón era tragado lentamente por la tierra. Sollozaba en silencio sujetada de la mano por su padre y sin saberlo, albergaba en su vientre el resultado de los repetidos “juegos” de éste. Luego de cuatro meses, estuvo a punto de perder la vida a causa del embarazo precoz que su joven cuerpo no pudo resistir y se transformó en un aborto espontáneo. Aquel día, se hallaba sola en casa, cuando empezó a sentir unos agudos cólicos abdominales a la vez de una copiosa hemorragia que la hizo desvanecer en el piso perdiendo el sentido. De no haber sido por una de las vecinas, que sospechaba lo que ocurría a la niña y la descubrió tirada en la vivienda…


Sin embargo, eran otras épocas. Al hombre no le fue difícil convencer a las autoridades que algún joven se había aprovechado de la niña engatusándola para así “ganarse sus favores” así que, luego del hospital la menor regresó a su hogar. Aquel horrible episodio causó que perdiera su capacidad de procrear y ella no lo comprendió cuando se lo dijeron los médicos, debido a su corta edad. El hombre se asustó tanto al verla en peligro de muerte que la cuidó por unos meses, e inclusive dejó de beber. No la trataba con cariño, pero al menos desde el “accidente” no la tocaba; es más, casi no le dirigía la palabra. Ella a su vez lo único que hacía luego del colegio era encargarse de los quehaceres del hogar; como de costumbre, desde que podía recordar. Ese día, la muchacha cumplía quince años de edad y se encontraba un poco más tranquila; pero —como era habitual —no hubo celebración alguna. Así que una vez llegada la noche se acostó a dormir, aún no llegaba su padre del trabajo. El cansancio la dominó poco a poco hasta lograr conciliar el sueño alejándose de la realidad, sin embargo, esto duró poco. La despertó un escalofriante y familiar hedor a sudor aunado al licor que exudaba el cuerpo desnudo de su padre quien se las arregló para acostarse a su lado. La joven empezó a temblar de terror y trató de imaginar que se hallaba lejos, muy lejos. Se veía como un ave volando en el cielo a través de las nubes blancas. Escapando del horror que yacía a su lado: tocándola y mancillándola con rudeza. Mientras estaba siendo abusada pensaba que quería desaparecer. Deseaba con toda su alma convertirse en algo tan pequeño, que le fuera posible desvanecerse para no ser encontrada por aquel monstruo que la usaba a voluntad. Quizás fue la providencia, o el poder de su mente que la ayudó a desconectarse de ese momento de pesadilla hasta que por fin terminó. Lo único que venía a su cabeza era oír a su padre roncado a su lado; con la boca abierta mientras la saliva fluía por las comisuras de sus labios, en tanto uno de sus brazos reposaba sobre los senos de la joven. Rebeca, sin decir una palabra se puso de pie. En ese instante no sentía miedo, era algo más que la impulsaba. Pensó en su madre, en los continuos abusos de aquel hombre así que se dirigió a dónde se hallaba la caja de herramientas de su progenitor…


Una vez que regresó a la habitación se detuvo al lado de la cama llevando en el la mano derecha un largo destornillador de estrías. Permaneció unos segundos observando al hombre que dormía pesadamente, sin tomar consciencia de lo que sucedía a su alrededor. Veloz como un rayo, introdujo con violencia la punta del metal en el oído izquierdo de su padre hasta no poder avanzar más. El objeto entró casi hasta la mitad como si esa parte del cuerpo fuera una mezcla de mantequilla y aserrín. De inmediato; del oído herido del hombre salió un pequeño chorro de color rojo oscuro, tiñéndole la mejilla de aquel lado con ese matiz. Instintivamente su padre abrió los ojos, conjuntamente con un escalofriante alarido de dolor. Se incorporó logrando sentarse y empujó a la joven quien salió impulsada hacia la pared. Sin embargo, Rebeca no se dejó paralizar por el terror. Sobreponiéndose con rapidez, cogió uno de los zapatos de su padre y con toda su fuerza, golpeó con el lado del talón la base de la herramienta que esta vez entró hasta la empuñadura.


Así sentado sobre el lecho, el hombre continuaba gritando mientras no dejaba de mirar a su hija, con furia terrible. El odio y el instinto asesino brillaban en sus ojos y de manera automática con la mano izquierda abofeteó a la joven quien no pudo resistir la fuerza del golpe y cayó de espaldas sobre el piso. Luego, utilizando las manos cogió el objeto que tenía enterrado al costado de su cabeza y logró extraerlo, emitiendo un ruido apagado, un leve “suub” al tiempo que una catarata escarlata se escurrió con rapidez del orificio auditivo bañando el lado izquierdo de la cabeza; cuello, hombro y brazo de éste en tanto se ponía de pie, diciendo:


— ¡Maldita perra! Maldita seas. ¡Te voy a matar…!


La joven permanecía en el suelo viendo cómo su padre se le acercaba, desangrándose como un puerco degollado. El hombre abría la boca tratando de gritar, pero ya no podía articular palabra alguna; solo profería sonidos roncos y espeluznantes. Parecía hallarse en una cueva tratando de hacerse escuchar sin conseguirlo. Se colocó de rodillas ante ésta mientras la cogía de los hombros y movía la cabeza de un lado a otro cubriéndola con el oscuro fluido que brotaba sin control. Rebeca luchaba con desesperación tratando de zafarse del agarre de su padre. Lo tomó de los cabellos jalando con fuerza para escapar de aquella abominación, pero no podía. El hombre continuó sujetándola de los hombros pero su fuerza comenzó a menguar. Iba drenándose como si fuera una esponja exprimida, hasta que por fin sus manos se resbalaron y cayó sobre el pecho de ésta.


La joven, haciendo un enorme esfuerzo empujaba el cuerpo del hombre. Utilizó brazos y piernas para alejar la humanidad del monstruo quien, herido de muerte, la aprisionaba contra el piso de la habitación. Impregnada de aquel viscoso líquido rojo, podía sentir el nauseabundo olor y el sabor salado y metálico de la sangre con que se hallaba cubierta. No fue capaz de escapar del peso muerto de éste; sentía que desfallecía. Temblaba sin control y empezó a gritar de forma histérica sin detenerse. El pavor la dominó por completo sin ser capaz de huir de aquel aterrador lugar. Estuvo toda la noche bajo el cadáver de su padre. Cuando llegó la policía, la muchacha seguía gritando, aullaba de pánico…


CONTINUARÁ…


10 de Octubre de 2015


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