sábado, 28 de abril de 2012

PRÓLOGO


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PRÓLOGO (para móvil)


    Nunca podría apartar de su mente aquel terrible día cuando sucedió aquello tan aterrador que le congeló el corazón y cambió su vida para siempre. Era el mes de febrero de 1991; Peter Donovan Teniente del Ejército de los Estados Unidos, perteneciente a la Segunda División de infantería se encontraba en el Golfo Pérsico al mando de un grupo de cuarenta soldados que debían llegar al campo petrolífero de Ar Rumaylah al norte de Kuwait, donde las tropas iraquíes habían puesto cargas explosivas en los pozos de petróleo con la finalidad de hacerlos estallar en cuanto llegaran los efectivos de la coalición, acatando las órdenes de Saddam Hussein “El Carnicero de Bagdad” convirtiéndolos en “tumbas de fuego” creando caos y destrucción. Su misión consistía en desactivar los explosivos y asegurar el área antes de que las fuerzas  del dictador iraquí lograran su cometido.

    El objetivo se encontraba a quince kilómetros de distancia, lo hacían a pie, puesto que aún existía algo de resistencia de la Guardia Republicana iraquí y era necesario  neutralizar las tropas enemigas que encontraran en su camino. Para esto contaban con apoyo aéreo en caso de necesidad.
    La marcha por el medio del desierto se hacía pesada debido al equipo y al armamento de dotación que portaban. El cielo estaba plagado de estrellas y se podían escuchar los motores de los aviones volando a gran velocidad sobre el espacio aéreo iraquí. El frío era inclemente pero; pese a esto, se movían con rapidez.
    Los visores nocturnos, les permitían detectar algunos enemigos ocultos bajo el manto de la noche; disparos esporádicos, una silueta humana bajo el lente de la mira, las ráfagas de los fusiles y ametralladoras automáticas, los haces de luces de los proyectiles trazadores y el objetivo caía. La resistencia era en efecto mínima.
    El estruendo de las explosiones se escuchaba en la distancia haciendo temblar la arena bajo sus botas.  El cielo se iluminaba con los fogonazos de las bombas y misiles que dejaban caer los aviones. A lo lejos, las lenguas de fuego de algunos pozos que se encontraban ardiendo despedían nubes de humo negro que hacían que la noche se hiciera aún más oscura, el olor del combustible quemado inundaba el aire y lo hacía casi insoportable.
-    ¡Sargento Wilkins! ; - dijo el Teniente - ordene a los hombres colocarse las máscaras, todavía nos faltan unos seis kilómetros para llegar al objetivo.

-    ¡A la orden señor! : - respondió el sargento - ¡Todo el personal a colocarse las máscaras!
    Los soldados proseguían avanzando en silencio soportando el frío y el viento del desierto que azotaba la arena contra sus cuerpos, mientras se acercaban cada vez más a su destino.  La ansiedad era creciente, no sabían con que se toparían, si podría haber alguna emboscada. De pronto un silbido y  luego una explosión se sintió en la retaguardia, matando a tres de los infantes instantáneamente e hiriendo a otros dos. Donovan cayó  sobre la arena impulsado por la onda expansiva del proyectil de mortero.  No podía oír nada, solamente un pitido intenso que le horadaba la cabeza. Veía los destellos de las armas que asemejaban luciérnagas en el medio de la noche y a lo lejos empezó a escuchar el ruido de los disparos y el tableteo de las ráfagas de ametralladora.
-    ¡Morteros! , ¡Morteros, a cubierto!, ¡cúbranse! – gritó uno de los soldados -
    Desde una trinchera a unos doscientos metros de distancia podían observar el resplandor de los proyectiles trazadores  de los fusiles Ak-47 que les disparaban continuamente, mientras las explosiones no cesaban.
¡Wilkins! - Ordenó Donovan -: verifique el estado de los hombres divídalos en dos grupos, para rodear a… ¡Wilkins!
    Volteó a mirar al sargento y lo vio tendido sobre la arena a unos metros de distancia retorciéndose de dolor, la pierna izquierda  había desaparecido por completo, y el brazo del mismo lado solo se sostenía de un jirón de músculos.
-    ¡Cabo Torres! – Ordenó Donovan -  solicite apoyo aéreo de inmediato.
-    ¡Sí señor! – respondió el cabo, haciendo uso de la radio: ¡Fox 2, Fox, 2!  aquí sabueso 3 solicito apoyo aéreo de inmediato; coordenadas 0-5-7. Estamos bajo fuego de morteros, ¡tenemos seis bajas!
-    ¡Copiado Sabueso 3!; ¡el apoyo aéreo está en camino!- respondió la voz en la radio.
    Donovan y sus hombres se defendían repeliendo el ataque  que los tenía acorralados sin poder moverse del lugar. Cuando se escuchó el ruido esperanzador de un helicóptero Comanche disparando sus misiles Hellfire hacia la posición enemiga, eliminando el nido de morteros desde donde los estaban atacando.
    El ataque aéreo no duró más de un par de minutos, hasta que el ruido de los disparos cesó. Otro helicóptero de rescate médico apareció comenzando a descender para auxiliar a los heridos y recoger los cadáveres, mientras el Comanche daba vueltas protegiendo al personal en tierra y verificando que no existiera más peligro.
    Donovan y sus hombres entraron en la trinchera para comprobar si quedaban sobrevivientes de la parte enemiga, Peter quedó pasmado al contemplar lo que quedaba del enemigo; el espectáculo era dantesco.
    Cadáveres desmembrados, carbonizados, órganos diseminados por doquier, cuerpos incendiados proyectados contra las paredes de la trinchera, otros describiendo posiciones grotescas, inauditas producto de las ondas expansivas que les hacían parecer marionetas. El color púrpura  teñía por doquier el lugar, como si una mano gigante se  hubiera  sumergido en una piscina de sangre y la había sacudido en ese sitio; el olor a muerte reinaba en el ambiente. 
    Algunos de los soldados iraquíes se retorcían de dolor, hombres sin brazos, piernas, uno solamente conservaba un brazo, con el que trataba de arrastrarse sin lograrlo, los gritos de dolor y los sollozos de los heridos eran inaguantables.
-    ¡Teniente! ¿Qué hacemos con los iraquíes heridos?  - Preguntó el cabo Ferris -, quien llegó en el helicóptero médico.
-    ¿Hay sitio en el helicóptero? - preguntó el teniente -
-    ¡No señor!, ¡estamos copados con las bajas! La orden del…
-    ¡Sí, sí! ¡Lo sé! No prisioneros. – Respondió Donovan -
-    ¡Cabo Torres!
-    ¿Señor?
-    ¡Disponga que los hombres verifiquen si hay algún tipo de información!, ¡registren todo el lugar!  ¡Destruyan las armas que encuentren!
-    ¡Si señor!
-    ¡Torres! …
-    ¿Señor?
-    ¡No prisioneros!
-    ¡A la orden señor!
    Como si fuera una película en  cámara lenta, los soldados se acercaban a los enemigos heridos y les apuntaban con los fusiles en las cabezas haciéndolas estallar con el impacto de las balas.
-    ¡Toma hijo de puta, maldito! 
-    ¡Hussein de mierda, come plomo!
    Sonaban los disparos, algunos de los lesionados rogaban por su vida, imploraban que no los mataran, había otros que hasta lograban ponerse de rodillas pero igual, eran asesinados. La venganza estaba de fiesta. La rabia por el ataque sufrido hacía que los soldados se ensañaran con los caídos, algunos utilizaban las bayonetas y disfrutaban el momento de degollarlos, otros les reventaban las cabezas a golpe de culata, la orgía de horror parecía no tener fin.
    Peter Donovan no fue capaz de detener esa matanza, si bien se sentía mal por las atrocidades que cometían los soldados, también recordaba como los habían emboscado y la forma en que sus hombres habían caído destrozados por el fuego enemigo.
-    ¡Que se jodan!  - pensó -, ¡se lo merecen esos hijos de puta! …
-    ¡Señor!,  - dijo el soldado Ferris - Catedral se ha comunicado por radio y ha ordenado suspender la operación, dispuso  que todos los hombres retornen a la base.
-    ¡Está bien! – respondió Donovan -
-    ¡Cabo Torres!, nos vamos, la misión ha sido cancelada. ¡Ordene a los hombres replegarse, volvemos a la base!
-    ¡Entendido, señor!
    El helicóptero con los heridos comenzó a alzar vuelo, mientras sus aspas levantaban la arena del desierto  creando  una nube de polvo en el lugar, los hombres empezaron a regresar sobre sus pasos mientras Donovan se quedó mirando el espectáculo infernal de los cuerpos mutilados en la trinchera. El recuerdo de los ruegos de los soldados iraquíes, sus voces y lamentos todavía podía sentirlos perforando su cabeza.
-    ¡La vida es una mierda! - pensó -
    Volteó y empezó a caminar, repentinamente tropezó con su bota izquierda con  algo que lo hizo trastabillar, miró hacia abajo y le pareció ver algo que brillaba pero sólo fue por un instante, se agachó y lo recogió. Era una pequeña figura plana de unos diez centímetros de largo y unos cinco milímetros de espesor. Estaba hecha de piedra negra, tenía tallada una cabeza de felino, cuernos de cabra en la frente y rostro fiero, desafiante, los ojos fijos al frente que denotaban crueldad y las fauces abiertas mostrando los colmillos con gesto salvaje: la figura tenía un orificio en la boca como una moneda grande que la traspasaba; los colmillos asomaban por ella.
-    Debe ser algún tipo de amuleto - dijo para sí - y lo guardó en el bolsillo de su pantalón de campaña.
    Sus hombres ya estaban a unos veinte metros de distancia cuando escuchó un murmullo, algo que no se distinguía claramente. Volteó para ver de qué se trataba, pero no pudo observar nada; pensó que era el viento del desierto y se preparó para emprender la marcha, cuando lo oyó claramente. ¡Era el llanto de un niño!
    Regresó al lugar donde estaban los cadáveres de los soldados y escuchó con más fuerza el llanto desgarrador, agudo, clamando por ayuda. Provenía del fondo de la trinchera que tenía unos tres metros de profundidad.
-    ¿Quién está allí? – gritó - levantando su fusil. Apuntando hacia la dirección de dónde provenía el sonido.
    El llanto se hacía más fuerte y Peter siguió avanzando entre los cuerpos, no podía distinguir muy bien en la trinchera. El visor infrarrojo empezó a parpadear se lo quitó y lo apagó. Encendió su linterna y allí estaba, al fondo escondida, la entrada de una pequeña cueva, de allí provenía el llanto.  Se inclinó, alumbrando el interior pero no se veía nada. Tuvo que tirarse en el suelo y comenzar a arrastrarse para poder entrar por el pequeño hoyo en la arena que parecía la guarida de un animal. Empezó a sentir un hedor, allí había algo  rancio, descompuesto; no cabía duda de que existía algo muerto en ese lugar.
El sollozo se hacía cada vez mayor.
-    ¡Ya voy a ayudarte, espera! …
    La pestilencia empeoraba a medida que avanzaba, se colocó nuevamente  máscara antigases pese a ello, a duras penas soportaba las arcadas, logró introducirse a través del hueco arrastrándose, descendiendo y finalmente se pudo levantar. Había llegado a una especie de cámara amplia, con la linterna alumbró a su alrededor distinguiendo en las paredes algunos dibujos y letras que no podía entender pero presumió que eran caracteres antiguos.  Poco a poco se percató de fardos cubiertos por mantos, eran mortajas y había algunos de ellos a medio enterrar, se encontraba en un sepulcro. Cráneos y huesos se podían divisar en las paredes y piso del recinto, el techo estaba a unos cuatro metros de altura.
    El llanto proseguía, era un lamento terrible, doloroso, que provenía de esa sepultura. Alumbró en la dirección del sollozo y vio una figura extraña, de espaldas cubierta con un manto negro, que ahora murmuraba algo raro, incomprensible, inclinada sobre una de las momias.  En ese momento la luz de la linterna se apagó  y el murmullo de “eso” finalizó. Donovan no podía encenderla nuevamente, no funcionaba…
-    ¡Peter, Peter!... –  pudo escuchar su nombre en la penumbra -
Varias voces terribles, chillonas de hombres y mujeres le susurraban.
-    Te estábamos esperando.
La sangre se le heló cuando escuchó esas voces, y el pánico empezó a invadirlo.
-    ¡Únete a nosotros!…  - Le dijeron las horrendas voces -.
-    ¡Peter, Peter, únete a nosotros!
    La oscuridad era absoluta,  el frío le calaba los huesos pero el terror que sentía le llegaba hasta el alma.
    De inmediato se colocó nuevamente el visor nocturno y lo que vio hizo que todos los vellos del cuerpo se le pararan en punta. Las momias en  el sepulcro estaban en movimiento ¡habían cobrado vida! El “ser”  que estuvo agachado hacía unos instantes,  ahora se encontraba  frente a Peter de pie, era muy alto y a través del visor pudo distinguir sus ojos, que lo llenaron de horror.
¡Peter, se parte de nosotros!, ¡ven a nosotros! – Le dijo el “ser” con una voz atronadora.
    Levanto su arma y comenzó a disparar a “eso” que tenía enfrente hasta que vació el cargador, mientras  el “ser” se reía a carcajadas.  Peter Donovan sabía que si no escapaba de allí iba a encontrar  la muerte. Nuevamente el visor infrarrojo comenzó a parpadear, quedando en tinieblas.
    Instintivamente se arrojó al piso, y comenzó a arrastrase por donde entró lo más rápido que pudo.
-    ¡Peter, PEEEETEEEER! …
Los gritos eran ensordecedores y las voces se oían cada vez más cerca.
-    ¡PETER, ÚNETE, ÚNETE A NOSOTROS!
    Prosiguió arrastrándose raudamente, despavorido por lo que estaba detrás. No podía ver nada, solamente escuchaba esas voces y lamentos aterradores. Repentinamente sintió que lo agarraban de las botas y lo jalaban para hacerlo regresar. En medio de risas y gritos, “algo” le impedía avanzar y lo hacía retroceder regresándolo al sepulcro.
-    ¡SOCORRO, AYÚDENME!, ¡AUXILIO!… ¡POR DIOS, QUE ALGUIEN ME AYUDE! – comenzó a gritar -
Las voces detrás le dijeron:
-    ¡DIOS NO ESTA AQUÍ, SE HA OLVIDADO DE TÍ, PERO NOSOTROS NO, VEN ÚNETE A NOSOTROS PETER!
    Las fuerzas casi lo habían abandonado, lo  que antes  lo sujetaba de las botas ahora lo hacía  de las pantorrillas, quemándole la piel, el dolor era intenso. Esos “seres” lo arrastraban nuevamente regresándolo a la tumba, mientras Peter trataba de escapar sin poder conseguirlo.
    Inesperadamente, sintió unas manos que lo sujetaron fuertemente de los brazos tirándolo  hacia adelante, liberándolo del pequeño túnel. Eran sus hombres que hicieron una cadena humana para poder sacarlo de allí, en ese instante, Donovan perdió el sentido.
    Cuando recobró el conocimiento estaba en el helicóptero de rescate, con las piernas vendadas  podía sentir el dolor  y ardor de las quemaduras, con la conmoción del horror por la experiencia vivida en el sepulcro.
-    ¿Teniente se encuentra bien? ¿Qué pasó allí abajo? - pregunto Ferris -
-    No lo sé, - contestó Donovan – No lo sé. Mientras el helicóptero se alejaba dejando atrás la espantosa orgia de sangre, terror y muerte.

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